sábado, 2 de febrero de 2013

ESOS OJILLOS VERDES

Esos ojillos verdes y vivarachos me dicen ahora tanto cuando los miro. Me hablan de sus vivencias, de su personalidad, de su vida, de sus alegrías, de sus miedos… En ocasiones me enfado por no darme cuenta de todo lo que me puede aportar cada persona nueva que conozco.

Es un sensible en el fondo. Aunque no lo parece. Ni jamás lo reconocerá. Pero llora si lo abrazas o cuando te pregunta por alguien para quien guarda un poquito de su cariño. Tiene un huequecito en su corazón para todos. Cada día lo compruebo. Me sorprendió cuando lo vi sonreír las primeras veces, ahora lo hace todos los días. Basta con acariciarle la mano con suavidad para que un reflejo de alegría ilumine su mirada. Esa mano oscurecida por el tabaco y con alguna falange menos a causa de fulminantes de dinamita…

Tiene la capacidad de sorprenderme. Se muestra aparentemente despreocupado ante todo, aunque en realidad sucede lo contrario. Su mente es inquieta y está siempre trabajando. Algunas mañanas me acosa con preguntas de todo tipo. Pregunta por ciudades, enfermedades, datos históricos o por personajes de la política. Presume de conocer a Belloch y haber cenado con Rudi, por quien profesa gran admiración. Yo jamás dudo de sus afirmaciones, lo creo capaz de todo. A veces, cuando me ve pasar apuros con algún compañero de la Casa, empatiza conmigo y me dice: “¡No me gustaría estar en tu pellejo, es difícil tu trabajo!”. Es increíble que sea él quien se preocupe por mí, pero así sucede.

Por las mañanas siempre me saluda desde su cama cuando le alzo la mano, aún a oscuras, para darle los buenos días. Él me devuelve el saludo con el mismo gesto. Ahora ya no me echa la bronca si llego cinco minutos tarde, pero hubo un tiempo que no me lo perdonaba.

Me llama de mil formas distintas: Pirata, monsieur, mister, Demóstenes, pinchaúvas, mirlo, Benjamín (“Sí Rafa, el hermano pequeño de José, hijo de Jacob”). Cada día me sorprende con un apelativo nuevo y siempre me los prepara con cariño.

Tiene tendencia a acumular cosas. Cucharillas, yogures, botes de desodorante, trozos de pan, mecheros, paquetes de tabaco, notas de papel con palabras que no quiere olvidar y que le pueden quitar el sueño. Yo entiendo que ha sufrido muchas carencias en su camino, incluso hambre y por eso su inquietud por no volver a permitirse ningún tipo de apuro. Nos cuesta llegar a un acuerdo sobre cuánto puede acumular en su bolsa. Pero jamás reconoce que ha colado un par de latas de cerveza. Sabe que está prohibido y siempre dice muy digno que no sabe quién las pudo poner en su bolsa. Él jamás cometería ese delito. Tonto no es.

Intuyo que parte de su sensibilidad ha venido marcada por las mujeres. Su corazón tiene muchos recovecos y muchas féminas. Aún recuerda a Pilar, su primer amor, que le esperaba sentada en su puerta bordando cuando volvía de cazar pajarillos y le piropeaba. Pero se la llevaron a Mataró y jamás la volvió a ver. Me confesó que era preciosa y que sólo tenían 14 años. Después ha debido de tener tantas, incluso algunas famosas como Sara Montiel o Susana Estrada. También me nombra a Tabatha, una amiga mía, y sólo la vio una vez. “- Pero si hace meses que la conociste. ¿Cómo la recuerdas aún? - Me acuerdo de las feas, como para no acordarme de las guapas, Rafa”, sonríe pícaro.

Mi ignorancia es todavía inmensa. Me doy cuenta con personas como ésta. Es increíble el viaje del conocimiento de la persona, desde la primera vez que lo ves por la calle, cuando su aspecto incluso provoca rechazo, hasta ahora, cuando se ha ganado tu corazón, cuando comparte contigo sus sonrisas y sus lágrimas.

Detrás de cada nombre en una ficha, de cada número en una base de datos hay un universo personal por descubrir. Una carga humana única, fundamental e irrepetible. Y me resisto a acostumbrarme, a pensar que todos los años es más o menos lo mismo. No puedo permitirme volverme insensible yo mismo, que trabajo con personas de la calle a diario. No quiero sentir que cada día y el trabajo con cada uno de ellos es más o menos igual.

Entonces estaría muerto.



jueves, 20 de septiembre de 2012

COMO UN NIÑO.

No era extraño tener que llamar a los hospitales por la mañana para ver si José Miguel estaba en alguno, sobre todo en invierno. Otras veces era la misma policía quien lo acercaba al Albergue en su coche para que no se quedara dormido a la intemperie con las bajas temperaturas. Aquella mañana, sin embargo, me dijeron que había salido de urgencias a las 10 de la noche del día anterior pero extrañamente no había acudido a dormir.


Decidí ir a buscarlo. Tampoco se movía por amplias zonas de la ciudad. Sus 140 kgs y su dificultad para andar limitaban mucho su capacidad de desplazarse a los sitios. Por eso mismo enseguida lo encontré. Estaba en los porches del Paseo Independencia. Tiritando de manera alarmante, con la cabeza casi perfectamente embutida en el cuello de su anorak al que había subido totalmente la cremallera. Sólo se apreciaba su calva. Llevaba un apósito en la parte posterior de su brillante cabeza. Una herida más que añadir en la misma zona…

Como pude lo desperté, no sin asustarle. Siempre se sobresaltaba si lo llamaba por su nombre cuando estaba durmiendo en la calle. Muy dignamente, se puso erguido y aparentó normalidad, aunque la borrachera todavía no se había disipado del todo. Luego, creo que con la ayuda de un viandante, lo levantamos de la acera y nos dirigimos hacia el Albergue. Con la mano izquierda se apoyaba en su muleta, con la derecha se agarraba a mi brazo. Nos podría costar una hora un itinerario que normalmente cuesta 15 minutos. Pero no quise coger un taxi, quería que aprendiera la lección y se acostumbrara a llegar por su propio pie. No dijo nada durante todo el camino. Poco a poco su frente se perló de sudor aun con el frío de la mañana. Realmente le costaba caminar, llevaba varios días sin dormir en cama y después del batacazo y con toda la cerveza que aún llevaba en el cuerpo era normal que tuviera tanta dificultad. Incluso yo pensaba que había tenido suerte, pues en otras ocasiones era imposible hacerlo levantar y mucho menos caminar por el deplorable estado en el que me lo podía encontrar.

Ya cerca de Casa Abierta, en la calle San Agustín, me paré con él del brazo a saludar a un conocido de la calle a través de la verja de un bar que hace esquina. No duró más de dos minutos la conversación pero, cuando quise retomar la marcha con José Miguel del brazo, me di cuenta de que él, mientras yo hablaba, se las había apañado para bajarse la cremallera del pantalón y estaba orinando alegremente a mi lado, sin haber cambiado su posición, sin ningún pudor y poniendo una expresión de total tranquilidad en su cara. Poco le importaba. Sólo aliviarse. Tampoco se inmutó con mis reprimendas en voz baja para que no se percataran de la escena los que pasaban…

Ya cerca de la entrada a la Casa, un coche pasó por la estrecha calle al lado de nosotros. Nos apartamos un poco, dejándole paso. En ese momento José Miguel le increpó: “¡¡Cuidado no atropelles a mi amigo Dafa, eeeeh!!”. Me estremecí. No había abierto la boca desde que me lo había encontrado hacía más de una hora y tampoco era muy locuaz ni mucho menos excesivamente cariñoso. Pero entendí que era su manera de agradecerme, ahora que la larga caminata llegaba a su destino, que le hubiera ayudado y pudiera descansar por fin en su cama caliente. Esa muestra de afecto inesperada fue un estupendo regalo para mí.

Era como un niño. Creo que desde muy pequeño había vivido en un orfanato, tal vez por eso se había atascado en una eterna niñez y luego, de institución en institución, había ido creciendo en volumen y en años, pero nada más. Hasta que acabó en la calle.

Yo viví muchas experiencias con él. También fue de los primeros que conocí y tengo que reconocer que tenía debilidad por él. Tal vez al sentirlo vulnerable o por esa sensación de ternura que en ocasiones tenía la facilidad de transmitir.

Algunas noches, cuando yo apagaba las luces y me disponía a salir de la Casa me llamaba desde su cama:

- ¡Dafaaaaa!
- ¿Quééé? –respondía yo desde la puerta con la luces ya apagadas.
- ¡Tápameeeeeeee! –voceaba desde el fondo de la estancia.

Me acercaba, le arropaba y siempre le bromeaba como se le pueda hacer a un niño pequeño que quiere jugar un rato. Le tapaba la cara con las mantas y decía:

-¿Dónde está José Miguel?¡ No lo veo! ¿Dónde se ha metido? ¿Quién se lo ha llevado?

Él se desternillaba de la risa y su enorme cabeza se ponía roja carmesí de tanto reír. Luego le tapaba bien con las mantas, le daba un beso en su enorme frente y se quedaba sonriendo y dispuesto a dormirse en unos instantes… Como un niño.

Podría contar muchas más historias que compartimos. Como cuando nos comíamos un cucurucho de helado sentados juntos en la acera del paseo Independencia en pleno verano y nos miraban curiosos los viandantes. O como aquella vez que se quedó dormido en el hospital encima del mando que controlaba la cama y amaneció con el colchón totalmente plegado y asomando por cada lado un brazo y una pierna: “Parecía un Sandwich” se reía la enfermera… También tuvimos nuestros enfados. Un invierno que hubo que expulsarlo de Casa Abierta y durmió en el mismo banco incluso los días más fríos. Pero tal vez lo más duro fue que también me dejó de hablar durante aquella temporada. Iba a verlo con frecuencia y siempre me rechazaba, ni siquiera quería que le llevara un café caliente. Pero por suerte al final recapacitó y volvió con nosotros.

Hace dos años, gracias a mis compañeras, conseguimos que ingresara en una residencia donde estuviera mejor atendido. Sus caídas empezaban a ser muy frecuentes y yo ya era incapaz de traerlo todas las tardes a dormir, por sus borracheras y su grave dificultad para andar, cada vez más patente. Las primeras veces que fui a verlo a ese centro, sinceramente lo pasaba mal. El no hacía más que repetir: “¡Llévame contigo Dafa, quiero volver a la Casa Abierta, no me dejes aquí!”. Él quería volver a su libertad, a hacer lo que quería, a beber hasta caer en la inconsciencia, a que lo cuidaran los voluntarios y seguir siendo como “el pequeño de la Casa”. Pero no era posible. Durante muchos meses me sentí incapaz de volver a ir a visitarlo, aunque también entendí que era mejor que se olvidara un poco de todos nosotros, sobre todo de mí.

Este verano, con la ayuda de Roberto y Patricia, de JUCAR, me sentí con fuerzas para volver a encontrarme con él. No tenía yo claro que quisiera recibirme, después de tanto tiempo. Incluso temía que siguiera en las mismas y pretendiera venirse con nosotros. Pero tenía ganas de verlo, me sentía enormemente culpable por no haberlo visitado.

Al final nos acogió muy cariñoso a los tres, fue un alivio. Nos dio un fuerte abrazo a cada uno. Yo estaba feliz de verlo tan bien. Nos comentaron que estaba mucho más tranquilo y que se había adaptado bastante bien al centro, caminaba mucho mejor y que en ocasiones incluso bailaba. Al abrazarlo le dije:

- ¿Pero sabes quien soy?
- ¡Pues claro! -respondió él.
- ¿Y te acuerdas de cómo me llamo? -investigué
- Mmmmmhh, ¡no!, pero es igual, ¡estoy muy contento de que hayas venido a verme!

Estuvimos un rato hablando de cosas que él aún recordaba, voluntarios y trabajadores sociales por los que me preguntaba. Bromeamos sobre fútbol, siempre estábamos picándonos por ser de equipos rivales y aún lo recordaba. Me estuvo incordiando un rato, haciendo unas risas a mi costa. Enseguida tuvimos que marcharnos puesto que él tenía impaciencia por ir al baño cada 15 minutos y nuestra visita ya casi pasaba a un segundo plano…

Al darle un abrazo antes de irnos comprobé como desprendía un agradable olor a limpio junto con el típico aroma a colonia infantil. Justamente como lo que era, como un niño…

domingo, 9 de septiembre de 2012

NUEVOS VECINOS EN EL BARRIO

La primera vez que la vi fue un domingo por la mañana en mi portal. Estaba llamando a todos los timbres. Le pregunté si podía ayudarla en algo. Me dijo que quería hablar con todos los vecinos para pedirles una ayuda. Me comenta que viven en el bloque de al lado. Tienen a su hija pequeña enferma y hay que bajarla al hospital. Sólo pide para poder tomar el autobús. Le digo que llame al 061 y me responde que ya lo ha hecho pero que le explican que al ser un bebé tiene que acercarse con él a urgencias. Yo enseguida sospecho, la noto un tanto inquieta. Poco a poco empiezo a encajar la situación. Y no porque lleve un puntito azul tatuado en un pómulo. Le digo que tal vez si llama otra vez consiga que acudan a atender a la criatura a su domicilio. Además le muestro mi extrañeza por hacer querer reunir a todos los vecinos sólo para pagar un par de billetes de autobús urbano. Ella empieza a mostrarse huidiza y al final me despido de ella deseándole suerte y haciendo hincapié en que vuelva a llamar al servicio de urgencias.

Sin quererlo voy a empezar a encontrármela muy a menudo. Semanas más tarde la veo durmiendo profundamente sobre una manta en un parterre cercano. A su lado hay un hombre dormido, también varias bolsas con ropa y una silla de ruedas. Están al lado de un pequeño espacio de arena donde juegan los niños mientras las madres chismorrean en los bancos. Mal lugar han elegido para echarse la siesta. Creo que los han debido de sacar del piso donde estaban, son demasiados los bultos que llevan para poder desenvolverse en la calle y se distinguen algunos enseres domésticos sobresalir de algunos fardos.

Días más tarde compruebo que han empezado a pedir en las escaleras de la iglesia que hay al final de mi calle. Tienen una manera peculiar de hacerlo. Alborotan y proclaman a todos los que pasan que tienen una niña y que hay que alimentarla, pero a la vez su soniquete gangoso y cansino y su aspecto medio adormilado delatan que tal vez lo que tengan que alimentar no sea una hija sino otro tipo de necesidad. Me resulta curioso cómo utilizan la palabra “donativo”, no limosna ni caridad, y su actitud exigente. Supongo que será un método como otro cualquiera. Él está en la silla de ruedas con la mano extendida, ella sentada en los peldaños de la escalera junto a unas bolsas y una botella de leche.

A la vuelta de la esquina hay otra escalera que también pertenece a la iglesia, pero que da a una puerta que está siempre cerrada. Además esa calle es más discreta. Al final de la escalera veo sus bultos. Ya son menos, han reducido su número seguramente por no poder con todo. Creo que por la noche acuden a dormir a un parque cercano con grandes zonas de césped. Ahora se echan la siesta allí arriba, al final de la escalera, y poco a poco se va notando su presencia habitual. O tal vez soy yo que me fijo demasiado: Un día dos cascos de cerveza vacíos; otro, un botecito vacío de metadona lanzado con fuerza entre los coches; un blíster de válium tirado junto a un árbol…

Pero me doy cuenta que en la otra escalera, en la de la iglesia, donde tienen que currárselo cada día, tienen más cuidado. Además a ella la veo duchada muchos días, los vecinos les ayudan. Incluso alguna tarde, cuando no han tenido tiempo de volverse a su “refugio” a la vuelta de la esquina, veo a varias vecinas preocupadas inclinadas hacia ella porque está inconsciente tirada en la escalera.
La policía ha venido varias veces. Lógico. Un día, cuando aún cargaban con demasiados bultos, decidieron “acampar” en medio de la acera, extendiendo sus mantas junto a unos contenedores y muy cerca de la puerta de un colegio donde habitan religiosas. Es verano y no hay niños, pero es igual. Un coche patrulla tardó pocas horas en venir y los días siguientes los volví a ver al final de esa discreta escalera donde no molestan “demasiado”. Otra noche también aparecieron dos coches de la nacional, creo que ella andaba muy desorientada entre los coches aparcados. No me extraña, esa noche, media hora antes, se me había cruzado a mi de manera repentina cuando buscaba aparcamiento.

Me paro a pensar y compruebo que por donde yo vivo hay varias personas ejerciendo la mendicidad. Son demasiados para dos calles, el barrio no es muy céntrico pero tal vez sí influya que es bastante populoso y hay mucho movimiento de personas durante el día por esa zona. Hay un rumano tocando el acordeón en la esquina. Lleva más de cinco años aunque a veces desaparece durante meses. Siempre vuelve. Sólo toca un breve pasaje de una canción típica que, a fuerza de ser siempre el mismo, casi resulta hiriente. En el supermercado cercano también hay un subsahariano en la puerta vendiendo “La farola” que siempre pide para comer. En la plaza cercana dos jóvenes rumanas bastante avispadas asaltan a los vecinos ofreciéndoles un paquete de pañuelos de papel. A mi me producen algo de desconfianza. Temo por algunos de los abuelos que toman el sol en los bancos cercanos. Y hace poco descubrí también pidiendo en la puerta de la iglesia a un chico joven muy sucio y desaliñado. Creo que ni recuerda su nombre. Tendrá unos treinta y tantos y duerme en otro parque cercano. Algunas mañanas me lo he encontrado semidormido y apenas vestido acudiendo hacia el barrio para conseguir algo que desayunar. Va arrastrando los pies. Este es el que más preocupación me produce. He intentado hablar con él en alguna ocasión pero casi siempre me rechaza, aunque siempre me devuelve el saludo…

Hace dos semanas me di cuenta de que ella se había quedado sola pidiendo en la puerta de la iglesia. A él lo vi en el patio del Albergue, en su silla de ruedas y con un brazo vendado. Tal vez discutieran o simplemente se haya tomado un descanso. Ella está menos vital, más apagada, más triste. Pero sigue la misma rutina todos los días: ducha en casa de algún vecino, pedir, colocarse, echarse la siesta en el pequeño refugio, bajarse al parque a dormir…

Hasta cierto punto me resulta llamativo cómo poco a poco se ha integrado esta pareja en la vida diaria del barrio. Cómo los vecinos les dan dinero, comida, ropa, permiten que se duchen y se preocupan si los ven desvanecidos. Digo esto porque yo mismo he percibido cómo estas personas que viven en la calle con un alto consumo de pastillas o drogas y que ya están bastante pasados de vueltas son los que más rechazo producen. Entre los ciudadanos y también entre las mismas personas sin hogar. El aspecto de muchos de ellos es similar: cara chupada, delgadez extrema, espalda encorvada y una expresión perdida en la cara. Suelen ir siempre con el paso precipitado por el ansia de conseguir cuanto antes su veneno. Y no niego que algunos sean un tanto impertinentes o cansinos en su afán de pedir o sacar algo de los que se encuentran en su camino.

No sé cuánto tardarán los vecinos en cansarse de ellos y empezar a aislarlos. Tal vez no ocurra así, ojalá. Porque creo que son los que más ayuda necesitan. Por muchas razones. Porque están atrapados en el cepo del consumo salvaje de pastillas o lo que sea, que les deja sin vida. Por el sufrimiento que te transmiten, ese desasosiego permanente. Tienen, como dice un buen amigo, el alma enferma, muy enferma. Es muy complicado salir del barro en el que se hayan inmersos, pero más complicado resulta si se les pisa la espalda con aversión, desprecio e ignoracia.

El otro día la saludé al pasar al lado de su lugar de descanso, sentada al final de la escalera, tomándose tranquilamente un litro de cerveza. Me devolvió el saludo cariñosamente y me dijo: “¿Qué tal va la pierna? ¿Vas mejorando?”. Me resulta chocante, porque era la primera vez que hablaba con ella y ya he recibido una pequeña muestra de cariño. Nadie es tan pobre que no te pueda regalar una sonrisa…

jueves, 7 de junio de 2012

YO QUIERO SOLO BESOS

Podría parecer que los dos pequeños episodios que voy a relatar son intrascendentes. Para mí no. En absoluto. Y no por la carga emocional que puedan transmitir sino por el contraste que aportan. Y porque reflejan lo apasionante que resulta trabajar con personas sin hogar. Además, porque por estos "pequeños detalles” entendí que mi trabajo me reclama un aprendizaje continuo que estoy obligado a seguir y nunca dejar de estar atento. Ni mucho menos subestimar todo el potencial y la gama de matices que cada persona que sufre en la calle puede esconder detrás de una apariencia de apatía, abandono, desidia e incluso suciedad…

Tengo dos imágenes grabadas en mi memoria de cuando conocí a estas dos personas en la calle.

Abel me llamaba la atención por su mirada, entre atormentada y asustadiza. La expresión de su boca transmitía un extraño amago de sonrisa que todavía agudizaba más esa sensación de tristeza y desamparo. Me lo encontraba por el entorno del Albergue, siempre despeinado, con barba de varios días, su brazo inútil doblado en un anormal gesto y el sano agarrando unos pantalones que se le escapaban por falta de cinturón. Siempre me miraba un instante y luego bajaba la vista al suelo. A mí no me resultaba indiferente y me decía a mí mismo que algún día debería hablar con él. Siempre mi maldito miedo a los primeros contactos con las personas de la calle, cuántas veces me arrepiento…

Con Pedro me solía cruzar por la calle San Miguel. Llevaba varias bolsas de plástico en la mano, generalmente iba pidiendo “al parón” a todos los peatones con los que se cruzaba. Su peculiar andar, sus pies marcando las diez y diez, su voz intensamente nasal y chillona y su gran envergadura hacían difícil no fijarse en él. Bien peinado pero con los pantalones casi siempre manchados. Seguramente por la incontinencia producto de una vida al límite cada día intentando sobrevivir en la calle: tomando de casi todo y comiendo de casi nada… Yo lo conocía de hacía años y tal vez por eso lo que más me preocupaba era su gran deterioro y la situación crítica a la que estaba llegando. Tampoco me atrevía a hablar con él, mucho menos cuando estaba pidiendo. Ese nunca es un buen momento.



I



Una tarde entro en Casa Abierta y son varios los usuarios que ya se han duchado. Hoy toca que venga Jesús, el auxiliar, a ayudarnos con el tema del remojón. Veo que Abel está todavía con la cabeza húmeda y la ropa que lleva es toda limpia. Está un poco cabreado por algo, pero bueno, no le doy más importancia, siempre está así. Tiene un carácter difícil, pero en realidad es a días. Se mueve de un lado a otro de la estancia, portando su cenicero en una mano y arrastrando los pies como siempre. Ni siquiera me mira cuando entro. Yo para bromearle me acerco, le miro de arriba abajo y le digo con la voz elevada para que reaccione:

- ¡Pero que tío más guapo, madreeeee! ¡Si parece Alaindelón! ¡Damee un besooo andaaaaaa! –intento abrazarlo pero me esquiva con un gesto despectivo.

- ¡Que cosas tienes, déjame en paz, anda, que tengo muchas preocupaciones! –pasa de largo y se dirige a tumbarse a su cama como siempre, ignorándome completamente.

Yo no le doy mas importancia al hecho de que actúe así. En realidad demasiado bien se ha adaptado a Casa Abierta. Costó bastante que se incorporara al grupo y permaneciera de manera estable viviendo con nosotros.

Más tarde yo ya me he olvidado del tema y estoy sentado en el sillón del despacho de los voluntarios. Aparece por la puerta sin decir nada. Arrastrando los pies como siempre, se aproxima a mí, extiende su única mano útil, ennegrecida por el tabaco y con alguna falange de menos, acerca mi mejilla a la suya y me regala un beso inesperado.

- ¿Pero qué haces Abel? ¿A que viene esto?

- ¿No me has pedido un beso antes? Pues ahí lo tienes, ¡que te quejas de todo Rafa!



II



Los domingos por la mañana me quedaba con Pedro hasta que terminaba de desayunar. En parte porque no se demorara demasiado y saliera a la hora y también porque era de los pocos ratos durante la semana que podía compartir un rato distendido con él y hablar un poco de todo. Algunos días incluso nos contábamos chistes o él me contaba experiencias de su agitada vida pasada.

Un domingo, mientras Pedro se peleaba con el envoltorio de los pasiegos, me llamó mi madre al móvil. Después de hablar con ella unos minutos y como conoce a casi todos de la Casa por mis referencias, me envió un par de besos para Pedro, sabedora de que estaba con él esperando que acabase su desayuno.

- Pedro, mi madre te manda dos besos –le digo indiferente, mirando el móvil para apagarlo y ver la hora.

- ¡Ah bueno, pues dámelos, claro! –responde con tranquilidad.

- ¿Cómo que te los dé? –le pregunto sorprendido. No me esperaba esa actitud.

- No te ha dicho que me des dos besos, pues me los tienes que dar – me dice totalmente serio, explicando su incuestionable lógica.

- Vale, vale –le digo impotente, me acerco y le doy un beso en cada mejilla…

- ¿Ves? Ya está. Si tu madre me manda dos besos tu me los tienes que dar, tampoco es tan difícil Rafa.

- No, no, tienes razón – yo sigo pensando que me ha pillado completamente desprevenido y que para él es completamente razonable, esta muy serio y no me bromea en absoluto. Juro que por un momento dudé…





Es difícil explicar, para los que no conocen a estas dos personas lo significativo que son estas pequeñas muestras de afecto, puesto que ambos eran perfiles muy huraños y complicados y que, antes de entrar en Casa Abierta, su situación era de las de mayor aislamiento, con apenas relaciones ni siquiera con otras personas de la calle. Por eso me resulta curioso que precisamente ellos tengan estos gestos espontáneos de cariño. Pero creo que no es casualidad. Tampoco es casualidad que ahora se les vea sonreír de vez en cuando. Y no soy el único que lo ha notado…

domingo, 11 de marzo de 2012

LO MEJOR QUE LE HA PODIDO PASAR

Quería escribir algo sobre Miguel. Porque falleció el pasado día 6. Porque era muy cariñoso conmigo. Por darle un significado a todo lo que he vivido con él. Desde que lo conocí. Desde que Lucía me dijo que le habían avisado de que en la plaza de toros había “uno de los míos”. ¡Como si los tuviéramos en propiedad!, vaya artificios del lenguaje…

En muchas ocasiones tuve muy claro que probablemente muriera pronto. Que aguantaría poco. Se iba deteriorando cada vez más. Cada ingreso y escapada del hospital le pasaban factura y perdía vitalidad, energía y consciencia. Siempre volvía a su sitio: los arcos de la plaza de toros. El lugar era ideal para él. Porque no molestaba ni a vecinos ni a viandantes, aunque dejara sus excrementos cada 20 metros, aunque sembrara las aceras con botellas vacías de cariñena que compraba en la panadería, tres cada día:

-¿Han visto hoy a Miguel?, es una persona que les compra vino y tiene traqueotomía.

- ¡Ah, el “mendi”! No, hoy no lo hemos visto.

El “mendi” lo llamaban, desagradable manera de identificar a una persona, por muy machacada que estuviera, por mucha porquería que arrastrara…

Era muy difícil hacerse entender con él. O que accediera a que le ayudaras en algo. Sólo pudimos bañarlo unas cuantas veces, en las duchas de San Blas. La botella de vino se la dejaba con él, en la ducha, para que no la perdiera de vista, para que se diera un trago de valentía antes de meterse debajo de la alcachofa. Un día aproveché que andaba completamente perdido por la plaza de la Magdalena, lejos de sus habituales derroteros. Iba con dos enormes melones que cargaba con mucho apuro. Como estábamos al lado del Albergue accedió a darse un remojón. Nos dejó los melones de regalo para la cena en Casa Abierta, pero rehusó una vez más la cama que le ofrecíamos.

En realidad solo estuvo tres días con nosotros, en Navidad. Pero se volvió a refugiar, como siempre, por la plaza de toros. Incluso he llegado a pensar que lo hacía como los elefantes cuando van a morir. Buscar un último sitio tranquilo, donde acabar sus días como mejor quisiera y donde menos le molestaran. Vuelta a sus botellas, a sus bocadillos de jamón prefabricados, a dormir entre varias mantas, edredones y montones de cartones…

Algunas veces nos lo encontrábamos tirado en medio de la acera. A pocos metros de donde tenía sus cosas. Incluso en fiestas del Pilar, rodeado de decenas de personas, permanecía tirado como si nada de aquella algarabía fuera con él. Y la multitud tampoco lo veía, al menos aparentemente. Su cerebro se iba quebrando cada vez más y ya ni él mismo entendía cuál era su situación ni quién era él. Solo quería beberse su buen cariñena y me reconocía que si moría allí mismo le daba igual. Tal vez era lo único que tenía claro.

Y casi sucedió así. Murió.  Pero por suerte no falleció en la calle, entre cartones y porquería, de un modo indigno o como un “mendi”. Porque no era un mendigo, jamás pidió. Y por eso su entierro fue apropiado, sin fastos, pero tampoco austero, porque se lo pagó él. Y porque dos docenas de personas que lo conocimos fuimos a despedirle.

Me he dado cuenta que la mayoría de los que se han enterado de su muerte, conociendo como lo conocían y la situación en la que estaba han asumido que es lo mejor que le ha podido suceder. Tendré que entender que para algunas personas, tal y como su situación es extrema y no hacen sino sufrir, la mejor solución es el descanso final. Descanso para él de una vida dura, solitaria y de autodestrucción y descanso para nosotros que lo conocimos, quisimos ayudarle y que nos sentimos impotentes adivinando el final que en definitiva se cumplió.


viernes, 10 de febrero de 2012

TRAPISONDAS

Me he topado con ella varias veces por la parte vieja de la ciudad. Es una mujer de unos cincuenta y pocos años. Creo que es de posición acomodada. Al menos esa sensación me da por su aspecto cuidado y su manera de vestir. Pero, al mismo tiempo, hay algo que no encaja. Acarrea un carrito de la compra forrado con tela a cuadros. También lleva guantes de fregar muy gruesos para protegerse las manos y un delantal de pescadero. El carrito está lleno de comida para pájaros y pan desmigado.

Supongo que fueron sus gestos nerviosos, su frenético ritmo caminando y verla esparcir ese pienso de manera agitada lo que me llamaron la atención. Si no, hubiera pensado que era una señora más que vuelve de hacer la compra. Pero un día estuve observándola unos minutos. Cubría literalmente la plaza de san Braulio con esa mezcla de alimento para pájaros. Parecía una posesa. Miraba todas las esquinas y, a modo de insólita sembradora urbana, iba tapizando de alpiste la totalidad de la plaza, poniendo especial cuidado en aquellos rincones donde ella presumía que los pájaros y palomas buscarían algo que llevarse al buche.

Me dio que pensar. Al principio imaginé que tal vez estuviera un poco trastornada. Pero luego me dije que quién era yo para juzgar cuál era su situación mental. Lo que sí me resulta evidente es que esta mujer había decidido emplear un porcentaje elevado de su tiempo y energías en cuidar a los pequeños gorriones y palomas de nuestra ciudad. El peso del alpiste que transporta indica que el área que cubre no debe de ser reducida precisamente. Además me la he vuelto a encontrar en otras pequeñas plazas de la zona.

Creo que ha hecho de esta práctica un modo de vida. Intuyo que está sola. O su vida esta teñida por la tristeza. No lo sé, tal vez me equivoque. Pero sus gestos, la expresión perdida de sus ojos y su rabioso afán de cubrir de comida cada recoveco de las calles eso me transmiten. Quiero imaginar, y tal vez sea muy osado, que quizá esta buena señora, desengañada de las personas, ha decidido “adoptar” a las aves del centro. Quién sabe. Igual es que todo son cábalas mentales mías y que elucubro demasiado sobre la vida de los demás…

El hecho de saber de esta mujer me hizo recapacitar. Me di cuenta que conozco a más personas en una situación similar a la de ella y seguramente bastante solas también. Pero con una diferencia. Estas personas se apoyan en las personas sin hogar para paliar de algún modo ese vacío relacional que tienen. Más de una vez, al visitar a individuos que viven en la calle me he encontrado con bastantes ciudadanos que, si bien no son personas sin hogar específicamente, sí que comparten bastante tiempo con ellos, ya sea en sus ubicaciones habituales o en cualquier otro lugar de la ciudad, pasando con ellos sus ratos de ocio.

En ocasiones me he tropezado con una de estas personas compartiendo un refresco con “su amigo de la calle” en una selecta terraza de la plaza del Pilar formando una curiosa estampa. El primero con sus más de 150 kgs apenas cabía en la silla del velador y, por otra parte, el aspecto de la persona sin hogar resultaba especialmente llamativo por su clamorosa falta de higiene. Sea como fuere ambos pasaban el rato hablando de manera distendida y natural…

Otras veces, comprobé cómo una persona sin hogar con graves dificultades para andar y que la mayor parte del día estaba sentado en un banco de la calle Alfonso se beneficiaba de que su “amigo ciudadano” le compraba cerveza o bocadillos. Éste se desplazaba en su silla de ruedas eléctrica puesto que su cuerpo también estaba prácticamente paralizado salvo las manos. Aún así, con su pequeño “vehículo”, compensaba las dificultades de movilidad del primero y le proporcionaba cigarrillos, bebida y lo que hiciera falta. Pero, sobre todo, el uno al otro se daban compañía y les unía cierto tipo de amistad. Tal vez eso fuera lo más importante.

He leído mucho sobre las relaciones sociales de las personas sin hogar. En algunos textos se habla de la soledad extrema de este colectivo. En otros se diserta sobre las relaciones entre ellos mismos, poniendo especial hincapié en si los vínculos se crean para autodefensa o por temas relacionados con el consumo de alcohol en determinados contextos. Incluso yo mismo indagué al respecto. Descubrí, que al menos en nuestra ciudad, el trato con los vecinos del entorno donde nuestros amigos suelen habitar es bastante bueno, cuando no muy cordial.

Pero lo que me resulta especialmente interesante sobre esas personas solitarias que he descrito antes es que encuentran apoyo ahí donde se supone que no debería haber nada. Al hablar de personas de la calle, casi siempre se oyen apelativos referentes a un colectivo por lo general estigmatizado, desprovisto de cualquier tipo de “cualidad” y carente de todo interés humano para el resto de los mortales. ¿Quién iba a pensar que hay un pequeño grupo de ciudadanos en nuestra ciudad que realmente llenan sus solitarios días gracias a la compañía que obtienen de los desterrados y olvidados de nuestras sociedad? Parece cumplirse el dicho aquél de que si te crees que estás mal, tal vez debas mirar atrás y comprobarás que hay alguno detrás de ti que está peor…

Yo, cariñosamente, los llamo “trapisondas”. El calificativo no es invento mío. Hace años conocí a una familia compuesta por la madre y tres hijos adolescentes. Se bajaban todas las tardes a pasar las horas compartiendo una pequeña glorieta con cierto número de personas sin hogar que hacían toda su vida allí. Siempre acogían a esta extraña familia con total naturalidad e incluso cariño. Todos juntos formaban un curioso grupo muy bien avenido. Cuando los conocí me llamaron la atención, andaba yo escamado. Un día que no estaban les pregunté a las personas de la calle sobre tan singular familia. Ellos me explicaron quién era ese peculiar clan, me hablaron de su buena relación y de cómo pasaban con ellos gran parte de las tardes del verano. También me dijeron cómo los llamaban:

- ¿Te acuerdas de los tebeos? Había una historieta que se llamaba “La Familia Trapisonda, una familia que es la monda…”. Por eso los llamamos la “familia trapisonda”.

Así, a partir de entonces, a todas aquellas personas muy solas que encuentran en las personas de la calle a un amigo los llamo “trapisondas”… y creo que hay bastantes, voy a empezar a contarlos.

domingo, 5 de febrero de 2012

HOLA ¿CÓMO ESTÁS?



Las condiciones particulares de las personas que viven en la calle no siempre son fáciles de explicar. Ni es evidente entender sus matices. No es sencillo desentrañar cuál es verdaderamente el problema principal en cada caso. Al conocer a cada persona en el sitio de la calle donde pasa casi todo el día, nuestra primera impresión puede no ser la más acertada. Tuve que aprender a hacer un gran esfuerzo de empatía para poder conocer objetivamente cuál era la mejor interpretación de las circunstancias y la problemática más acuciante cuando realizaba mis primeros contactos con una persona sin techo.


Pero, sinceramente, creo que peco de inmodestia al decir que puedo empatizar con una persona que lleva años viviendo a merced de las inclemencias. Comprender íntimamente a alguien a quien la soledad y el miedo hacen que cada día sea una batalla vital no es tarea fácil. ¿Quién soy yo para asegurar que sé algo de cómo vive y siente realmente cada persona que voy conociendo por la ciudad?

Entendí que la ciudad se torna distinta para ellos. Que la dureza les obliga a verla con otros ojos. Ojos de necesidad, de miedo. Deben adaptarse a lo que la calle ofrece para sobrevivir y comprender que, aunque otros muchos estén tan mal como uno mismo, eso no estimula la solidaridad entre iguales. Hay que estar alerta, puede ocurrir que te encuentres con alguien que necesite tus mantas más que tú. O el otro así lo estime. Es igual. Pero te quedas sin mantas y eso viviendo en la calle es una gran putada.

Los espacios donde van aprendiendo a vivir de otra manera y las estrategias diarias para subsistir se graban en los cuerpos y aturden los sentidos. Siempre me repito, para que jamás se me olvide, que la persona que vive en la calle es ante todo un ser como yo, con carne, músculos y nervios. Pero también tiene un alma que sufre. Lo hace en silencio y buscando la invisibilidad entre la multitud de la ciudad.

I

- Hola Henry, ¿cómo estás?

- Me quierrrrrro morrrrrir, Rafa

Me lo suelo encontrar en un banco del centro de la ciudad. Su aspecto le impide pasar desapercibido. Mide casi dos metros y es de complexión muy fuerte. Tiene el pelo y la barba muy largos, completamente blancos, parece un extraño Papá Noel con cara de pocos amigos. Coloca su bolsa de deporte verde con todas sus pertenencias debajo del banco y el cartón de vino blanco disimulado en un seto cercano. El trato con él es difícil, es muy huraño. Tajante y brusco con el poco español que maneja. Lo conocí en el hospital, compartía habitación con un usuario de Casa Abierta. Por eso me acepta sin demasiadas pegas. Me pide dinero para una barra de pan. Yo sé que es para otro cartón de vino.

Ha pasado largas temporadas ingresado en el hospital. Tiene graves problemas de corazón. Pero luego no toma nada de medicación. Cuando ha estado alojado en el Albergue Municipal ha creado problemas la mayoría de las veces, bien por su difícil carácter o porque realmente la cabeza ya le juega malas pasadas. Bebe muchísimo, y eso hace todavía más difícil el trato con él. Además, apenas habla nada de nuestro idioma… No sé que proponerle realmente, creo que es una de las personas con una situación más difícil de abordar de las que he conocido.

Un día apareció por la portería de la Parroquia. Me avisaron porque era “uno de los míos”. Lo encontré llorando como un niño. Había venido andando desde la plaza cercana donde dormía, calzado sólo con sus calcetines. Le habían robado los zapatos. Es duro imaginar cómo pudo sentirse andando descalzo en invierno por la calle, completamente desolado e impotente, buscando que alguien le solucionase algo tan básico como el calzado… Y él no era precisamente frágil, o al menos eso pensaba yo hasta aquel día. Al menos pude encontrarle unos zapatos.

Hace unos meses me enteré que un compatriota suyo le pagó el billete de autobús y se volvió a su país. Creo que ha sido la mejor solución para él, así estará en un entorno más amable con él y podrá expresar y compartir algo más que su deseo de morir de una vez.

II

- Hola Tomás ¿cómo estás?

- ¡Razonablemente bien, Rafa!

Me contesta mirándome por encima de unas gafas de leer mientras hojea el periódico con las ambas manos. A su lado, sin ningún disimulo, hay una botella de ginebra y una de limonada que clarea revelando su contenido mezclado. Está sentado en el suelo apoyado contra un parterre, tapado con varias mantas a modo de extraña sirena. Se mantiene erguido de una manera casi inverosímil. Yo sé que debajo de esas mantas pululan infinidad de gusanos, puesto que, como casi siempre, lleva semanas sin moverse del sitio absolutamente para nada. Pero el no quiere darse cuenta y la ginebra le ayuda a ello. Cuando la situación sea ya insostenible, sus compañeros llamarán, como en otras ocasiones, a una ambulancia, antes de que los bichos devoren sus piernas. Y las auxiliares del hospital volverán a ganarse el cielo ante semejante despropósito.

Llaman la atención sus ojos muy azules, su perenne sonrisa y su conversación inteligente. Me habla con interés desgranando las noticias que le interesan del periódico del día. El olor a tinta fresca contrasta con el que se desprende de debajo de las mantas. Dice que es ingeniero, lleva meses contando que tiene intención de montar una agencia de traductores puesto que maneja varios idiomas. Hace sus cábalas de cuánto le va a costar y cuánto tiempo tardaría en tener beneficios.

En ocasiones tiene un cuenco de plástico delante de él que sus compañeros colocan para obtener algunas monedas. El carácter afable de Tomás, su buena educación y su sonrisa son el mejor marketing para que el recipiente se vaya llenando poco a poco cada tarde. Él no necesita pedir, tiene dinero, pero permite esta farsa porque sus compañeros también le hacen todos los mandados.

Al final el juez decretó que fuera ingresado en un centro psiquiátrico porque era lo mejor para él. ¡Y vaya que sí lo era! Ahora sí que está razonablemente bien, ¡por fin!

III

- Hola David ¿cómo estás?

- Jo-ri-ro pero contento.

Esta manera de contestarme ya anticipa mucho. Es muy listo. Su sonrisa resalta más al contrastar con su negra piel. Es de Gambia. Conozco su verdadero nombre, pero todos le llaman David. Tiene problemas en una pierna, cojea de manera acusada. Él dice que es de una agresión, pero sé que se trata de un accidente laboral. Lo vi en un informe que me enseñó de cuando estuvo en el hospital enfermo de los pulmones. Se cayó de un andamio cuando trabajaba en una fábrica de un pueblo cercano. Lleva muchos años en España y ha trabajado de todo un poco.

He quedado repetidamente con él para que se mirase si tenía la tuberculosis activa. Pero nunca acude. Dos voluntarios de Casa Abierta lo visitaban con relativa frecuencia. Algunas veces incluso le llevaron sacos de dormir y ropa, pero él los vendía. Siempre tiene una botella de limonada con vino blanco mezclada debajo del banco. Es la única persona de la calle que toma “calimocho blanco”. Creo que es por guardar la imagen que quiere aparentar ante los ciudadanos que lo conocen.

Salió en los periódicos repetidas veces. El dueño de un bar se tomó muy a pecho el asunto de sacar a David de la calle y estuvo haciendo una colecta entre todos los vecinos del entorno, para que, además de darle comida todos los días, le pagaran el viaje de retorno a su país. Y lo consiguieron. Editaron una página entera donde el dueño de aquel bar contaba muy orgulloso cómo habían conseguido sacarle de su dramática situación.

Me di cuenta de que lo que les había contado era casi todo invención suya, siempre fue muy hábil en eso. Pero al menos también solucionó su precaria situación y volvió, según contaba el diario, con su madre a su país. Lo malo de todo esto es que los que trabajamos con estas personas sentimos que nuestro trabajo se desestima, pero bueno, al final te acostumbras. Reconozco que sí he pensado seriamente en invitar a café en ese bar a varios de la calle cuya situación es bastante delicada a ver si tienen suerte y este señor y sus vecinos les ayudan en alguna medida… Hay muchos más que están jo-ri-ros durmiendo en la calle.

lunes, 4 de julio de 2011

EL CATEDRÁTICO

Cabeza calavérica, profundas sienes. Tez morena y agitanada, bigote señorial, afeitado de galán. Pose tranquila, piernas cruzadas, ojos traviesos, mirada pícara y llena de vida. Manos nerviosas colocan y recolocan los anillos que engalanan sus dedos ágiles e inquietos. En el cuello varias cadenas, sólo una de plata, un regalo, el resto, bisutería. Vestimenta impecable, zapatos deslumbrantes, camisa azul marino, planchada y limpia, pantalones siempre negros, la raya perfectamente recta. Y una pequeña bolsa roja de tela para guardar lo indispensable: una manta para la noche, una radio, un ferrari rojo de juguete y betún para los zapatos, porque todos los días hay que limpiarlos. Clase, elegancia, raza, chulería madrileña con gracia.

Le pido permiso para sentarme a su lado, me invita a hacerlo abriendo los brazos y cabeceando con resignación y sonrisa cómplice. Sé que no me va a rechazar. Hace ya muchos años que nos conocemos y han sido cientos las conversaciones que hemos tenido. Preveo otra de nuestras pláticas. Compro dos latas de refresco, el verano empieza a caldear las tardes. La charla surge sola, fluye suave:

- Menuda tormenta hubo anoche, ¿no la oíste? Tuve que irme del portal aquel donde duermo y refugiarme en una marquesina –me comenta con naturalidad su última peripecia nocturna señalándome el sitio.

- Ya has agotado los días del Albergue y del Refugio –afirmo sin buscar confirmación.

- El del hotel de enfrente me saca todas las noches un bocadillo, pero hasta la una y media paso hambre. Ayer vino una niñita rubita, creo que extranjera. Era una niñita preciosa. Yo estaba dormido, tiró de la manta para despertarme y me dio una moneda de dos euros. Estiré la cabeza y vi a sus padres sentados en una terraza, sonriendo. Les saludé con la mano.

- ¿Cuánto tiempo te quedarás por Zaragoza? Hay temporadas que no te veo.

- En cuanto cobre la doble me compraré una cruz de plata que me hace ilusión y luego me iré a Galicia. Allí puedo estar en varios albergues y no dormir en la calle por lo menos durante dos meses. Si me lo monto bien puedo alquilar una habitación con TV por 150 € y comer en un comedor. Lo malo es el billete de tren que cuesta una pasta.

- ¿Y no te cansas de estar de albergues? Eres ya un poco mayor para esos trotes –pongo el dedo en la llaga aunque no quiero molestarle.

- 75 años ya. Metí la pata al irme de la residencia, ¡anda que no me he arrepentido veces! –me responde tranquilo, sincero y resignado.

- No le des más vueltas. Agua pasada no mueve molino –no fui el único al que no le sorprendió que se tirara a la calle otra vez. Un perro vagabundo y resabiado no se vuelve casero por muy elegante que sea la caseta…

- Una noche, me emborraché y volví a las 5 de la mañana a la residencia. Me cogió el director y me pasó a su despacho. Le dije que me había ido de putas, que entendiera que yo tenía mis necesidades. Me readmitió por sincero. ¡De putas! ¡Jajaja! ¡A mis 75 años! Pero si en ese pueblo no había nada y yo ya no estoy para muchas filigranas.

- ¡Anda que no sabes! Y se lo tragó, claro, como tú no tienes labia –ironizo.

Llama a voces y levantando la mano a un amigo que pasa distraído delante de nosotros. Aparenta unos cuarenta y muchos, su aspecto es normal, nada que me haga desconfiar. Intercambian unas frases de colegueo, ignorándome durante unos minutos. Cuando se va me confiesa que su amigo se dedica a reventar cabinas con una ganzúa. Es muy bueno y discreto en su trabajo. Pero como le pillen le pueden acusar de robo continuado, se tragaría todo lo que ha levantado de golpe. Menudo marrón, ya puede tener cuidado. Me habla de otra gente. De su amigo al que tiraron al río desde el puente de hierro, que se pegó dos meses en coma: “Se juntaba con gente muy rara, no me extraña”. Le pregunto por aquel chico joven que vivía por la Magdalena, un tío alto, con botas de piel de serpiente, que iba siempre de la mano con su madre anciana y diminuta: “Les han embargao la casa, él vendió todo. La madre está con otro hijo, él está recogido en no sé qué centro”. Los conoce a todos.

La tarde avanza, el reloj de la Seo marca las 7.30 de la tarde, llevamos un buen rato hablando. No hay prisa, los silencios no son incómodos, saltamos de un tema a otro. Asuntos triviales, experiencias valiosas, cosas de la vida. Una existencia vivida plenamente, al límite, muchas veces bordeando el acantilado. Pero con desparpajo, insolencia y decisión, sin mirar atrás, asumiendo la propia insensatez.

También hay lugar para la risa. Revivimos cuando estuvo en el hospital ingresado por la tuberculosis. Tenía que llevar mascarilla y también las visitas.

- Pesaba lo que pesa un pollo, Rafa, mira que me quedé delgao -me recuerda gracioso-. Y la auxiliar duchándome en el baño de la habitación, los dos con mascarilla y yo que le digo: parecemos el guerrero del antifaz, señorita. Por poco nos caemos los dos en la bañera del ataque de risa que nos dio.

Yo aprovecho para traerle a la memoria aquel día que le acompañé ante el juez por una orden de alejamiento con multa:

- ¡Y tú que no conocías a la denunciante! ¡Jajaja! -me burlo de él.

- Joder, Rafa, que era la vecina de mi novia. Que cuando me emborrachaba y me iba a su casa para insultarla, siempre me equivocaba y me metía con la vecina de al lado. Los tenía a ella y al marido hartos de mis borracheras. Hasta que me sacaron fotos y me denunciaron -me justifica asombrado. Aun no se explica cómo pudo confundirse tantas veces de puerta.

- Por cierto ¿qué vida lleva tu novia?

- Hace poco tuve que ir otra vez a declarar. Esta vez sí que era por una denuncia suya. Me acusaba de hacerle vudú. ¿Tú te crees? Yo me levante y le dije al juez: Mire usté señoría, esta sala debe saber que esta señora miente como una serpiente y además toma pastillas. –No puedo evitar imaginármelo hablándole muy digno al juez mientras me lo cuenta. No paramos de reírnos durante un buen rato.

- Son casi las nueve, uf, tengo que irme, se me ha pasado volando la tarde, me la has arreglado, no sabía qué hacer –le confieso.

- Y tú a mí, no te creas, que yo aquí solo me aburro mucho. –contesta con total franqueza.

- ¿Qué es lo peor de estar en la calle? ¿La soledad? – aprovecho la despedida para cambiar bruscamente de registro y volver a hablar de la vida.

- La soledad es muy mala, Rafa, pero lo peor es vivir y dormir en la calle. La gente se da al cartón de vino para luchar contra la soledad. Porque, al final, el cartón de vino es el único amigo que te queda. Por eso la gente se tira al cartón. La calle te mata lentamente. Pero fíjate yo ya no bebo… -Me lo creo, se le nota, todavía está fuerte, aún aguanta durmiendo al raso, parece increíble. Si bebiera no duraría dos semanas. Y él, que es un sabio en lo suyo, lo asume.

Aprieto fuertemente esa mano huesuda. Me siento afortunado de haber podido compartir casi tres horas con un personaje, un catedrático de la vida, de la astucia y de la entereza. Un especialista de la calle que me trata de tú a tú. Cuando se le escucha con atención se percibe una mezcla añeja de humildad, resignación, sabiduría y picardía… mucha picardía, nacida seguramente del instinto de supervivencia y de su sangre gitana.

Un día quise aprovechar su saber y me confesé con él:

- Oye, Emilio, ¿tú cómo sabes cuándo estás enamorado?

- Por los celos, Rafa, por los celos. Si sientes celos, date por jodido.

Sabia respuesta.

lunes, 13 de junio de 2011

LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE HENRYK



Como me suele suceder en muchas ocasiones, nunca me decidía a entablar una primera conversación con Henryk. Aparte de mi habitual precaución antes de conocer a una persona sin hogar, en este caso había más elementos que me impedían iniciar un contacto en la calle con él. Periódicamente me lo encontraba muy bebido por el Arco del Deán, ya a tempranas horas de la mañana. Muchas veces tenía la cara llena de heridas producto de sus borracheras diarias. Su amplia barba y pelo despeinados, su corpulencia de oso y verle en ocasiones semidesnudo vistiendo parte de un pijama de hospital, realmente me impresionaban. Máxime cuando siempre iba alborotando frases ininteligibles en polaco acompañadas de extraños gestos al aire. Algunos días incluso increpaba a los viandantes de la plaza de la Seo, tambaleándose y guardando el equilibrio a duras penas. Ni siquiera que yo conociera a su grupo de compañeros, también del este, con los que compartía cartón de vino matutino, hacía que me sintiera con ánimos de intentar acercarme a él y conocer algo más de Henryk.

Me volví a encontrar con Henryk de nuevo semanas más tarde pero esta vez en una situación muy distinta. Estaba ingresado en el Hospital Provincial, seguramente para recuperarse de las consecuencias de alguna de sus habituales caídas. Compartía habitación con otra persona de la calle. A mi me sonaba su compañero, pero yo no caía quién era. A veces me ocurre que conozco las caras pero son tantas las personas de la calle con las que he tenido trato que me resulta difícil saber quién son en realidad. En este caso la solución era fácil. Estábamos en un Hospital, así que llevaba una cinta identificativa atada a su muñeca. Tras perdirle permiso, leí su nombre: “Jesús G. S. ¡Joder, pero si tu estabas muerto!” Me salió sin pensar. Se trataba de un antiguo inquilino de Casa Abierta, del cual habíamos perdido toda referencia y al que la gente de la calle daba por fallecido. De ahí mi gran sorpresa al identificarlo y comprobar, ahora mirándole con otros ojos y reconociéndolo, que era él, uno de los primeros ocupantes de Casa Abierta, y tal vez el que más me impactó cuando empecé mi labor allí.

Pasado este pequeño suceso, aproveché para ver si podía conocer algo más de Henryk, que, sentado en cuclillas sobre su cama y con cara de divertido, había observado mi gran metedura de pata con su compañero. No fue fácil entenderme con él. No hablaba nada de español y solo nos comunicábamos por gestos. Hubo un momento en el que hacía ademán como utilizando una guadaña con la que segara un campo imaginario de alfalfa, al tiempo que repetía: “!Pracy, pracy!”. Al principio no lo entendía, pero enseguida caí: “¿Trabajo? ¿Eso es lo que necesitas, verdad?” El asentía y repetía el mismo gesto y la misma expresión “¡Pracy, pracy!” contento de que al final hubiera entendido sus efusivos movimientos y expresiones en polaco. Después de haber estado un rato hablando con los dos, me despedí. Primero me disculpé con Jesús por mi grave falta de tacto. “No importa, no importa” decía él con ese personal gesto de desgana que todavía conserva. Por su parte, Henryk se despidió de mí con un efusivo apretón de manos y regalándome una amplia sonrisa. Yo abandoné doblemente contento el hospital. Por un lado había vuelto a encontrarme con Jesús, una persona que creía que lamentablemente había fallecido. Por otro, había conseguido quitarme la espinita de hablar, o más bien hacerme entender mínimamente con Henryk, a quién conocía desde hacía meses y con quien nunca me había atrevido a conversar.

Semanas más tarde, volví a encontrarme con Henryk. Se encontraba como casi siempre al lado de la marquesina de la plaza de la Seo, no iba muy borracho, pero sí que se había separado un poco de su grupo de compañeros que muy tranquilos estaban sentados en la marquesina, bebiendo. Él cantaba alegremente alguna canción de su país. Puesto que en mi visita al hospital había tenido oportunidad de conocer su nombre verdadero impreso en aquella cinta de su muñeca y ya sin miedo, al comprobar la campechanería y la simpatía con la que me trató en aquella ocasión, me atreví a llamarlo desde unos metros de distancia. Alzando mi mano, sonriendo y gritando su nombre y apellido, intenté llamar su atención: “¡Henryk, Henryk! ¡Henryk Klimek!”

A él le cambió repentinamente la cara. Pasó de estar cantando feliz a poner un semblante serio y aparentemente frío y se dirigió rápido hacia mí. Confieso que al principio me asusté, pero no tenía motivo. Él me agarro firmemente mis manos y entre sollozos comenzó a repetir incesantemente su nombre y apellido y darme las gracias sin parar y sin dejar de apretarlas y acariciarlas en señal de agradecimiento. Era increíble como mostraba su gratitud. Solo por el hecho de haberle llamado por su nombre y apellidos, suceso que entonces comprendí hacía bastante tiempo que no le había sucedido. Ahora, al sentirse identificado por su nombre de toda la vida, al volver a oír su apellido que no había sido pronunciado desde hacía mucho, entre lágrimas de emoción intentaba compensarme por haberle devuelto un poquito de su identidad: la que le proporcionaba su apellido polaco.

Me pareció muy doloroso entender que muchas personas que viven en la calle pierden, no sólo sus pertenencias materiales y sus relaciones familiares sino su misma identidad, su misma percepción, su propia consciencia, su propio apellido. Me sentí sinceramente impotente y torpe al haber estado manejando, sin saberlo, un elemento de importancia vital para esta persona: su nombre propio y su apellido. A partir de aquel día siempre procuro conocer al menos el nombre y si puedo algún apellido cuando me encuentro con una persona nueva de la calle. Y, cuando vuelvo a coincidir, me acuerdo de Henryk y procuro llamarlo en tono amable por sus apelativos personales. Tal vez es lo poco que yo le pueda dar, pero por lo menos quiero que sepa que yo sé quién es realmente, que para mí no es una persona más de la calle.

Radio Macuto me dijo que la policía se llevó a Henryk a Tudela para que dejara de molestar por las calles del centro. No sé si será verdad. Lo cierto es que no he vuelto a verlo desde hace mucho. Cualquier día me doy una vuelta por esa ciudad a ver si me lo encuentro gritando por las calles del centro para, simplemente, volver a llamarlo y decirle: “Hola, Henryk Klimek ¿Qué tal estás?”

lunes, 30 de mayo de 2011

EL MALDITO CARIÑENA










¿Dónde estoy? ¿Qué día es hoy? ¿Dónde dejé anoche el vino? Seguro que guardé algo para hoy, ¡seguro!, ¡algo quedaría! ¿Qué voy a hacer si no? No está Ernesto, se ha ido. El muy capullo, seguro que ya se está buscando la vida para comprarse algo para desayunar. Y no me ha esperado, ayer sí que se juntaba conmigo ¡claro, como yo tenía dos cartones! A ver ahora cómo me levanto yo, no puedo moverme, me duele todo. Mi cabeza parece que vaya a estallar, maldita ansiedad, no la soporto. Y estos putos temblores… no puedo ni siquiera encender un cigarro ¿Por qué no me guardaría algo de vino por ahí entre los setos? Seguro que si miro bien lo encuentro, ¡algo tiene que haber!

Al menos aquí en el parque nadie me ve cómo me levanto y ya hace días que no me roban los cartones y las mantas, mientras no llueva y se me jodan… ¿Qué pasaría anoche? Tengo todo el pecho lleno de moratones y un labio partido. Seguro que me caí de bruces por ahí. No recuerdo nada. No creo que me pegaran, nunca me meto con nadie. Pero caerme… ¡anda que no me he caído veces! Aún me duele la brecha que me hice en la cabeza aquella noche de tormenta que se fue la luz justo cuando bajaba las escaleras del parque. No se pueden hacer mezclas con el trankimazin, porque luego pasa lo que pasa. Mira que di vueltas y vueltas, no sé como no me maté al darme con la barandilla. Pero tengo la cabeza dura. Ernesto entonces sí que se portó bien, me cuidó durante dos días, tumbado entre los setos, tapado con la manta, con un parche de vino en la cabeza, para desinfectar…

Tengo que beber algo. No aguanto más. He contado las monedas que me quedaban en el bolsillo. Si sumo los céntimos me llega justo para dos cartones. De momento, no necesito más, luego ya veré. Ahora lo que tengo que hacer es ir al súper. No sé si tendré fuerzas para llegar allí. Si estuviera Ernesto iría él. Me ha dejado tirado hoy. Pues un cartón lo pienso esconder y no le diré nada, que se joda…

Me voy a ir mejor a la tienda de ultramarinos, allí también tienen vino y está más cerca. Aunque al tío de la tienda le molesta que le vaya solo con monedas pequeñas, pero siempre le pago, ¡siempre! El día que tenga para comprarme una botella de ginebra se va a enterar. ¡Uf, ginebra! Qué bien me vendría ahora para el estómago y no este maldito vino barato que no hace más que joderme las tripas.

Tengo mucho miedo. Me parece que todos me miran mal. Pero no voy tan sucio, sólo la barba y la cara roja. Me duché anteayer en el Albergue. Esta ropa me tiene que durar dos semanas por lo menos y aún tengo dos calzoncillos en la mochila, casi para un mes… “Sí, déme dos cartones de rosado, del barato, gracias”. Ya lo tengo en la mochila, luego rellenaré la botellita de agua para disimular más. Que no se vea. ¡Qué vergüenza si me viera alguien! Un día me encontré con Miguel, mi amigo de cuando éramos críos. No me dijo nada, pero su mirada lo decía todo. ¡Yo no tengo la culpa! ¡Qué más quisiera yo que no tener que beber y estar mejor de lo que estoy! ¡Claro que sé que tengo que dejar de beber! ¡Vaya novedad! Ya lo hice, menudo delírium que pillé. Estuve tres días debajo de la cama creyendo que me querían matar, viendo búhos, serpientes y escolopendras en procesión. Pero lo peor fueron los reproches, que “fíjate tú cómo has acabado”, que “¿cómo no te da vergüenza?”. Pues claro que me da vergüenza, mucha, pero yo sólo no puedo, no pude, me tuve que tirar al monte otra vez. Sólo aquella asistenta, Clara, era la única que me escuchaba y me creía: “Imagino que sufres mucho Juan Carlos” me decía… “Sé que vives un infierno”.



Voy a beberme sólo un cartón de momento. Luego tengo que buscar un sitio para hacer de vientre cerca. Lo tengo cronometrado, en una hora, el vino tal y como ha entrado sale disparado, dejándome completamente vacías las tripas. No puedo hacérmelo encima, ¡eso nunca, no lo soporto! Voy a bebérmelo despacio. Sólo diez tragos esta vez: uno, dos, tres, cuatro, cinco… Ya tengo el pulso mejor, ya puedo rellenar la botella de agua, pero primero otros diez tragos: uno, dos tres, cuatro… Menos mal que me voy calmando un poco.

En cuanto acabe con este cartón me pondré a pedir algo, ahora no tengo valor, no soporto esas miradas cuando me dan una miseria. Y encima me cascan que no me lo gaste en bebida. Ya les diría yo: “pero señora si no bebo es que no me puedo ni levantar, ¿qué se cree?”. No. Mejor me callo, que si no igual no me dan nada y por la tarde tendré que comprarme por lo menos 3 cartones más y comer algo, aunque sea media baguette. Igual Ernesto también ha conseguido algo. Si no aparece seguro que tiene para pasar el día, como para esperarle a ver qué trae.

No quiero ir al comedor. La comida es buena, pero no soporto estar allí, no quiero acabar como ellos, yo no soy como ellos, lo mío es distinto, me lo dijo la asistenta, mi problema es que estoy solo. Claro que mi chica se fue, ¡cómo no se iba a ir!, no había quién me aguantara, a mí y a mis borracheras. Pero yo ya le había advertido: “mira que esto va para peor, mejor será que te vayas” Al final claro que se fue, ¡cómo no se iba a ir!, en el peor momento, cuando más la necesitaba. Pero a ver, yo solo ¿cómo salgo de esto?

Creo que debo ir algo borracho ya: me he tropezado dos veces camino del parque. Voy a sentarme un rato en aquel banco, aun puedo beberme toda una botellita llena de vino, lo justo para darme ánimos y tumbarme toda la tarde a dormir. “Hola chavalín, ¿cómo te llamas?” Qué majico el crío, aunque al padre no le ha gustado nada que el chiquillo me sonriera, será capullo. Lo que daría yo por tener su vida. Pero ya todo me da igual…

Todos los días me pasa lo mismo. Por la mañana, cuando me levanto quiero morirme y por la tarde, a estas horas, cuando el vino, el maldito cariñena, ya ha hecho su efecto, todo me da igual: morirme o vivir; mañana o pasado mañana; que me miren con reproches o que me ignoren; cagarme encima o ir limpio; que ella se fuera, tener que pedir con mentiras para matar la ansiedad, estar solo, estar con Ernesto... Nada importa. Sólo que todavía me queda un cartón de vino y que me mantengo en pie. Lo demás ya iré viendo cómo lo soluciono.

Maldito cariñena”, ¡jajaja! Ya no me acordaba que así lo llamaba mi tío Enrique, que tanto me quería y que sí me entendía. ¡Vaya que si me entendía!: “A ti lo que te pasa es que tienes el alma enferma, Juan Carlos, muy enferma, lo demás es fácil”…