jueves, 15 de julio de 2010

LA HERIDA


Miguelete nunca me llama por mi nombre. Lo conozco hace años, pero, cada vez que me ve, se dirige a mí de manera distinta: Luis, Miguel, Antonio… aunque la más habitual es Jose, con acento en la o. Pasea habitualmente por el centro de la ciudad con varias bolsas de plástico colgando de su antebrazo. En cada una guarda cosas similares: en una comida, en otra revistas viejas y periódicos, en otra algo de ropa, juguetes, mecheros y cualquier chisme que atraiga su atención… a veces cosas inverosímiles. Una mano siempre la lleva protegida por un guante, sólo una, que normalmente es la que usa para fumar. Si no tiene para tabaco, cuenta con una pequeña cajita metálica de puritos donde guarda algunas colillas que aún sean aprovechables de las que encuentra en sus sitios estratégicos. A veces me las enseña y dice:

- Mira, Jose, es griiiiiiiiiifa, las cogí a unos jóvenes que la estaban fumando en un banco ¡Mira que caladas le doy, miraaa!- me revela con su voz ronca y grave, contándome su gran secreto.
- Eso son cigarrillos de liar, Miguelete, y no deberías fumarlos que así llevas el pecho y la voz –le suelo contestar yo. El sonríe y cambia de asunto rápidamente.

Generalmente me ha preocupado el tema de la higiene, pero en el caso de Miguelete es absoluta y completamente nula. La mugre cubre toda su ropa y la mayor parte de su cuerpo. En ocasiones es casi imposible estar a su lado. Para hablar con él, me tengo que mantener alejado dos o tres metros o, si sopla algo de cierzo y me sitúo estratégicamente, puedo estar más cerca y sostener una charla de unos minutos. De otra manera puede llegar a ser insoportable el olor que desprende. Tiene gran afición a mirar los contenedores y papeleras. De su contenido va seleccionando todo aquello que luego guarda en sus bolsas. Es curioso comprobar cómo tiene un lado del cuerpo con más mugre que la otra mitad. Lo mismo ocurre con su gorra, se aprecia un tono más oscuro y sucio en un lateral que en el otro:

- Tú siempre duermes de la misma postura ¿no Miguelete? -le pregunto.
- Sí, ¿cómo lo sabes, Juan? –se ríe asintiendo.
- Por tu ropa, la llevas más oscura en un lado. ¿Dónde duermes?
- ¡Bah! En cualquier portal, cada día en un sitio, en el primer rincón que encuentro, me tumbo, me encojo… me duermo enseguida –Me reconoce, bajando sus ojillos con falsa timidez, bromeando como un niño malo.
- ¿Qué te parece si te vienes conmigo al Albergue y te ducho como otras veces?
- Mañanaaaaaaaaaa, Luis, mañanaaaa te espero aquí mismo y vamos, hoy no puedo, me esperaaaan. –lleva diciéndome lo mismo meses.

Apenas se distinguen sus traviesos y enrojecidos ojos, entre la gorra, las cejas despeinadas, su barba pobladísima y recia, su piel arrugada y quemada por el sol, la mugre…es difícil apreciarlos. Miguelete es locuaz, zalamero y dicharachero, constantemente está sonriendo. Es muy agradecido y cariñoso, lástima que muchas veces lleve prisa, asegura que le esperan en algún lado, que ha quedado. No le importa dejarme con la palabra en la boca. Se aleja caminando rápido, arrastrando los pies y mirando inquieto para todos los lados. Siempre hace lo que quiere, lleva más de 40 años en la calle, ¡como para no hacerlo!

Los domingos por la mañana solía encontrármelo en el mercado de antigüedades de la Plaza San Bruno, allí tiene varios amigos que le invitan a almorzar y pasa parte de la mañana en un banco junto a ellos. Pero aquel domingo no estaba. Me extrañó. Hacía un frío terrible. Los azulejos mudéjares de la parte trasera de la catedral reflejaban con intensidad el sol de la mañana y, al pasar por la esquina recortada que da acceso a la plaza de la Seo, el cierzo se concentraba con increíble fuerza y casi no me dejaba avanzar. Creo que todo el viento de la plaza del Pilar busca su salida por ese estrecho acceso. Una vez capeado el pequeño vendaval, miré hacia la marquesina de la plaza del Pilar y, aunque estaba bastante lejos, reconocí a Miguelete sentado. Su barba y su gorrito oscuros lo hacían inconfundible. Por otra parte, llevaba un impermeable enorme y sucísimo que enseguida me permitió identificarle. Pero conforme me acercaba a él me iba dando cuenta de que algo no funcionaba bien. Miguelete estaba inmóvil, sentado, con las manos apoyadas en las rodillas, dos bocadillos envueltos y dos cafés con leche en vaso de plástico a su lado. Delante de él, en el suelo, dos periódicos nuevos del día y varias monedas encima, que, aparentemente se le habrían caído, eran todas monedas de un euro. Además Miguelete no se sienta jamás a pedir. Cuando estuve a su lado, le pregunté:

- ¿Qué tal Miguelete? ¿Cómo va todo? –yo intentaba valorar qué sucedía.
- ¡Bien, Antonio, Bien! Aquí leyendo la prensa –me contestó sin girar ni siquiera la cabeza, mirando al suelo, encorvado y con su cuello completamente rígido.
- ¿Seguro? ¿Te importa que mire tu cuello? ¿Te has caído?
- Nada Joooose, pero mira si quiereeeeees.

Como pude, con mucho cuidado y con la punta de los dedos, separé un poco el cuello del impermeable y el de su camisa y bajo su diminuta melena conseguí distinguir una herida incisa a lo largo de la parte trasera de su cuello, de varios centímetros de profundidad que literalmente le estaba guillotinando. Siguiendo con la vista dicha herida entendí qué la producía, puesto que por la parte delantera de su cuello surgía de repente de su carne un cordón de cuero con varias cuentas de plástico que apretaban peligrosamente su garganta. El cordel de cuero de un colgante lo estaba atravesando poco a poco cercenando su cuello por detrás, de tal manera que su misma piel volvía a cubrirlo haciéndolo invisible. Sólo era apreciable aquella incisión completamente infectada y que supuraba de tal manera que Miguelete, puesto que estaba echado hacia delante, tenía toda la parte delantera de su camisa y las solapas del chaquetón totalmente impregnadas de pus congelado por el cierzo.

- ¿No has ido al médico a que te miren el cuello? –le pregunté intentando disimular mi gran preocupación.
- No, no he ido, si es que no he podido Carlos, he tenido muchas cosas que hacer – me contestó totalmente incapaz de girarse y mirarme, quitando importancia, como siempre, al tema.
- Oye, ¿Qué te parece si llamamos a una ambulancia? Creo que esa herida está bastante mal. ¿Lo hacemos, Miguelete?
- Si, Enrique, llama, anda, llama, que si no no se me va a curar nunca… - Que Miguelete accediera a la primera, sin poner ningún reparo, cuando le propuse llamar a urgencias me preocupó más aún. Ahora tenía la certeza de que la herida era grave.

En dos minutos llegó ululando una ambulancia del Servicio de Salud. Iban tres jóvenes en ella. Les expliqué un poco quién era Miguelete y enseguida se hicieron cargo. También les anticipé lo grave que era su carencia de higiene, casi tanto o más que la propia herida. Tal vez pensando que yo exageraba, uno de los técnicos, una chica, se acercó rápidamente a comprobar la herida que les estaba contando, pero de inmediato se tuvo que apartar con disimulo, conteniendo como pudo sus ganas de vomitar. Realmente no era para menos. Luego montaron a Miguelete en la parte trasera de la ambulancia y se metieron con él los dos técnicos, el conductor se puso al volante. La furgoneta estaba sin arrancar todavía y no habían pasado cinco segundos cuando se volvieron a abrir las puertas correderas del vehículo y salieron rápidamente los dos muchachos buscando aire fresco. Miguelete me miraba risueño, todo contento desde dentro, sentado en un asiento y todavía encorvado: “Ven a veeeeeeeeeerme al hospital, eeeeeeh Joooooooose!”. Al final, decidieron abrir todas las ventanas de la ambulancia y la chica pasó con el conductor. Su compañero, más valiente, se situó atrás, cerca de una de las ventanas, acompañándole y por fin la ambulancia partió para el hospital con su alarmante sirena pidiendo paso.

A la semana siguiente me pasé por el hospital a visitarlo con una voluntaria. Lo encontramos recién duchado, todavía algo mojado, perfumado completamente con colonia de limón y vistiendo un pijama grandísimo para él, que apenas mide metro y medio. Le sobraba pijama por todas partes, estaba simpatiquísimo. Le habían cortado al cero todo el pelo de la cabeza y de la barba. Un apósito enorme cubría la parte trasera de su cuello y tenía sujeto a su muñeca un gotero que le suministraba antibióticos. Sonriente y cariñoso nos recibió, realmente se alegraba de nuestra visita:

- Hombre Jooooooose, qué alegría. Déjame que te cante una coplilla… “Me quitaron la libertaaaaaa, me pillaaaron robando en eeer sepuuuuuuuu” – empezó a entonar con un tono agudo, extraño para él, cuando entramos, dándonos así su bienvenida.
- Hola Miguelete. No hace falta que nos cantes. Mira he venido con una amiga. Se llama Irene.
- Encantado Maribeeel. ¡que amigas tan guapas tienes Carlos!
- ¿Qué tal estás? ¿Te tratan bien? –pregunté. La habitación era enorme y parecía recién estrenado todo. El hospital era nuevo.
- Síííí, son muy buenas todas las señoritas de este sitio ¿Es un hospital o algo así no, Jose? Se come muy bien. Todo es estupendo. Bueno, menos una médico… Me mira maaaaaaaal, seguro que fuma grifaaaaaaaa, pero yo me callo y no le digo nada.
- ¿Cómo va a fumar grifa una médico?, será que es más seria. ¿Tú te portas bien no? Haz todo lo que te digan las enfermeras, porque la herida que tienes no es moco de pavo ¿eh?
- Cómo lo sabeees Caaarlos, menos mal que me trajeron aquí, ahora a ver si puedo pasar aquí la Nochebuena, porque seguro que se cena de maravilla…
- Mira, te hemos traído “el Marca” para que estés al tanto del fútbol –lo abrió, lo hojeó un poco y a los dos minutos cabeceó quedándose dormido como si nosotros no estuviéramos allí…

Pasó la Nochebuena y la Navidad en el hospital. La Nochevieja y el Año Nuevo en el Albergue Municipal y los Reyes en el Refugio. Creo que hacía muchos años que no dormía tantos días seguidos bajo techo. Sinceramente, conociendo su mente inquieta y lo independiente que es Miguelete, creo que aguantó tanto porque de verdad se dio cuenta de la gravedad de su herida. Lo entendí un día que lo llevé a curar, permanecía completamente inmóvil y sumiso mientras la enfermera hacía su labor. Después volvió a la calle, a quedar con sus amigos, a buscar cosas por ahí, a pedir comida por los bares, a pasear sin descanso con marcha casi militar por todas las calles del centro de la ciudad. Me lo encuentro en repetidas ocasiones, pero creo que me tiene algo de recelo porque me relaciona con el agua:

- Hola Miguelete, ¿quieres que nos acerquemos a duchar al Albergue?
- Mañana, Jose, mañana, hoy no puedooo…
- Oye, en seguida habrá una cama libre en Casa Abierta, quieres venirte allí, algún día tendrás que dejar la calle, ya vas teniendo una edad –le bromeo
- ¡Mañana sin falta te espero en el patio del Albergue, Antonio!
- Nunca te acuerdas de mi nombre, ¡qué triste! Mira, para que te acuerdes, piensa que tiene dos veces la letra “a” y es el nombre de un cantante español muy muy conocido…
- ¡Perales!
- Da lo mismo, Miguelete, llámame Jose que es igual…

miércoles, 23 de junio de 2010

LAS PALOMAS Y EL VINO


Como suele ser habitual, cuando llego a Casa Abierta el sábado por la mañana, César ya está levantado y ha desayunado. Seguramente ya habrá tomado café con sobaos varias veces a lo largo de la madrugada. Tiene verdadera pasión por esas pastas que proporciona el Albergue para desayunar. Tantas come que, en alguna ocasión, ha podido acabar con toda la bolsa y luego se ha montado un pequeño guirigay mañanero porque al resto de compañeros no les quedó con qué acompañar el primer café con leche. Razón no les falta. Mario, el voluntario, ya está afeitando a David, toalla en cuello, como cada sábado, con la máquina eléctrica y la alargadera. Según me cuentan, Julián se ha vuelto a quedar esa noche encerrado en el baño, suerte tuvo de que hay un compañero que siempre guarda un alambrecito para tal eventualidad y lo pudo rescatar. Menos mal que ya es menos frecuente que esto suceda, parece que le ha cogido el truco al pomo del baño, pero le ha costado semanas y aún así, alguna noche tiene que ser “rescatado”. Por lo demás todos están tranquilos, José Miguel aún remolonea en la cama, apurando hasta la hora de salir, como casi siempre, pero el resto están en marcha y el movimiento (y algún enfado) por ocupar uno de los baños es continuo.

César, como cada mañana, me pide colonia, después de haberse lavado y afeitado. Se deja el flequillo al estilo “tintín”, luce un apurado perfecto en sus mejillas y un diminuto bigotito que encaja perfectamente con sus pequeños ojillos verdes e inquietos. Le doy una botella de litro de colonia de limón para que tenga para varios días. Al rato compruebo que ya ha consumido más de las ¾ partes de la botella. La ha dejado tirada encima de su caja de mimbre, al lado de su cama, junto con un bote de jarabe, un cenicero perfectamente limpio, varios catálogos de viajes y una pequeña cestita en la que todavía quedan migas del atracón matutino.

- César ¿Qué has hecho con la colonia? ¿Cómo has gastado tanta, si te acabo de dar la botella?
- Es que me he echado en las zapatillas una poca. Así es mejor, se desinfecta todo y huelen bien.
- Oye, ¿qué es esa cosa blanca que supuran las zapatillas, que sale por todas las costuras? – le digo señalando pequeñas burbujas de espuma de afeitar que surgen por cada resquicio de su calzado.
- Ah, es espuma, viene muy bien para los pies, sobre todo para los callos es estupenda. Así ando más cómodo, es más blandito.
- Pero, César, ¿no ves que puedes pillar algo malo si te echas tantas cosas en los pies?
- ¡Joder, Rafa, no la tomes conmigo, que tengo prisa! Tú es que no entiendes, esto es lo mejor, te lo digo yo.
- Vale, vale, no te enfades. Oye antes de irte, ¿te has bañado verdad?
- Pues claro, como todos los días, ¿qué crees? Yo soy muy limpio, no como otrossssh. – me espeta con tono irónico, mirando de reojo, pero sin señalar a nadie.
- Entonces, podrías cambiarte esos pantalones, por favor, los llevas hace muchos días. Yo te doy unos limpios.
- ¡No, que a estos les tengo mucho cariño! Y todavía aguantan. Me voy al Pilar que llego tarde, además me espera el canónigo. Adiós. –Cierra la puerta con brusquedad y se va visiblemente alterado a causa de mi pequeño interrogatorio.

A la media hora vuelve. Trae media docena de revistas del Pilar y un manojo de cintas de la medida de la Virgen de todos los colores, también varias estampitas de otros santos. Se empeña en regalármelo todo, yo no quiero, intento convencerle de que no es necesario, pero al final acepto una revista y una cintita. Es su manera de hacerme ver que no tiene ningún problema conmigo, seguramente se ha quedado disgustado por su rápida huída. Tiene esta personal diplomacia para conseguir que las cosas vuelvan a la normalidad. Finalmente se va más tranquilo. Según él, tiene una ñapa de fontanería a medio acabar en el barrio Oliver y le esperan, no puede fallar, además tiene allí todas las herramientas…

La mañana avanza y poco a poco todos van abandonando la Casa. Sólo quedamos David, que, presumido, se acaricia repetidamente las mejillas comprobando que el afeitado del voluntario fue perfecto; José Miguel que apura su 7º u 8º café; Mario, el voluntario, y yo. Incluso Pedro, que es siempre el último en levantarse, ya se está lavando en el baño. Como siempre, refunfuña: “¡Qué sucio lo han dejado todo!”. “Ahí tienes la fregona con lejía” le respondo. No me contesta y gruñendo se encierra finalmente en el pequeño cuarto de baño…

Esa mañana, después de cerrar la Casa con Mario, decido subir paseando hacia la iglesia de San Antonio. Cada sábado el “Padre Pitillo”, como las personas de la calle lo llaman, reparte una pequeña pieza de pan y un euro. Así lo lleva haciendo durante bastantes años. Ello provoca que este día de la semana se produzca un continuo flujo por la zona de personas de la calle, que incluso atraviesan la ciudad para obtener la pequeña propina. El parque inmediatamente anterior a la iglesia sufre un continuo subir y bajar de estas personas, algunos hasta acarreando sus pesadas mochilas o carritos para llevar sus cosas. Todo por un trozo de pan y un euro. Yo, sinceramente, no entiendo lo del pan, si al menos fuera un bocadillo…

Me acerco por allí porque seguro que coincido con algún conocido de la calle. Y así es. En la entrada del parque me encuentro con Jesús. Como siempre, va impecable, su rubia melena limpia al viento, su mochila a la espalda y, en una mano, el saco de dormir. Me saluda muy amable y sonriente, como invariablemente me ha tratado desde que nos conocemos. Me paro un ratito a hablar con él, hace tiempo que no lo veía. Todavía no me acostumbro ver su ojo dañado gravemente y que tiene un color grisáceo y mortecino. Otro transeúnte se lo hirió con un bolígrafo sin saber muy bien por qué. “Casi nada lo del ojo ¿eh Rafa?” - así le quita siempre importancia él… A mi me produce verdadero asombro la tranquilidad con que se lo toma.

Una vez que me he adentrado ya en el parque, a unas decenas metros distingo a César. Me acerco. Está sentado en un banco, con las piernas abiertas y estiradas, formando una uve, la espalda apoyada en el respaldo. Tiene un cartón de vino abierto a su derecha y lo que seguramente era el panecillo del “Padre Pitillo” está completamente desmigado en el asiento del banco al lado del vino. Parece que está tomando el sol y hay un gran número de palomas comiendo a sus pies. Algunas pelean sonoramente por un trocito de pan. Antes de que me vea, le saludo de lejos para que no se asuste por mi llegada. Puede creer que lo he seguido, pero ha sido pura coincidencia, aunque yo sabía que suele subir por San Antonio. Cuando me acerco a él, compruebo que el pan que les está echando a las palomas, previamente lo empapa bien en vino, por eso lo tiene troceado junto al cartón.

- Hola César, ¿qué tal? ¿descansando un ratico, eh?
- Hola Rafa. Sí, mira que he subido a ver al cura y con el euro me he comprao el vinico y aquí estoy con las palomicas, ¡qué majicas eh! – en realidad está inquieto, le ha sorprendido verme por ese parque.
- Si. Ya veo que las alimentas bien, hasta vino les das ¿no? – le digo distraídamente.
- Claroooooooo, lo bueno, compartido, sabe mejor… ¿Nooooooo? – por cómo alarga la última vocal de cada frase con un tono extraño y cantarín, deduzco que la mayor parte del vino del cartón ya lo tiene en el cuerpo…
- Pero ¿Tú no crees que será malo para ellas, no se marearán y se darán algún golpe con las farolas?
- Que vaaaaaaa, lo que yo te diga, les gusta mucho más así que el pan sólo y además… También tienen derecho a vinicoooo. ¿Noooo? Pues esooooooo.
- Oye, pues nada, aquí te dejo con las palomicas, que llevo prisa. Igual te veo esta tarde que me toca bajar a la cena, hasta luego César. – Decido irme, empiezo a notarlo intranquilo por mi presencia.
- Hasta luego Rafa ¿A que te ha gustao lo de las palomicas eh? –sin decirle nada más, me alejo sonriéndole y me dirijo a la otra salida del parque.

Ya son más de las ocho de la tarde y César todavía no ha venido a cenar. No me preocupa en exceso, él nunca falla a dormir. Tal vez me inquieta un poco el que vuelva a verme otra vez un mismo día. Seguramente no se acuerda de que le advertí que yo estaría esa noche dando la cena. No quiero que se sienta perseguido, pero a veces es inevitable, me lo puedo llegar a encontrar dos y tres veces por la ciudad. Tiene tarjeta gratuita para el autobús, ¡es tan inquieto y le cunde tanto el día…! Al fin: “ding-dong” suena el timbre de la Casa. Es César sin duda, los demás ya han cenado, incluso alguno ya está acostado. Le abro la puerta, no se sorprende demasiado de verme, por el aspecto de sus ojos intuyo que lleva más vino en el cuerpo que aquel cartón que yo vi. “¡Que vaya bueno!” antes de entrar, desde el umbral, se despide efusivamente de alguien a quien yo no alcanzo a ver y supuestamente está a su derecha, alejándose hacia la plaza San Agustín…

Hace poco descubrí que no hay nadie de quien se despida realmente. Nunca me había dado cuenta, pero así entendí un poco más a César. En realidad es la soledad quien le hace repetir esa escena, cada tarde, antes de entrar, y hacer como que se despide de alguien que le ha acompañado hasta la puerta. Como seguramente es la soledad quien le hace amigo del canónigo del Pilar. También es la soledad quien le busca pequeños trabajos de fontanería por cualquier barrio, en casa de amigos, que le guardan la herramienta. Y yo creo que es la soledad quien le hace alimentar de manera tan personal a las palomas… Antes de irme, cuando ya he apagado las luces y me despido de todos, César, desde su cama me dice:

- ¿Sabes Rafa? El “Padre Pitillo” ya no va a dar más pan, ni el euro tampoco. Se ha enterado de que lo engañaban. Había algunas personas que pasaban varias veces, cambiándose la ropa, para conseguir más euros. Se ha enfadado y ya se ha acabado lo de los sábados.
- Pues vaya gracia que hayan abusado del cura así, ¿no César?
- Bueno es igual. Yo soy amigo del cura, le he hecho algún trabajillo, a mí siempre me dará el euro. Oye Rafa, ¡que majicas las palomas! ¿eh? ¿A que también tienen derecho al vinico?
- Claro que sí, César, además hacen mucha compañía, ¿verdad?

lunes, 31 de mayo de 2010

EL SURTIDOR


Josefa me dijo dónde podía localizar a Fernando. Josefa es voluntaria de Casa Abierta desde siempre. Lo conoce hace muchos años. Lo ve con cierta asiduidad cerca de donde ella vive. La otra tarde subí a ver si daba con él. No hubo forma, no apareció. Pregunté a Blas, sentado en la plaza Huesca. Bebía vino discretamente en un botellín pequeño de agua. Su brazo apoyado en la mochila a su lado. No lo ha visto hace meses. Le pregunto otra vez a Josefa aprovechando que me llama a casa. Se sigue tropezando con él por el barrio. Está por la calle Barcelona, en una pequeña plaza. No se mueve mucho de allí. “Súbete. Seguro que lo encuentras”.

La primavera ha llegado, la temperatura es muy agradable. Así da gusto salir de casa. Esta tarde decido ir a dar otra vuelta a buscar a Fernando. Hace muchos meses que no lo veo. Al cruzar el puente del canal para tomar el autobús veo a una mujer echando pan a los patos. De repente se enfada y empieza a regañar dirigiéndose al agua. No la oigo. Me quito los auriculares, me acerco y curioseo. Hay una rata que nadando se acerca a comer algo del pan dirigido a las aves. La señora, enfadadísima, intenta asustarla para que no coja ni una sola miga. Los patos la ignoran. La rata consigue su objetivo y se lleva un trocito de pan mojado. El cabreo de la señora crece aún más. “El pan era para los patos, no para la rata, ¿habrase visto?”. Curiosa metáfora de la caridad. ¿Qué más dará que el pan lo coma una rata o un pato?

Llego a Delicias. Ésta es la parada. En cinco minutos accedo a la diminuta plaza que me dijo Josefa. Echando un vistazo rápido enseguida ubico a Fernando, sentado en un banco. Debajo de él, una bolsa de basura grande y gris, llena de ropa. No lo pienso dos veces y me siento a su lado, sin que él sepa por dónde he aparecido. “Hola Fernando ¡Cuánto tiempo! ¡Por fin te pillo!”. Parece el mismo demonio, como ya me anticipó Josefa. Lleva un gorrito de lana embutido hasta las cejas. Silueta esquelética, barbas blancas, estiradas y puntiagudas, uñas largas y cargadas, manos negras, tres chaquetas, dos camisas, un pantalón raído y unos zapatos náuticos desentonadamente nuevos. Enseguida percibo ese olor a rancio, muy rancio… que ahora ya no me sorprende. Fernando, ante mi desparpajo, contesta como si me conociera: “¿Queeeeé taaaaaaaal? ¡Sí que hace que no te veía”. Encima del banco, a su lado, varios trozos de fiambre sobre un envoltorio, media baguette y una botella de agua conteniendo vino tinto. Le bromeo. “Jajaja, no te acuerdas de mí, a ver si adivinas quién soy…” Ha bajado muchos enteros desde la última vez que lo vi, hace ya casi dos años. Desapareció de la glorieta un día. Subió a este barrio y aquí se quedo. Él nació cerca de aquí, conoce bien la zona. No me reconoce, ha perdido mucha memoria. La calle le ha pasado una factura muy alta. “Que sí, joder, que sé quien eres, que venías a la glorieta a visitarnos” Insiste, pero no muy convencido. Creo que se puede sentir algo incómodo. “¿No me recuerdas de Casa Abierta? Soy Rafa.” En su cara se refleja el alivio al acordarse por fin y se dibuja una sonrisa cómplice. “Claaaaaaaaaaro, Fernando ‘eldelamoto’, Josefa, Carmelo, ¿cómo no me iba a acordar?” Me enumera voluntarios para confirmar que sabe de qué habla. Ahora está más suelto y relajado. Tartamudea un poco, de vez en cuando se le atasca una vocal y la alarga un poquitín. Su lengua se desata, no hay prisa, la tarde es muy buena, tengo tiempo.

Varios niños juegan al fútbol a nuestro lado utilizando otro banco como portería. El balón pasa repetidamente a nuestro lado con peligro. Esquivo como puedo los cañonazos. Él los justifica: “Son niños…”. En otro banco tres gitanas de negros vestidos les recriminan. A otro abuelo le dan en la frente con la pelota, pero extrañamente ni se queja ni hace amago de hablar. Sigue apoyado en su bastón. Al fondo, protegidas del pequeño proyectil, varias madres con sus carritos de bebé charlan distraídas. Fernando sigue contándome cosas. Le pregunto por su familia, sus hermanos, sus hijos… “Todavía estoy casado con Loli ‘la negra’, me casé con ella para que no la expulsaran y ya no quiere divorciarse ahora”. Compruebo como saluda a muchas personas que cruzan por la plaza, sobre todo a los niños. Dos niñitas de apenas siete años pasan a nuestro lado, Fernando les pregunta: “¿ocho por seiiiiiis?” Ellas se lo piensan un momento, se miran, sonríen y le contestan: “cuarenta y ochooooooooooo”. Me cuenta que conoce a casi toda la gente de la zona, que le ayudan, le dan cosas. Interrumpe la conversación varias veces para saludar por su nombre y con un pequeño guiño también a varios adultos. “Ése es gitano, tiene un bar al final de la calle” Me confiesa cuando ya se ha alejado. Desde la ventana a dos metros detrás de nosotros le saluda una mujer con un niño. “Ésta es ecuatoriana, me ha ayudado mucho este invierno…” Hablamos un poco de todo. Fernando se emociona varias veces. “El otro día el de la carnicería me dijo que era buena persona cuando me daba algunos embutidos para comer”. Varias lágrimas surcan su arrugada cara, se limpia con la manga y poco a poco retoma el hilo de la charla, cambiando de tema. “Un día Fernando, en la Casa, me dejó su moto, estuve una hora por ahí, pero apenas tomé velocidad, la moto es muy grande”. Se ha deteriorado mucho, no hay duda. Su cabeza le juega malas pasadas…

Un niño aparca su bici en la esquina de la plaza más cercana a nosotros. Me extraño, creo que nos vigila. Al menos nos mira con mucho interés. Al rato Fernando se percata de su presencia. Se levanta rápidamente y se va con el chaval de apenas 15 años. “Ahora vuelvo. Tengo que hacer un favor a un amigo”. Me quedo descolocado. No entiendo lo que sucede. Ambos desaparecen por la esquina y no veo donde van. La bici se queda apoyada en la pared, el candado puesto. Pasan varios minutos, no aparecen. De repente he tomado el papel de Fernando, ahora el carrilano soy yo. El embutido, el pan y la botellita de vino a mi lado, la bolsa de ropa debajo de mí. Y la gente que pasa y me mira de manera extraña. Mi indumentaria tampoco ayuda, llevo un chándal viejo y una camiseta. “Qué pena tan joven y cómo ha acabado” parece que piensa una mujer que pasa con varias bolsas de la compra. Empiezo a mirar hacia la bicicleta con cierta ansiedad. Dudo si se fue con el chico en realidad. Aparece por fin y se vuelve a sentar a mi lado. “El chaval, es un amigo, viene casi todos los días”. Enseguida caigo. “Aaaaaaaaaaah, claro, le compras el tabaco, ya entiendo”. Fernando sonríe. “No le dejan comprar todavía, no tiene la edad, me da cinco euros, le compro un paquete y él me regala los cambios”. Curiosa simbiosis la que tienen establecida, pero cada cual cubre su necesidad…

Casi no me deja ir. Me habla del barrio. Me cuenta que recuerda cuando era niño cómo metieron, descolgando con una enorme grúa, el gran depósito de combustible para la gasolinera de la plaza Huesca, que entonces se llamaba “Rocasolano”. Él vivía justo al lado de esa plaza.

Ya va siendo hora de marcharme. Pero aun poniéndome de pie, no para de hablar. Me sigue contando que todavía espera que le llamen para operarse de cataratas que estuvo un tiempo casi ciego, pero al final le operaron un ojo. “Sí y pediste el alta voluntaria de San Juan de Dios . Tuviste mucha suerte con ése médico del clínico: te operó en una semana cuando tardan meses”. Compruebo otra vez que su memoria es casi nula. Él me mira sorprendido, preguntándose cómo sé yo que se fue del hospital al día siguiente de ser operado… “Oye si tienes sitio en Casa Abierta me podrías meter ¿eh Rafa? Ya no estoy para muchos trotes, bueno ahora llega el verano, pero si pudieras…” Tiene ya sesenta y cinco años, lleva casi veinte en la calle, creo que ya es hora de que descanse, pero bueno, él ya estuvo en Casa Abierta y no se adaptó. De momento no hay sitio y como está siempre por aquí, Josefa podrá informarme qué tal va sobreviviendo.

Al fin, con un apretón de manos y la promesa de volver a visitarlo otra vez, me despido de Fernando y me dirijo hacia la avenida de Madrid. Miro el reloj, hora y media estuvimos hablando. Bueno, para el tiempo que hace que no le veía, no es mucho. Cuando bajo por la avenida y paso junto a la plaza Huesca, me quedo mirando el surtidor de la gasolinera que un día funcionaba allí. Sólo queda el esqueleto, apenas unos hierros y varias ruletas numeradas que en su día dieron los litros y el precio. La manguera está enrollada al pie. Es lo único que existe hoy de aquella antigua gasolinera y se ha salvado de la reforma de la Plaza. Creo que Fernando ha sido peor tratado por la calle que ese viejo dispensador… pero los dos todavía aguantan. Blas no está hoy.

domingo, 16 de mayo de 2010

LOS PETARDOS

Si hay algo en que coinciden casi el 99% de los inquilinos que pasan por Casa Abierta es su pasión por el tabaco. O mejor dicho, el vicio, pues otra cosa no, pero si les falta el cigarrillo mal vamos: pueden llegar a desesperarse, volverse irritables e incluso insoportables. Pero bueno, todos los que los conocemos sabemos que generalmente dramatizan, porque cuando andan escasos de provisiones su mejor recurso es camelarse a algún voluntario (también a cualquier visita o trabajador del Albergue que entre en la Casa), gorronearle un cigarrillo cuanto menos y salir así del apuro. Además rara es la ocasión en que alguno del grupo no va corto de suministros, incluso puede ser que todos a la vez, según el día del mes que estemos hablando.

Yo, como casi todos los que fumamos y pertenecemos a esta pequeña familia, también fui objetivo de sus sablazos, producto de su desesperación por un cigarrillo, sobre todo por las mañanas.

Muchos domingos, a la hora del desayuno, les llevaba chocolate a la taza ya preparado en tetra-brik que calentaba en el microondas, acompañado de unos cuantos churros. También dejaba sobre la mesa mi paquete de cigarrillos ya abierto para que, conforme iban levantándose de la cama, incorporándose a la mesa y tomando su chocolate, pudieran echar el primer y ansiado cigarrillo del día. Me resultaba más cómodo así, porque sino la primera media hora que pasaba con ellos era un continuo: “Rafaaaa, ¿llevas un cigarrooooo?”. Tenía asumido que de una manera u otra casi media cajetilla me agotarían esa misma mañana y así me evitaba que me marearan con la continua cantinela.

Un día observé sin querer que apenas dejaba abandonada la cajetilla a su suerte, al lado de los churros, bastaba que me diera la vuelta unos instantes para que 6 ó 7 cigarrillos desaparecieran rápidamente cuando apenas había dos personas tomando chocolate en ese momento. Nunca había reparado en eso. Yo daba por hecho que todos cogerían un pitillo para acompañar el chocolate, pero así descubrí que había alguien que aprovechaba esa situación para cubrir sus necesidades de, al menos, media mañana. Poco me costó averiguar que Ricardo era el responsable, como yo ya intuía. Tiene un carácter bromista y zalamero, siempre anda contando chistes y lanzando piropos a cualquier fémina que se ponga a tiro, pero también esconde otras cualidades como la picardía, la ironía y la agudeza disimulada como un aparente despiste.

Como las advertencias que le hice sobre sus abusos no surtieron demasiado efecto decidí gastarle una pequeña broma para que aprendiera la lección. Sabía que él no se enfadaría y, como también es muy bromista, sería una manera de pagarle con su misma moneda. Me hice con unos detonantes para cigarrillos en una tienda de artículos de broma. Preparaba un par de pitillos con uno de esos pequeños petardos dentro, de tal manera que se le pudieran dar varias caladas antes de hacer explosión. Luego, dejaba la cajetilla encima de la mesa, con dos de esos cigarros-trampa sobresaliendo para que su apariencia fuera más tentadora. A él, de manera despistada y con cierta sorna, le recordaba que no abusara con el tabaco. Siempre avisaba al grupo, que nos quedábamos apurando el chocolate y la mañana, de que aquellos dos cigarrillos eran especiales para Ricardo. Luego, intencionadamente, yo desaparecía un par de minutos con la excusa de hacer una cama o ir a por algo al despacho. Inmediatamente constataba que había picado, porque en mi ausencia ya había estirado la mano y cogido el cigarrillo “cargado”. Entonces, con disimulo, yo advertía a los demás, con algún gesto o diciéndoselo solapadamente al oído que "Ricardo había picado", que disimularan, que en un instante se produciría una pequeña detonación. Y así ocurría. A los dos o tres minutos de encenderlo, mientras sus otros compañeros y yo mismo nos hacíamos los despistados, para que no sospechase nada... ¡¡Pum!! Un pequeño estallido destrozaba el extremo del pitillo, Ricardo se quedaba con cara perpleja, totalmente sorprendido y el resto de personas que compartíamos la mesa estallábamos en una carcajada general.

Así le fui gastando esta pequeña broma a intervalos, una vez cada varias semanas. Conseguía de este modo que no bajase la guardia, no tuviera la mano excesivamente larga y no abusara de la generosidad de cualquier persona que fuese por la Casa y dejase de buena fe su cajetilla encima de la mesa. Si yo observaba que volvía a las andadas, al siguiente domingo le preparaba otra encerrona y siempre caía en la misma trampa.

Un día fue especialmente divertido. Ricardo, una vez se hubo agenciado el cigarrillo (in-)correcto, se fue al baño y se encerró. Yo advertí a todos de que otra vez había picado, que estuvieran atentos, incluso algunos nos acercamos a la puerta cerrada del baño tras la que él estaba sentado “haciendo sus cosas”. De repente se escuchó un ruido seco, debido a la acústica del pequeño baño cerrado: ¡¡Plofff!! ¡Jajajajajajaja! Carcajada general. Todos imaginábamos a Ricardo sentado en el inodoro, el cigarrillo semidestrozado entre sus dedos y con cara de susto. Además desde dentro del baño se pudo escuchar: “¡Rafaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, la madrequeteparioooooooooooooooooooooooo, ya verassssssssssss cuando te cojaaaaaaaaaaaaaaa!”.

Poco a poco fui olvidándome de los detonantes y de la bromas a Ricardo. Él también fue moderando su picaresca. Además llegué a la conclusión de que, por unos o por otros, siempre resultaba “realmente arriesgado” dejar un paquete de cigarrillos abierto encima de la mesa. Indefectiblemente desparecía su contenido, en cuestión de más o menos tiempo. Al final, lo más práctico (y lo más barato) era no ser demasiado despistado a la hora de olvidar el paquete de tabaco en cualquier lado y llevarlo siempre encima.

La venganza es un plato que los gourmets prefieren frío pero resultó que Ricardo era un exquisito sibarita. Un día, meses después del incidente del baño, Ricardo, extrañamente, me ofreció un cigarrillo, mostrándome una cajetilla que tenía unos 8 ó 9. Yo, ingenuamente, cogí uno, le di las gracias y lo encendí, continuando con la tarea de servirles el desayuno. De repente: ¡¡Pum!! El susto que me di fue mayúsculo. El cigarrillo quedó casi destrozado y varios agujeritos pequeños marcaron mi camiseta de deporte de nylon. Esta vez la carcajada general fue a mi costa. Ricardo se desternillaba, por fin lo había conseguido y yo ni siquiera había sospechado. ¿Cómo iba a pensar yo que después de varios meses todavía me la tuviera jurada? Además, según me confesó él mismo, cualquiera de los cigarrillos que yo hubiese escogido tenía “premio” porque él se había encargado pacientemente de camuflar en todos y cada uno de ellos un pequeño petardo, para que así su éxito estuviese asegurado. Y vaya si lo estuvo, ¡menudo susto me llevé!

Dicen que donde las dan las toman y me temo que en este caso fue cierto. Además, creo que trato con un grupo especialmente ladino y sutil, como para no andar con ojo: ahora no fumo y creo que de todas formas me chulean el tabaco igual. Qué triste es lo mío…

viernes, 30 de abril de 2010

EL BESO

La entrada elevada del hospital ofrecía una excelente posición desde la que se podía abarcar de un vistazo todo el lateral del campo de fútbol. No sé cuando fue la primera vez que reparé en él, pero cuando volvía por aquella zona siempre lo buscaba inconscientemente con la mirada.

Casi siempre estaba al sol, protegido en alguno de los recovecos de las numerosas puertas que tiene la arquitectura exterior del estadio. Casi siempre, desde mi posición, aparentaba estar dormido, debajo de un revoltijo de mantas, ropa y cartones. No conocía su aspecto, pero sin embargo, no sé por qué, intuía que me impresionaría.

Nunca me decidía a entablar contacto con él. De hecho creo que tenía miedo a hacerlo. Si hubiera estado en otro sitio podía hacerme el encontradizo, argucia que había utilizado en otras ocasiones. Pero, tal y donde estaba, para poder hablar con él, tendría que ir aposta y despertarlo seguramente. Además no siempre estaba solo y eso hacía que yo todavía tuviera más reparos porque tampoco conocía a sus compañeros.

Por fin, una noche que acompañaba a la UMES en una de sus salidas nocturnas, tuve ocasión de relacionarme por vez primera con Luis. Esa noche tenía compañía, había dos personas más con él, que, como luego me enteraría, se dedicaban junto con Luis a aparcar coches en la zona para obtener algún dinerillo. Tampoco este primer encuentro me ofreció una idea clara de quien era, ni siquiera de cómo era. Todo el tiempo que estuve con él aquella noche, estuvo tapado con varias mantas húmedas, algún cartón y estaba bastante ebrio. Sólo pude distinguir unos ojillos vidriosos semicerrados y sus pobladas y recias barbas cuando se destapaba, estiraba su brazo para coger la botella de plástico llena de vino mezclado con coca-cola y echaba un trago. Luego volvía a taparse completamente y a contestarnos desde debajo de las mantas. Recuerdo que aquella primera noche charlamos sobre la película “Johnny cogió su fusil” de la que Luis, afectado por los vapores de aquella mezcla, hacía comentarios emocionados.

Esta primera visita fue la excusa perfecta para poder volver a hablar con él. Siempre iba con cuidado, todavía a alguno de sus compañeros no les agradaba mi presencia, e incluso en alguna ocasión se mostraron agresivos pensando que yo era un evangelista captador de almas perdidas que buscaba en Luis un nuevo adepto. Además ése era su lugar de “trabajo” y ya aprendí que hay que ir con mucho cuidado cuando te introduces en el “terreno laboral” de una persona de la calle. Con el pan no se juega. No hay pero que valga. Aún así y después de varias visitas de día y alguna otra con la UMES por la noche, fui conociendo mejor a Luis. También su apariencia, que no correspondía con la que yo había previsto. Pensé que era menudo y tal vez regordete. Todo lo contrario. Luis era muy alto, medía casi 1.90, era delgado y de movimientos pausados pero ágiles, nada torpes. Tenía una poblada barba de alambre y pelo algo largo y despeinado; en su boca apenas quedaba ningún diente sano y siempre me miraba con los ojillos entreabiertos para poder distinguirme porque necesitaba gafas de alta graduación. Poco a poco fue aceptándome.

Cuando lo conoció, Sofía, la trabajadora social del Albergue, me dijo que Luis era una persona con una gran carga emocional. Y tenía razón. Recuerdo un día que lo acompañé a urgencias del hospital, próximo a donde él dormía, por una dolencia intestinal. Mientras nos encontrábamos en los boxes del centro, esperando a que le realizaran alguna prueba complementaria, yo tuve que salir un momento a la calle para llamar por teléfono:

- Salgo un momento a la calle que aquí no hay cobertura, ¿eh Luis?
- Pero volverá ¿no, “hefe”? No me “dehe” aquí solo ¿eh? –siempre me llamaba jefe.
- Sí, sí, Luis, enseguida vuelvo, son 5 minutos.

Me encogió el alma, sorprendido por la responsabilidad que acababa de depositar en mí. Él, con su gran envergadura, con una trayectoria vital absolutamente más compleja, procelosa y difícil que la mía, se sentía ahora en ese entorno, perdido, confundido e indefenso y apelaba a mí para obtener un poco más de seguridad en ese momento. Además, Luis era huraño, e incluso arisco, de pocas palabras, por eso aquella frase, reclamando mi compañía y mi ayuda, tuvo para mí un peso específico asombroso. Así era Luis.

Meses más tarde, una mañana tenía que acercarme a la universidad. Había quedado para tomar café con una amiga. Como iba bien de tiempo, decidí bajar del autobús en la parada del campo de fútbol y saludar un momento a Luis. Luego acudiría a mi cita andando, estaba al lado. Aquella vez fue de las pocas que lo vi “trabajando”, estaba solo, entre dos coches tomando el sol. En el suelo, apoyada en un árbol, su infinita compañera: la botella de plástico medio llena de vino mezclado con coca-cola. Como le costaba distinguir a las personas, siempre que me acercaba a él, le saludaba de lejos para que supiera que era yo antes de tenerme su lado.

- ¿Qué tal Luis? ¿Tomando el Sol?
- Hola “hefe”. ¡Qué va!, aquí a ver si saco algo pa’l monistrol. – Luis llamaba así al vino.
- Qué tal todo. ¿Cómo estás? ¿te hace falta algo?
- No, no todo bien. – respondió el con su habitual deje, como resignado. – Bueno un poco jodido si que estoy, me han quitao el carné de identidá.
- ¿Y eso como ha sido? ¿Sabes quién fue?
- No, no, no tengo ni idea. Que igual lo he perdido yo, no se dónde dejé la mochila y he perdido tó. No me acuerdo. No sé… -Luis no se acordaba a veces de las cosas.
- Bueno te dejo que no quiero fastidiarte el negocio, ya me contarás, ojalá lo encuentres. Otro día vengo a visitarte, ¿no te importa, verdad? –me despedí después de un rato.
- Que va “hefe”, ven cuando quieras, tú no molestas. Hasta luego.

Yo siempre he creído que las casualidades son como llamadas de atención, algo que me dice que debo permanecer atento, nada más. No habían pasado ni 20 minutos desde que había dejado a Luis, aún estaba con mi amiga tomando café, cuando me llamaron desde el Albergue para decirme que la Policía Local había depositado la mochila y el DNI de Luis en la oficina de objetos perdidos. Inmediatamente me dije “mañana se lo llevo”. Era mucha coincidencia, demasiada para mí.

A la mañana siguiente me pasé por unas oficinas cercanas de la policía local. Allí me entregaron una mochila infantil con dibujos de “spider-man” y de reducido tamaño que contenía un poco de ropa limpia y el carné de Luis. “Curiosa mochila para Luis, no le pega nada” pensé sonriendo. Ojalá lo encontrase pronto, quería darle una grata sorpresa, si no se había ido a algún otro lado, en 5 minutos llegaría a su sitio habitual en el campo de fútbol.

No me defraudó. Estaba donde yo esperaba. Me acerqué sonriente, estaba contento de poder darle una alegría a Luis, sabía cuánto valoraba su carné, nos había costado semanas conseguirlo. Pero debo confesar que el entusiasmo con que me recibió superó todas mis expectativas:

- Hola Luis, mira lo que me han dado en objetos perdidos para ti. Ayer nada más irme me llamaron y hoy me acerqué a recogerte la mochila.
- Gracias “hefe”, gracias, muchísimas gracias de verdad –dijo todo eufórico, al tiempo que abría sus pequeños ojos como platos, me agarraba la mano, asiéndola por el pulgar y dándome, sin que yo pudiera evitarlo, un cerrado abrazo y un sonoro beso en el cuello debajo de mi oreja.

Reconozco que me quedé un poco aturdido. Él quería demostrar su agradecimiento, supongo que tampoco estaba acostumbrado a expresarse de manera tan efusiva y sincera, pero así era Luis, unas veces parco en palabras, pero otras elocuente con el corazón. Además fui testigo de cómo sonreía y expresaba abierta su mellada boca, suceso tampoco habitual en él.

Si alguien me hubiera dicho hace años que me emocionaría al recibir un beso de Luis, una persona de la calle, vestido con la misma ropa durante semanas, una barba digna de un pirata y una corpulencia que a veces asustaba, lo hubiera tildado de loco. Sin embargo me puso la carne de gallina, logró que me sintiera privilegiado por haber sido agraciado con ese espontáneo beso, demostrándome de la manera más natural, sencilla e íntegra su afecto y agradecimiento. Además tampoco pude impedirlo, pero no me importó, de hecho sirvió para que yo, que andaba con el rumbo perdido esas últimas semanas, volviera a encontrar un poco el sentido a todo. Y es que nunca dejan de sorprenderme…

viernes, 16 de abril de 2010

EN LA CAFETERÍA


Me dicen a veces que mi trabajo tiene altos niveles de frustración. Bueno, yo creo que ya me he acostumbrado a ciertas cosas y conozco los límites en los que me muevo. Si bien no niego que a veces me desespero, por otro lado sé que no se pueden pedir peras al olmo. Pero sí he descubierto que de vez en cuando me ocurren cosas que me sorprenden o son, en muchas ocasiones, curiosas.

Esa noche José Miguel no había venido a dormir, aunque era enero y hacía bastante frío. Yo estaba preocupado. En las últimas dos semanas había acudido a urgencias al menos en cinco ocasiones por caídas. Llevaba una ceja partida, una buena tajada en el codo y una herida en la parte posterior de la cabeza: Mi miedo estaba fundado. Como otras tantas veces, llamé a los hospitales para ver si estaba en alguno de ellos, pero no lograba dar con él. “Se habrá quedado dormido por ahí”, pensé. No era cosa extraña tratándose de José Miguel. En verano, suele venir a dormir sólo la mitad de los días. El fin de semana prefiere pasarlo en Casa Abierta, tiene miedo a los jóvenes que salen de fiesta, por eso generalmente de jueves a domingo duerme en el Albergue. Pero ahora estábamos en invierno y era raro el día que no acudía, al menos, a dormir.

Lo estuve buscando por las calles del centro, miré en varios cajeros que solía frecuentar y pregunté a algunas personas de la calle por si lo habían visto. Sólo Juan Manuel, un joven de Vigo que intermitentemente aparece por Zaragoza, me dijo haberlo visto la noche anterior, estaba tirado en el suelo cerca de la plaza del Pilar. Pero por allí tampoco pude encontrarlo. Yo estaba a punto de desistir, cuando recordé que también solía utilizar como cama los bancos de la plaza de Santa Engracia. Dudaba mucho encontrarlo allí, recurre a los bancos para dormir sólo en verano, pero era mi última opción antes de desistir. Así que me dirigí hacia aquel lugar. Tampoco estaba. “Bueno ya está, que sea lo que Dios quiera, ya aparecerá, aunque sea con otra herida” me dije, tirando la toalla.

Me había quedado algo frío, la temperatura era de 0º, así que decidí tomarme un cortado inmediatamente. En esa misma plaza había una cafetería, de las pocas abiertas a esas horas de la mañana, muy selecta y creo que de las más caras de Zaragoza.

Y allí estaba. Antes de entrar lo distinguí al fondo del local, inconfundible por su gorrito de mujer de color naranja chillón, sentado en una banqueta al lado de la barra, muy erguido como es característico en él y tomándose tranquilamente un café con leche.

- Buenos días José Miguel, te parecerá bonito –le dije sin darle tiempo siquiera a descubrir mi identidad.
- Buenos días Rafa –contestó él con ojos de pavor cuando me reconoció. En muchas ocasiones parece que me tiene respeto o miedo por mis reprimendas, pero al final siempre hace lo que quiere…
- ¿Cómo te has quedado durmiendo en la calle con el frío que hace? Seguro que has dormido en un cajero ¿no?
- Notenfadesrafa-rafanotenfades-notenfadesrafa-rafanotenfades-venga hombre – me contestó con ese soniquete que yo ya me conocía y describiendo pequeños círculos con su enorme cabeza.
- No me enfado, José Miguel, me preocupo. Te llevo buscando toda la mañana, he llamado a los hospitales, además mañana tenemos que ir a curar el codo. Creí que te había pasado algo, ¿no entiendes? –le solté en tono de discursito- Y resulta que te encuentro aquí tan tranquilo, en el mejor bar de Zaragoza, entenderás que me sepa malo ¿no?
- Tómate algo anda Rafa. ¡Cal-los ponle lo que quiera a Rafa que pago yo! –dijo dirigiéndose al camarero, que vestía de uniforme a rayas, casi como un mayordomo.
- Un cortado, por favor –pedí yo y susurrándole al oído le dije a José Miguel- ¡que nivel Maribel! Además conoces a los camareros, entonces es que eres cliente fijo ¿no?
- Bueno a veces vengo a desayunar, sí, me conocen –respondió mirando al suelo como avergonzado.
- Bueno venga, vamos a dejarlo, no quiero enfadarme ahora, –yo notaba que los camareros y algunos de los clientes me miraban extrañados.- Pero sobre todo esta noche baja sin falta a dormir al Albergue, que le toca de voluntario a Ángel el camionero, ¿vale? Además mañana tengo que ponerte guapo para pasar a que la enfermera te mire ese codo.
- Rafa, te voy a pedir un favor… déjame dormir esta noche también en la calle andaaa… -me musitó, como un niño bueno.
- Ni se te ocurra, por favor, José Miguel, no entiendes que estuvimos bajo cero esta noche y que vas lleno de golpes, necesitas dormir. Baja sin falta a Casa Abierta hoy ¿eh? Prométemelo.
- Vaaaaaale – contestó el resignado. Aunque tanto él como yo sabíamos que al final haría lo que le diera la gana o el nivel de alcohol en sangre le permitiera…
- Venga hasta mañana –apuré mi café y salí del bar.

Bueno aunque me enfadé un poco con José Miguel, al menos me invitó a un cortado, cosa rara en él, es un poco tacaño. También comprobé que esa noche no se había caído y se encontraba más o menos bien. Lo que pudiera ocurrir la noche siguiente ya sería cosa del destino, hasta que un día nos dé un susto de verdad. Pero mientras, aprendí una cosa, que cuando menos los busco, más los encuentro y nunca dejan de sorprenderme…

miércoles, 31 de marzo de 2010

LA CAJA

Primitivo no permitía separarse de aquella caja llena de papeles viejos. De entre todo lo que trajo consigo el primer día, aquel embalaje era su más preciado tesoro. No era para menos. Había pasado más de 30 años en la calle conservándola con celo, no se iba a desprender de su contenido ahora y, mucho menos, dárselo a unos extraños. Dentro estaba parte de su vida y de su pasado. Además fue de lo poco que pudo conservar de todo lo que había portado durante esos años vividos a la intemperie. Nunca supimos que ocurrió con sus perros, ni con sus carros llenos de cachivaches, los cascos de moto, la radio…

Como pude le convencí para traspasar todas sus pertenencias a una pequeña maleta roja con ruedas y asa extraíble que desde el Albergue le habían regalado. Se trataba principalmente de ropa, algún bolígrafo, varios cubiertos, la cartilla del banco y aquella valiosa caja.

Una tarde, sorprendentemente, Primitivo accedió a mi petición de ver lo que contenía. Así que, cual arqueólogo celoso de no dañar nada de lo que tocase, me coloqué unos guantes de látex y me dispuse con él a revisar su contenido. Encerraba multitud de papeles. El documento más significativo que incluía era un carné de identidad muy antiguo, con un contorno dibujado en azul y cuyo tamaño me pareció desmesurado. Llevaba bastantes años caducado. Aparecía su foto con aspecto mucho más joven y gafas, era apenas reconocible. Realmente era el único vestigio válido que hallé. El resto eran resguardos antiquísimos de cotizaciones a la seguridad social, varios recibos, algún documento de desempleo ya obsoleto y, como en un intento de no perder jamás su identidad, numerosas fotocopias de su partida de bautismo. Poco pude averiguar sobre su vida antes de estar en la calle, únicamente que había vivido en Barcelona y que una de sus ocupaciones fue de administrativo.

A partir de aquel día siempre iba a todas partes arrastrando tras de sí la pequeña maleta con ruedas. No se separaba de ella. Era fácil verle por el patio y el entorno del Albergue, con su figura encorvada, siempre mirando al suelo, cojeando ligeramente, un gorrito de lana cubriendo su cabeza y vistiendo un abrigo oscuro y desgastado.

Unas semanas más tarde se volvió necesario tramitar su tarjeta sanitaria, su débil estado de salud amenazaba con darnos algún susto cualquier día. Pero para ello necesitábamos saber con seguridad cual era su número de afiliación. Conocíamos uno, pero había que acudir con Primitivo a las oficinas de la seguridad social para verificarlo. No podíamos demorarlo más, teníamos que desplazarnos a realizar esa gestión. Él accedió temeroso ante la posibilidad de perder su pequeña paga ya que, para él, las palabras seguridad social eran sinónimo de pensión más que de una cuestión médica.

Una fría mañana tomamos un taxi. Primitivo iba sentado a mi lado con el gorro graciosamente encasquetado, cubriéndole incluso las cejas, llevaba su habitual abrigo oscuro, ya algo sucio, completamente abotonado, una bufanda y la pequeña maleta roja sobre sus rodillas, bien asida con ambas manos. Se le notaba tenso, me hacía repetidas preguntas nerviosas sobre dónde íbamos y a qué. Yo procuraba calmarlo, pero él, en los inevitables e incómodos silencios del trayecto, mostraba su inquietud con un sonoro chirriar de dientes. Una vez en las oficinas y, siempre intentando tranquilizarle y hacerle lo más leve posible todo el proceso, le dije que permaneciera en un banco que había a la entrada y me esperara allí. Yo me encargaría de todo. Primitivo se quedó sentado con la maletita en el regazo, agarrada firmemente con ambas manos y la mirada perdida hacia el suelo.

Justo al lado del banco estaba la recepción. Detrás del mostrador, había dos funcionarias y dos personas de seguridad. Enfrente había dispuestas simétricamente unas 30 ó 40 mesas de oficina, sin ningún tipo de separación, cada una con un número en un cartel bien visible, un funcionario atendiendo en cada una delante de un ordenador y todas llenas de diversos montones de documentación e impresos. Estaban todos muy atareados y el flujo de personas atendidas era importante.

Yo, según me indicó una de las chicas de información, tenía que coger número allí mismo y acceder a otra parte de la tesorería para que solucionaran mi problema, tras pasar por un pequeño pasillo, al fondo a la izquierda. Me acerqué a Primitivo para tranquilizarle y le dije que me esperara allí sin moverse, que enseguida volvía. Me iba a perder de vista durante un rato y yo temía que se asustara y se fuera.

No creo que tardara más de media hora, porque si bien el ritmo al que atendían en la sección que me habían indicado era muy fluido, surgió un pequeño problema. Hubo un momento en que Primitivo, por peripecias puramente administrativas, tuvo 3 números de la seguridad social. Irónicamente, una persona que creíamos jamás había accedido al servicio de salud, estaba sobre-registrada. Al menos no me habían preguntado si se trataba de un bebé, como en alguna otra ocasión me ha sucedido. El caso es que al final obtuve el certificado que andaba buscando y, efectivamente, su número de filiación correspondía con el que ya teníamos. “Una cosa menos”, me dije, y me dirigí hacia la salida a buscar a Primitivo contento de no haber tenido que agobiarle, moviéndolo de aquí para allá.

Estaba donde lo dejé al llegar, en el mismo banco y en la misma posición. Hubiera jurado que no se había movido ni un milímetro. Pero algo me dijo que no era así. Tanto las funcionarias que había tras la recepción de la entrada como los que atendían en las mesas situadas enfrente esbozaban una leve sonrisa. Algo había ocurrido. Seguro. Me acerqué y le dije: “ya está todo arreglado podemos irnos ¿Ve usted qué rápido ha sido?”. Él me miró sin inmutarse y nos dispusimos a salir.

Pero me mataba la curiosidad. Me volví otra vez para el mostrador y le pregunté a la chica que allí había: “Oye, ¿ha habido algún problema, sucedió algo?”. Ella se rió y me contó:

En mi ausencia, Primitivo se había acercado al mostrador donde ella se encontraba con su pequeña maleta. La había abierto y sacado su personal caja de papeles. Desdobló todos sus preciados documentos y, uno por uno, los fue poniendo consecutivamente a lo largo de todo el mostrador, haciéndole saber que él tenía todo en regla y expresando su temor por perder su pequeña paga. Les había explicado qué era cada papel y les contó que él era muy cuidadoso con todo lo referente al papeleo. Tenía miedo. Quería evitar cualquier posibilidad de que le pusieran trabas. La chica me contó cómo entendieron perfectamente la situación y la simpatía que les había provocado. Tras tranquilizarle y decirle que me esperara, que yo me estaba ocupando de eso, volvió a recoger otra vez todos y cada uno de sus valiosos papeles. Los dobló de nuevo y los metió en su caja, ésta en su maletita roja y se volvió a sentar y adoptar su postura inmóvil, mirando al suelo.

Primitivo había conseguido en un momento algo realmente difícil para cualquiera de nosotros: llenar de humanidad y espontaneidad unas frías oficinas de la seguridad social durante unos minutos y hacerse visible, hacerse oír. Resulta sorprendente cómo, una persona que no se había relacionado apenas con nadie en las 3 últimas décadas, que rechazaba casi siempre cualquier contacto directo, demostró unas cualidades admirables para comunicar y hacer atender su requerimiento en uno de los entornos que, para cualquier otro ciudadano que tenemos que solventar algún trámite administrativo, nos resulta realmente muy complicado.

Cuando salíamos por la puerta, Primitivo se volvió y levantando una mano exclamó: “Adiós buenos días”. Tanto las personas de recepción, como varias de las mesas respondieron amablemente, casi al unísono: “Adiós, Primitivo, buenos días”.

Qué lastima que no pude ser testigo del momento, pero creo que si yo hubiera estado no se hubiera producido, así que… mejor que no estuve.

lunes, 15 de marzo de 2010

YO NO ESTOY LOCO


No creía yo que Jesús consintiera venir al médico conmigo. Por la mañana, le entregué ropa limpia para que se cambiara y, como casi siempre, accedió remoloneando. Prefiero que las visitas al médico, cuando tengo que acompañarlos, sean a primera hora, así no les doy tiempo a pensárselo, a veces ni a despertarse del todo, es más difícil que se escaqueen. Pero esta vez la cita la teníamos a las 12.30 de la mañana y no confiaba yo en que Jesús apareciera.

- A las doce te espero en el patio del Albergue ¿eh, Jesús? ¿Seguro que te acordarás?
- Que sí, pesao, que voy a echarme un café y luego vengo.
"Sí, sí un café", pensaba yo para mí, "amarillo, en vaso de tubo y con espuma... en fin".

Nunca deja de sorprenderme que ellos me hagan caso a lo que les pido, por eso cuando a las 11.30 apareció por las escaleras de la entrada, con las manos en la espalda, como un niño bueno y sonriendo, me alegré de verlo.
Enseguida comprobé que los cafés que se había tomado desde que lo dejé habían sido pocos y las cañas... varias. Pero bueno, tampoco su estado era tan deplorable como para desechar la visita, para mí era fundamental aquel trámite. En peor estado he llevado a otros al médico. En comparación, hoy podría decir que iba razonablemente "contento". El siguiente detalle del que me di cuenta fue que en su bolsillo derecho llevaba algo que parecía ser pesado puesto que le estiraba el anorak en ese lado. Inmediatamente caí en la cuenta de lo que era y una mirada rápida y disimulada me lo confirmó: una lata de cerveza.

-¿Vamos bien provistos eh? -le ironicé.
- Joder que sólo es una lata, Rafa.
- Ya, pero tú crees que está bien ir con ella al médico, ¿y si te la ve?
- Tú tranquilo que no la verá y venga vamos para la consulta -rápidamente cambió de tema.

Bueno al menos hoy sólo llevaba "apalacancada" una, tampoco creí que fuera el momento para discutir el tema de la lata. Más me preocupaba cómo nos iba a ir con el médico, porque según el que nos tocara, todo nuestro trabajo resultaría inútil. En 5 minutos ya estábamos sentados en la sala de espera, sección psiquiatría, del centro de salud.
Jesús, entre el calorcillo que allí hacía y lo que llevaba ya en el cuerpo, se quedó adormilado. Estábamos solos, faltaban todavía 45 minutos para que la enfermera nos atendiera, porque era la primera visita. Poco a poco se fueron sentando más personas con nosotros, ocupando otros asientos en la sala. A todos ellos se les notaba un "nosequé" que ratificaba que no me había equivocado de sección y estaba en Salud Mental. Todos estaban en silencio y tan sólo una señora nos preguntó por la enfermera.
De repente sin avisar, con su voz ronca, cierta sorna y rompiendo bruscamente el silencio de la estancia, Jesús me lanza:

- Rafa, ¡Yo no estoy loco!
- Joder, que susto Jesús... Ya sé que no estás loco y por favor baja la voz que no estamos solos.
- Entonces, si no estoy loco, ¿qué hacemos en psiquiatría?
- Ya te lo expliqué ayer, es un trámite. Nos mandó el médico de cabecera, no te acuerdas de las cosas y es sólo para que te conozca.
- Aaaah, vale, vale.

A los diez minutos, justo el tiempo necesario para que yo me despistara y me olvidara de dónde y con quién estaba, otro susto:

- ¡Te digo que no estoy loco, Rafa!
- Shhhhhh, me vas a matar de un infarto hoy ¿eh? Que ya sé que no estás loco, nadie lo ha dicho, venimos sólo para que te abran un expediente, nada más y por favor no grites que estamos dando el cante.
- Aaaah, vale, vale.

Otra vez volvió el silencio y la enfermera sin aparecer, bueno aún faltaba un rato. El último en llegar era un chico joven, que vestía una sudadera con gorro, de color gris, andaba arrastrando ligeramente los pies. Se le notaba inquieto. Leyó el letrero que había en una de las puertas de la sala y volvió a salir por donde había entrado. Al rato volvió, visiblemente alterado: su médico no pasaba hoy consulta. De repente, otra vez sin avisar y otra vez resonando en la sala, la voz de Jesús:

- ¡Ése si que está colgao, Rafa, y no yo!
- Jesús, ¿tú quieres que salgamos a tortas de aquí hoy o qué? -le susurré nervioso al oido, muy enfadado.

Afortunadamente en ese mismo momento se abrió otra puerta de la sala y apareció un médico. El joven estuvo más interesado en asaltarle a él para conseguir sus recetas que en replicar el comentario que había hecho Jesús, de hecho creo que ni se percató. "Menos mal, uf", yo respiré aliviado.
La enfermera apareció por fin. La gente iba entrando a las consultas. "Bueno, al menos hay movimiento" -pensé. "A ver si acabamos pronto". Pero, de nuevo, el soporcillo, el silencio y la espera. Al rato, entraron a la sala una madre y su hijo, ambos de etnia gitana. La madre vestía completamente de negro, falda larga, delantal y moño. El hijo era muy alto y corpulento, los hombros echados para adelante, los brazos caídos, tenía oscuras ojeras y llevaba una caja de inyectables agarrada despistadamente en su mano derecha. "Menos mal que estamos donde estamos, me lo encuentro a este por la noche en la calle Arcadas y me cago por la pata abajo, uf" - teorizaba yo para mí mismo. De nuevo me había olvidado de Jesús y de nuevo sin avisar, lanza otra perla, señalando con la cabeza al recién llegado:

- ¡Mira, ése si que está colgao de verdad, Rafa, y no yo!
- Jesús ¿tú lo que quieres es que hoy nos linchen aquí, no? Quieres bajar la voz por favor -le dije muy serio al oído, esta vez sí que realmente me inquieté. Seguramente se le había escuchado. ¿Cómo no? con esa voz ronca y seca, claro que sí. La madre nos lanzó una mirada de reprobación a la vez que se acercó a decirle algo al oído a su hijo.

La suerte quiso que en ese momento se abriera la puerta de la consulta de enfermería y oyera aliviado cómo desde dentro decían el nombre de Jesús. La campana nos había salvado. No quería quedarme allí para ver cómo reaccionaban al comentario vertido alegremente por Jesús. Me levanté rápidamente y juntos pasamos a la consulta. Al salir, creo que la madre y su hijo no estaban, pero tampoco me fijé demasiado ya que intenté pasar lo más rápido posible por la sala, no fuera que a Jesús se le ocurriera disparar alguna graciosa despedida.
Luego, en admisión, al concertar la siguiente cita le dije a la chica que estaba tras el ordenador:

- El día me da igual pero por favor, démela a primerísima hora, a las 8 si puede ser.
- Pero, ¿por qué tan pronto? - me preguntó escamada.
- Ah no, por nada, me advirtió el médico que sobre todo viniera "sin desayunar"...