lunes, 13 de junio de 2011

LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE HENRYK



Como me suele suceder en muchas ocasiones, nunca me decidía a entablar una primera conversación con Henryk. Aparte de mi habitual precaución antes de conocer a una persona sin hogar, en este caso había más elementos que me impedían iniciar un contacto en la calle con él. Periódicamente me lo encontraba muy bebido por el Arco del Deán, ya a tempranas horas de la mañana. Muchas veces tenía la cara llena de heridas producto de sus borracheras diarias. Su amplia barba y pelo despeinados, su corpulencia de oso y verle en ocasiones semidesnudo vistiendo parte de un pijama de hospital, realmente me impresionaban. Máxime cuando siempre iba alborotando frases ininteligibles en polaco acompañadas de extraños gestos al aire. Algunos días incluso increpaba a los viandantes de la plaza de la Seo, tambaleándose y guardando el equilibrio a duras penas. Ni siquiera que yo conociera a su grupo de compañeros, también del este, con los que compartía cartón de vino matutino, hacía que me sintiera con ánimos de intentar acercarme a él y conocer algo más de Henryk.

Me volví a encontrar con Henryk de nuevo semanas más tarde pero esta vez en una situación muy distinta. Estaba ingresado en el Hospital Provincial, seguramente para recuperarse de las consecuencias de alguna de sus habituales caídas. Compartía habitación con otra persona de la calle. A mi me sonaba su compañero, pero yo no caía quién era. A veces me ocurre que conozco las caras pero son tantas las personas de la calle con las que he tenido trato que me resulta difícil saber quién son en realidad. En este caso la solución era fácil. Estábamos en un Hospital, así que llevaba una cinta identificativa atada a su muñeca. Tras perdirle permiso, leí su nombre: “Jesús G. S. ¡Joder, pero si tu estabas muerto!” Me salió sin pensar. Se trataba de un antiguo inquilino de Casa Abierta, del cual habíamos perdido toda referencia y al que la gente de la calle daba por fallecido. De ahí mi gran sorpresa al identificarlo y comprobar, ahora mirándole con otros ojos y reconociéndolo, que era él, uno de los primeros ocupantes de Casa Abierta, y tal vez el que más me impactó cuando empecé mi labor allí.

Pasado este pequeño suceso, aproveché para ver si podía conocer algo más de Henryk, que, sentado en cuclillas sobre su cama y con cara de divertido, había observado mi gran metedura de pata con su compañero. No fue fácil entenderme con él. No hablaba nada de español y solo nos comunicábamos por gestos. Hubo un momento en el que hacía ademán como utilizando una guadaña con la que segara un campo imaginario de alfalfa, al tiempo que repetía: “!Pracy, pracy!”. Al principio no lo entendía, pero enseguida caí: “¿Trabajo? ¿Eso es lo que necesitas, verdad?” El asentía y repetía el mismo gesto y la misma expresión “¡Pracy, pracy!” contento de que al final hubiera entendido sus efusivos movimientos y expresiones en polaco. Después de haber estado un rato hablando con los dos, me despedí. Primero me disculpé con Jesús por mi grave falta de tacto. “No importa, no importa” decía él con ese personal gesto de desgana que todavía conserva. Por su parte, Henryk se despidió de mí con un efusivo apretón de manos y regalándome una amplia sonrisa. Yo abandoné doblemente contento el hospital. Por un lado había vuelto a encontrarme con Jesús, una persona que creía que lamentablemente había fallecido. Por otro, había conseguido quitarme la espinita de hablar, o más bien hacerme entender mínimamente con Henryk, a quién conocía desde hacía meses y con quien nunca me había atrevido a conversar.

Semanas más tarde, volví a encontrarme con Henryk. Se encontraba como casi siempre al lado de la marquesina de la plaza de la Seo, no iba muy borracho, pero sí que se había separado un poco de su grupo de compañeros que muy tranquilos estaban sentados en la marquesina, bebiendo. Él cantaba alegremente alguna canción de su país. Puesto que en mi visita al hospital había tenido oportunidad de conocer su nombre verdadero impreso en aquella cinta de su muñeca y ya sin miedo, al comprobar la campechanería y la simpatía con la que me trató en aquella ocasión, me atreví a llamarlo desde unos metros de distancia. Alzando mi mano, sonriendo y gritando su nombre y apellido, intenté llamar su atención: “¡Henryk, Henryk! ¡Henryk Klimek!”

A él le cambió repentinamente la cara. Pasó de estar cantando feliz a poner un semblante serio y aparentemente frío y se dirigió rápido hacia mí. Confieso que al principio me asusté, pero no tenía motivo. Él me agarro firmemente mis manos y entre sollozos comenzó a repetir incesantemente su nombre y apellido y darme las gracias sin parar y sin dejar de apretarlas y acariciarlas en señal de agradecimiento. Era increíble como mostraba su gratitud. Solo por el hecho de haberle llamado por su nombre y apellidos, suceso que entonces comprendí hacía bastante tiempo que no le había sucedido. Ahora, al sentirse identificado por su nombre de toda la vida, al volver a oír su apellido que no había sido pronunciado desde hacía mucho, entre lágrimas de emoción intentaba compensarme por haberle devuelto un poquito de su identidad: la que le proporcionaba su apellido polaco.

Me pareció muy doloroso entender que muchas personas que viven en la calle pierden, no sólo sus pertenencias materiales y sus relaciones familiares sino su misma identidad, su misma percepción, su propia consciencia, su propio apellido. Me sentí sinceramente impotente y torpe al haber estado manejando, sin saberlo, un elemento de importancia vital para esta persona: su nombre propio y su apellido. A partir de aquel día siempre procuro conocer al menos el nombre y si puedo algún apellido cuando me encuentro con una persona nueva de la calle. Y, cuando vuelvo a coincidir, me acuerdo de Henryk y procuro llamarlo en tono amable por sus apelativos personales. Tal vez es lo poco que yo le pueda dar, pero por lo menos quiero que sepa que yo sé quién es realmente, que para mí no es una persona más de la calle.

Radio Macuto me dijo que la policía se llevó a Henryk a Tudela para que dejara de molestar por las calles del centro. No sé si será verdad. Lo cierto es que no he vuelto a verlo desde hace mucho. Cualquier día me doy una vuelta por esa ciudad a ver si me lo encuentro gritando por las calles del centro para, simplemente, volver a llamarlo y decirle: “Hola, Henryk Klimek ¿Qué tal estás?”

lunes, 30 de mayo de 2011

EL MALDITO CARIÑENA










¿Dónde estoy? ¿Qué día es hoy? ¿Dónde dejé anoche el vino? Seguro que guardé algo para hoy, ¡seguro!, ¡algo quedaría! ¿Qué voy a hacer si no? No está Ernesto, se ha ido. El muy capullo, seguro que ya se está buscando la vida para comprarse algo para desayunar. Y no me ha esperado, ayer sí que se juntaba conmigo ¡claro, como yo tenía dos cartones! A ver ahora cómo me levanto yo, no puedo moverme, me duele todo. Mi cabeza parece que vaya a estallar, maldita ansiedad, no la soporto. Y estos putos temblores… no puedo ni siquiera encender un cigarro ¿Por qué no me guardaría algo de vino por ahí entre los setos? Seguro que si miro bien lo encuentro, ¡algo tiene que haber!

Al menos aquí en el parque nadie me ve cómo me levanto y ya hace días que no me roban los cartones y las mantas, mientras no llueva y se me jodan… ¿Qué pasaría anoche? Tengo todo el pecho lleno de moratones y un labio partido. Seguro que me caí de bruces por ahí. No recuerdo nada. No creo que me pegaran, nunca me meto con nadie. Pero caerme… ¡anda que no me he caído veces! Aún me duele la brecha que me hice en la cabeza aquella noche de tormenta que se fue la luz justo cuando bajaba las escaleras del parque. No se pueden hacer mezclas con el trankimazin, porque luego pasa lo que pasa. Mira que di vueltas y vueltas, no sé como no me maté al darme con la barandilla. Pero tengo la cabeza dura. Ernesto entonces sí que se portó bien, me cuidó durante dos días, tumbado entre los setos, tapado con la manta, con un parche de vino en la cabeza, para desinfectar…

Tengo que beber algo. No aguanto más. He contado las monedas que me quedaban en el bolsillo. Si sumo los céntimos me llega justo para dos cartones. De momento, no necesito más, luego ya veré. Ahora lo que tengo que hacer es ir al súper. No sé si tendré fuerzas para llegar allí. Si estuviera Ernesto iría él. Me ha dejado tirado hoy. Pues un cartón lo pienso esconder y no le diré nada, que se joda…

Me voy a ir mejor a la tienda de ultramarinos, allí también tienen vino y está más cerca. Aunque al tío de la tienda le molesta que le vaya solo con monedas pequeñas, pero siempre le pago, ¡siempre! El día que tenga para comprarme una botella de ginebra se va a enterar. ¡Uf, ginebra! Qué bien me vendría ahora para el estómago y no este maldito vino barato que no hace más que joderme las tripas.

Tengo mucho miedo. Me parece que todos me miran mal. Pero no voy tan sucio, sólo la barba y la cara roja. Me duché anteayer en el Albergue. Esta ropa me tiene que durar dos semanas por lo menos y aún tengo dos calzoncillos en la mochila, casi para un mes… “Sí, déme dos cartones de rosado, del barato, gracias”. Ya lo tengo en la mochila, luego rellenaré la botellita de agua para disimular más. Que no se vea. ¡Qué vergüenza si me viera alguien! Un día me encontré con Miguel, mi amigo de cuando éramos críos. No me dijo nada, pero su mirada lo decía todo. ¡Yo no tengo la culpa! ¡Qué más quisiera yo que no tener que beber y estar mejor de lo que estoy! ¡Claro que sé que tengo que dejar de beber! ¡Vaya novedad! Ya lo hice, menudo delírium que pillé. Estuve tres días debajo de la cama creyendo que me querían matar, viendo búhos, serpientes y escolopendras en procesión. Pero lo peor fueron los reproches, que “fíjate tú cómo has acabado”, que “¿cómo no te da vergüenza?”. Pues claro que me da vergüenza, mucha, pero yo sólo no puedo, no pude, me tuve que tirar al monte otra vez. Sólo aquella asistenta, Clara, era la única que me escuchaba y me creía: “Imagino que sufres mucho Juan Carlos” me decía… “Sé que vives un infierno”.



Voy a beberme sólo un cartón de momento. Luego tengo que buscar un sitio para hacer de vientre cerca. Lo tengo cronometrado, en una hora, el vino tal y como ha entrado sale disparado, dejándome completamente vacías las tripas. No puedo hacérmelo encima, ¡eso nunca, no lo soporto! Voy a bebérmelo despacio. Sólo diez tragos esta vez: uno, dos, tres, cuatro, cinco… Ya tengo el pulso mejor, ya puedo rellenar la botella de agua, pero primero otros diez tragos: uno, dos tres, cuatro… Menos mal que me voy calmando un poco.

En cuanto acabe con este cartón me pondré a pedir algo, ahora no tengo valor, no soporto esas miradas cuando me dan una miseria. Y encima me cascan que no me lo gaste en bebida. Ya les diría yo: “pero señora si no bebo es que no me puedo ni levantar, ¿qué se cree?”. No. Mejor me callo, que si no igual no me dan nada y por la tarde tendré que comprarme por lo menos 3 cartones más y comer algo, aunque sea media baguette. Igual Ernesto también ha conseguido algo. Si no aparece seguro que tiene para pasar el día, como para esperarle a ver qué trae.

No quiero ir al comedor. La comida es buena, pero no soporto estar allí, no quiero acabar como ellos, yo no soy como ellos, lo mío es distinto, me lo dijo la asistenta, mi problema es que estoy solo. Claro que mi chica se fue, ¡cómo no se iba a ir!, no había quién me aguantara, a mí y a mis borracheras. Pero yo ya le había advertido: “mira que esto va para peor, mejor será que te vayas” Al final claro que se fue, ¡cómo no se iba a ir!, en el peor momento, cuando más la necesitaba. Pero a ver, yo solo ¿cómo salgo de esto?

Creo que debo ir algo borracho ya: me he tropezado dos veces camino del parque. Voy a sentarme un rato en aquel banco, aun puedo beberme toda una botellita llena de vino, lo justo para darme ánimos y tumbarme toda la tarde a dormir. “Hola chavalín, ¿cómo te llamas?” Qué majico el crío, aunque al padre no le ha gustado nada que el chiquillo me sonriera, será capullo. Lo que daría yo por tener su vida. Pero ya todo me da igual…

Todos los días me pasa lo mismo. Por la mañana, cuando me levanto quiero morirme y por la tarde, a estas horas, cuando el vino, el maldito cariñena, ya ha hecho su efecto, todo me da igual: morirme o vivir; mañana o pasado mañana; que me miren con reproches o que me ignoren; cagarme encima o ir limpio; que ella se fuera, tener que pedir con mentiras para matar la ansiedad, estar solo, estar con Ernesto... Nada importa. Sólo que todavía me queda un cartón de vino y que me mantengo en pie. Lo demás ya iré viendo cómo lo soluciono.

Maldito cariñena”, ¡jajaja! Ya no me acordaba que así lo llamaba mi tío Enrique, que tanto me quería y que sí me entendía. ¡Vaya que si me entendía!: “A ti lo que te pasa es que tienes el alma enferma, Juan Carlos, muy enferma, lo demás es fácil”…

viernes, 28 de enero de 2011

A LA CIUDAD LE FALTA ALGO

A la ciudad le falta algo. Lo he notado. Y no soy el único. María Pilar, Juan Carlos, Elías, también me lo dicen. Desde hace unas semanas, cuando paseo por el centro de Zaragoza, siento su ausencia. Me fastidia reconocerlo, pero es así. Ya no puedo encontrármelo en uno de esos bancos donde habitualmente se sentaba a leer su periódico deportivo o a tomar el sol. Formaba parte de la ciudad, de su esencia, de su alma, de su cuerpo. Ahora lo sé. Ahora que no me lo encuentro, ahora que lo echo de menos… tanto.

Me daba fuerzas para salir, para buscar a otros, para entablar primeros contactos con semejantes a él. Porque tal vez me lo encontrara esa tarde. Porque siempre podía hablar con él. Reírnos juntos, pasar largos ratos hablando de todo y de nada. Siempre me preguntaba por mis padres, por mis hermanos, por mis canas. Siempre me llamaba por otro nombre, pero ponía el mismo cariño al utilizarlo que si fuera el mío. Eso es lo de menos.

Fui un privilegiado por conocerlo. Al principio me costó acercarme a él. Me daba recelo su aspecto. Luego, desde la primera vez que me senté a su lado, comprendí que no había por qué. Que era especial. Un perro muy viejo, muy listo. Pero tan cariñoso además. De vez en cuando dejaba que lo duchara en el Albergue. Y nos reíamos tanto… Viendo cómo sus calcetines se mantenían de pie por la mugre. Frotándose con un estropajo como esponja, pero sin parar de reírnos. Luego posaba muy digno y espigado para que le sacara una foto, todo orgulloso. “¿A que estoy guapo, Jose?

Claro que bebía cerveza, pero sin abusar. También refrescos. Fumaba colillas cuando no había otra cosa. Tenía especial devoción por el café con leche. Muchas veces me invitó a uno. Y pasión por los mecheros, varios puñados llenaban sus incontables bolsillos.

Era lisonjero y pícaro. Tenía esa gracia natural que tienen las personas sin armadura, sin falsas intenciones, sin maldad. Y no es lo normal para un alma que llevaba decenas de años errando por las calles. Sin sitio fijo para dormir. En cualquier rincón. Siempre acostado sobre su lado derecho, acurrucado, sin mantas, sin nada que le hiciera de almohada.

Era simpático, afable. Por eso tenía tantos amigos. Gente de la calle: muchos. También gente de la ciudad: incluso más. Y seguro que todos lo echan de menos. Tal vez todavía no lo saben, pero seguro que lo notarán.

Ya no podremos verlo con su gorrito de Papa Noel y su bufanda del Atleti, para ir a juego. O con aquel sombrerito de mujer que le hacía un palmo más alto y un abrigo de piel, también de mujer, también a juego. Nunca se sintió mal por su aspecto. Al revés, siempre ufano, presumía cuando le preguntaba por su última vestimenta que algún amigo le había facilitado. Justo lo necesario para otros meses más. Eso no importaba…

Me equivoqué. Pensé que aguantaría varios años más en la calle. Que aún quedaba tiempo para que quisiera salir y ocupar esa cama que muchas veces le ofrecí. Pensé que un año más no sería demasiado, que este invierno tampoco era mucho más frío que tantos otros que había soportado. Pero me equivoqué. Uno más sí fue excesivo. Uno más que ya no aguantó. Y me duele, todavía no lo entiendo, no lo acepto, no me resigno.

No pude despedirme de él. Lo andaba buscando, pero cuando lo encontré ya era tarde. Falleció el día 21 de enero de una neumonía y se llamaba Toñete. Que lo sepa la ciudad, que se entere…

viernes, 31 de diciembre de 2010

LA CÁRCEL


Hubo un tiempo en que coincidíamos a desayunar en el mismo bar. Venancio solía acudir allí, no porque le quedara cerca de donde dormía, sino por que conocía a su dueño, Raschid, desde hacía muchos años. Además, según él, era mucho más barato que otros bares. Quizá por economía o tal vez por encontrarse a gusto en un sitio donde era conocido y apreciado, todas las mañanas se daba una buena caminata. Cargaba con su enorme y pesada bolsa de deporte al hombro, desde el escondido e inconfesable rincón de la ciudad que le daba cobijo cada noche hasta nuestro lugar de encuentro matinal. Jamás supe con certeza qué ubicación concreta de la calle utilizaba como dormitorio. Era el mismo sitio desde hacía muchos años. Venancio nunca me lo especificó y yo tampoco quise averiguar más. Sentía que no quería revelarlo y yo lo respetaba.

Para mí, ese bar era el más cercano a la parada donde todas las mañanas cogía el autobús para bajar al Albergue. Venancio siempre pedía un carajillo de coñac para deshacerse del frío de la noche. Yo me tomaba un cortado para diluir mi habitual embotamiento de las primeras horas del día. Un día pagaba él. Al día siguiente pagaba yo. Apenas nos daba tiempo a mantener una conversación decente. Yo siempre salía de casa con el tiempo justo para tomarme ese café en compañía de Venancio y que no se me escapase el autobús de las 7.35.

Algunas mañanas, Venancio me contaba alguna pequeña historia. En ocasiones, algún suceso reciente referente a otras personas de la calle. Otros días, me obsequiaba detallándome trances que él mismo había vivido. Venancio era sobrio con las palabras, me explicaba las cosas como quitándoles importancia y nunca hablaba por hablar. Transmitía tranquilidad con sus maneras, con su tono, con ese modo que tiene de expresarse mirando al infinito, sin tan siquiera sugerir con un leve gesto ningún afecto con lo que estaba relatando. Siempre hablábamos entre prisas, entre el ir y venir de gente, normalmente sentados en la barra, al lado de la puerta de ese bar, que no dejaba de abrirse y cerrarse.

Así, un buen día, me confesó que había estado muchos años en la cárcel, que había matado a dos… ¡Y yo apenas si me di cuenta de la magnitud que tenía lo que Venancio me había confiado de esa manera tan espontánea! Quizá fue por esa aparente despreocupación con la que se comunica o tal vez porque mis interlocutores de la calle y sus historias son un privilegio del que no siempre soy consciente. No lo sé…

Lo cierto es que enseguida comprendí mi gran error y quise subsanarlo. Necesitaba conocer la historia completa. Pero ya no tenía la suerte de desayunar con él cada mañana. Su amigo Raschid traspasó el bar a unos chinos cuando se jubiló. Venancio ya no tenía interés en darse cada día un largo paseo para nada. Así que cuando me juntaba con él, en las duchas del Albergue o a la puerta del Comedor de la Parroquia del Carmen, le decía que teníamos pendiente tomar un café, que me gustaría hablar con él con calma. No quería presionarle ni mencionar para nada aquel trascendental y secreto episodio. Creí mejor dejar que fuera el azar quien nos volviera a juntar para conversar tranquilamente que imponer de ninguna manera un relato precipitado, forzado e incómodo, en mitad de la calle o en el patio del Albergue. Además tenía que ser él quien decidiera contarlo. No me sentía yo capaz de pedirle que me dijera cómo y porqué había ocurrido aquella fatal experiencia.

Pasaron muchos meses hasta que coincidimos bajando las escaleras del Albergue un frío sábado de invierno. Yo me iba a dar una vuelta por la ciudad a ver si encontraba a Miguelete, lo andaba buscando hacía días. Él, según me dijo, se subía a la Parroquia a saludar a sus amigos y pasar un rato con ellos. Ahora estaba alojado en el Albergue y también comía allí, pero muchos días por la mañana se acercaba a pasar un rato con sus habituales compañeros del comedor.

- Tenemos un café pendiente –le recordé, viendo que el momento podía ser el adecuado. Llevábamos la misma dirección y yo tenia la mañana sin prisas.

- Me tendrás que invitar tú, Rafa, porque yo estoy “indigente” –contestó con su habitual tranquilidad, sonriendo y señalando con un gesto de sus manos sus bolsillos vacíos. Tanto él como yo sabíamos el significado de irnos juntos a tomar ese café. Yo tenía ganas de escuchar su historia y él de contármela. Siempre supo que detrás de mi intención de tomar un café y charlar con él estaba mi deseo de conocer su testimonio y desgranarlo tranquilamente.

Nos dirigimos hacia el centro de la ciudad buscando una cafetería tranquila, enseguida nos pusimos de acuerdo en entrar en un café conocido por ambos a los pocos minutos de emprender la marcha. “Es un poco caro, pero como pagas tú…”. Empezamos hablando de todo un poco, de fútbol, de otras personas de la calle, del Comedor del Carmen... Yo no tenía intención de sacar el tema de la cárcel ni de sus crímenes. Sabía que él, tarde o temprano, me empezaría a hablar de ello. Después de tomar el café y quitarnos un poco de frío del cuerpo decidimos seguir nuestro paseo hasta la Parroquia.

En la esquina de la calle Cádiz con el Paseo Independencia nos detuvimos a saludar a José “el portugués”. Estaba sentado pidiendo como siempre, utilizando como reclamo un pequeño cachorro de perro, sentado delante de él, en una mesita, tembloroso, tapado con una mantita sujeta con una pinza. Todo bien estudiado para inspirar ternura a los viandantes.

- Buenos días José ¿Cómo va la mañana? –le saludamos ambos a la vez.

- Bueno, bien. Aquí estoy a ver si saco algo –nos respondió algo sorprendido por nuestra iniciativa, aunque nos conocía a ambos.

- ¿Dónde está Lusi, la gata? ¿Ya no la traes a trabajar? –le pregunté yo. Hacía mucho que ya no veía al felino con él. Últimamente sólo tenía cachorritos de perro cuando se ponía a pedir.

- Lusi está muy vista ya, gano más con los perritos. Se venden muy bien. Lusi ya está jubilada. Hace compañía a mi mujer, en la furgoneta.

Nos despedimos de José y continuamos nuestra marcha, buscando zonas de sol para compensar el frío Cierzo de la mañana. Sin darme cuenta Venancio comenzó a hablarme de su vida en prisión:

- En la cárcel trabajaba haciendo balones. Me sacaba un dinero. Estuve en Torrero, en el Dueso, en Daroca… Me pegué más de veinte años…Tenía 32 años cuando entré, estaba en lo mejor de la vida y la jodí, vaya que si la jodí.

- Pero explícame cómo es eso que me dijiste que te cargaste a dos ¿fue una pelea? ¿Tú sólo pudiste deshacerte de dos? – le pregunté directamente, ya no tenía sentido esperar más. Él ya había empezado a contarme.

- Fueron dos, pero no fueron a la vez. Primero fue uno y luego fue otro. Pero los dos por mi novia: Francisca. Estuve con ella 14 años.

- Seguro que era guapísima ¿no? Pero entonces que es lo que ocurrió en realidad.

- Francisca era preciosa. Andaluza, morena, me encantaba cuando se levantaba la falda y me bailaba en la casilla, en el campo. Estuvimos un tiempo al cargo de unas tierras en Valencia, yo me ocupaba de todo. Nos iba bien. Pero decidimos venirnos para Zaragoza, por mis padres y ahí la jodimos. Vinimos a vendimiar, para un médico - seguíamos caminando ahora más despacio, parándonos solo de vez en cuando en zonas soleadas o resguardadas del aire.

- Con lo tranquilo que eres Venancio, me resulta difícil creer que hiciste algo.

- Tengo mucha paciencia pero cuando me hartan…, no conozco a nadie. –siguió con su relato- Un día nos fuimos a comer unas costillas al campo, el “Sietemachos”, Francisca, José “el Conejo” y yo. El José este se bebió una botella de vino y dijo que me iba a quitar a Francisca. No me lo pensé y le di dos puñetazos. Pero había allí una traviesa de estas del tren y, al caer, se dio y se desnucó. Si hubiéramos ido a la Guardia Civil no hubiera pasado nada, pero lo dejamos ahí tirado y se lo encontraron muerto. Además eran otros tiempos.

- Y te detuvieron claro.

- ¡Qué va! Nos llevaron varios días al cuartelillo a declarar, pero los 3 estábamos de acuerdo en lo que contábamos y no nos podían coger. Pero un día pasó uno que recogía chatarra por allí y se acercó a calentarse con nosotros un rato. Y claro, como otro día había visto que éramos cuatro y aquel día solo estábamos tres, pues se lo dijo a la Guardia Civil. Nos dieron de culatazos a los tres por separado, hasta que Francisca lo contó todo.

- Claro, fue demasiado para ella, tal y como era la Guardia Civil por aquel entonces…

- Pero yo les di la libertad, dije que había sido yo y una mala caída. Me cayeron dieciocho años.

- Entonces ¿El otro que murió? ¿Eso ocurrió después cuando cumpliste esta condena?

- ¡No no! Estaba pagando por “el Conejo” y no sé cómo el juez me dio permiso. Entonces Francisca trabajaba en un bar cerca del Mercado Central, aquí en Zaragoza. Ya me había advertido ella que había uno que se la quería chivar.

- ¿Qué pasó? ¿Te la quería quitar?

- Peor aún. Cuando salí Francisca llevaba cinco días en el hospital, tenía la cara destrozada por la paliza que le había dado aquel tipejo. Se llamaba Pascual, cargaba fruta en el mercado. Siempre iba fumando una faria. Le pegó porque ella no quiso irse con él. Así que aproveché el permiso para irme a buscarlo al mercado. Lo estuve esperando allí, al final de las escaleras y cuando lo vi: “pum pum” le metí dos hostias, con tal mala suerte que se dio con la escalera y también se desnucó.

- También fue fatalidad, otra mala caída y otro que se descalabra. Pues sí que le diste fuerte.

- ¡Tenías que haberlo visto. Toda la fruta rodando por allí, por las escaleras! Yo le gritaba a la gente que cogieran lo que quisieran. Menuda se montó. Total que me cayeron otros dieciocho años y aún estaba cumpliendo los primeros…

- Pero tú me dijiste que estuviste unos veinte años dentro.

- Sí al final con reducciones y eso, las dos condenas se me quedaron en veinte años.

- Oye ¿Y Francisca? ¿Qué pasó con ella?

- Me venía a ver y se ponía a llorar, en el cuarto ese donde se habla con un cristal en medio. Al final la despaché, le dije que no volviera, que no tenía sentido. Ya no supe nada de ella nunca más. Se marchó y no la volví a ver. Fue lo mejor…

Poco a poco aquella conversación se diluyó entre otros temas más triviales, sin que me diera cuenta. Tal y como Venancio la había empezado, la acabó, de manera natural, tranquilamente, como quien no quiere la cosa volvimos a comentar de personas de la calle, de fútbol, del tiempo, del Albergue…Estuvimos hablando casi dos horas. Terminamos nuestro paseo tomando el sol sentados en las escaleras de la Parroquia. Fueron apareciendo sus amigos del comedor, sentándose también a nuestro lado, junto a la puerta de la iglesia. Me pareció que ya era el momento de irme. Al fin y al cabo ya habíamos obtenido lo que hacía tiempo ambos queríamos. Él, contarme la historia. Yo, escucharla. Me despedí dando un fuerte apretón de manos a Venancio. Me prometió que el próximo café lo pagaría él, cuando le llegara la paga que estaba esperando que le aprobaran…

Ahora conozco mejor a Venancio, lo entiendo más. No se me hace raro que tenga esa manera tan tranquila y desafectada de hablar. No me extraña su gesto de conversar mirando al vacío, ni sus silencios, ni su calma aparente, ni su ácido sentido del humor. Haber pasado en prisión los mejores años de su vida dejó una huella indeleble en el alma de Venancio. Y muchas cicatrices. Seguro que también asumió otra manera de entender la vida, de entender el tiempo, de valorar cuáles son las cosas que merecen la pena realmente en este mundo.

Hace poco me lo encontré en una plaza de mi barrio, sentado en un banco, con su enorme bolsa al lado. Estaba ebrio. Gritaba cosas sin sentido a la gente que pasaba, haciendo grandes aspavientos con sus brazos e increpando a viandantes y también a personas que solo él veía en su imaginación. Seguro que a alguno de los fantasmas que tiene como compañeros de viaje en su mente. Me acerqué. En cuanto me reconoció bajó su tono y me dijo: “Ra-fa, ¿to-ma-mos un ca-fé?” -vocalizando a duras penas. “¿Por qué no te bajas ya a dormir, eh Venancio?, que ya son las ocho y media”. Sorprendentemente, me hizo caso, cogió su bolsa descomunal, se la echó al hombro perdiendo el equilibrio, pero sin llegar a caerse y comenzó a caminar, haciendo eses, rumbo a su furtivo dormitorio. Yo me quedé mirándole cómo se alejaba y abandonaba la plaza. La gente se apartaba de su camino, asustada por sus gritos, para no tropezar con él, lanzándole miradas de reprobación: “Pobre borracho” se notaba que pensaban muchos. Me dolía ser testigo de ese desprecio. Tal vez no lo hubieran juzgado así si supieran su verdadera historia, la historia de un hombre que destrozó su vida por amar demasiado a una mujer…

domingo, 19 de diciembre de 2010

POR LA MAÑANA.



Todavía es de noche cuando me acerco hacia la puerta trasera del Albergue. La niebla gris y espesa envuelve todo, pero las farolas iluminan tenuemente la calle Arcadas. Antes de entrar, en la diminuta plaza de al lado, me encuentro una tienda de campaña plateada tipo iglú. Está montada en un discreto rincón. Otra persona está durmiendo a su lado totalmente tapada con mantas. Afortunadamente descansa sobre un colchón de matrimonio. Tiene dos cartones de vino en una bolsa preparados para desayunar junto a lo que intuyo es su cabeza. También veo una mochila. Todo bien cerca de la vista, por si acaso.

Decido pasar a saludar al técnico por su oficina antes de abrir la Casa. Así aprovecho para calentarme un poquito en el radiador y enterarme de si hubo alguna incidencia por la noche. Además todavía es pronto, los conozco, faltan 10 minutos para que se empiece a levantar toda la cuadrilla de Casa Abierta. Afortunadamente tampoco parece haber novedades, el día anterior y la noche discurrieron tranquilos. Cuando consigo templarme un poco y disipar el frío que me había impregnado la niebla me decido a coger las llaves para abrir la Casa. La pereza también es ahora menor.

- Voy a abrir toriles -bromeo con Celia, la técnico. Ella se ríe.
- Suerte. Yo a ver si me aclaro con este listado de usuarios, que he perdido a uno y no lo encuentro.

Suavemente, introduzco la llave en la cerradura, la giro, abro muy despacio, entro y vuelvo la puerta tras de mí sigilosamente, para no hacer ruido. Todavía no se ha despertado nadie, solo Abel está sentado junto a la mesa, fumando como siempre. Le saludo levantando la mano. Él me responde de igual modo, susurrando a la vez: “¿Éstas son horas, Rafa?”, apenas le distingo en la oscuridad. No quiero encender las luces para no despertarles bruscamente. Busco la llave del despacho a ciegas en el manojo, pero Raúl no me da tiempo, desde su cama vocifera roncamente:

- Raaaaaaaaaaafaaaaaaaaaaaaaaa, ¡daaaaame un cigarrooooo!
- ¡Shhhhh! No grites, ¿no ves que todavía no se ha despertado nadie? –me enfado
- ¡La cabra, la cabra, la p… de la cabra! – grita él todavía más fuerte
- ¡Que se calle ya, hombre, con la cabra! ¡Menuda noche cantando que se ha pegao! – se oye desde las camas del fondo.
- Cuando te levantes y desayunes te daré el paquete de ducados, ahora no grites por favor – le digo en voz baja acercándome a su cama y hablándole al oído.

Abro el despacho, saco el termo con el desayuno y las bolsas de pasiegos. Sobre todo que no falten pasiegos. Enciendo la televisión, siempre en un canal de noticias 24 horas. Bajo el volumen. Poco a poco, la débil luz de la televisión junto con la del despacho hacen que el resto se vayan despertando, aunque creo que Raúl con sus gritos difícilmente ha permitido seguir durmiendo a nadie.

- ¿Cómo quedó el Madrid, Rafa? – me pregunta Gabriel desde el fondo de la estancia.
- 3-0, goles de Higuaín y Benzemá –le contesto
- ¡Rafa, me han quitado el mechero y el peine! –exclama César, sentado aún en su cama y empezando a vestirse.
- Ya verás como aparecen como todas las mañanas, César, que no te los quitan, los pierdes…
- ¿Dónde como hoy? Y…dormir ¿dónde duermo hoy Felipe? – me pregunta, como siempre, Marcos.
- Donde todos los días, a comer al Albergue y a dormir otra vez aquí –le digo con resignación- Y recuerda… me llamo Rafa.
- ¿Hace frío hoy? ¿Tú crees que podré cortarme las uñas esta tarde? –me pregunta Carlos desperezándose todo lo largo que él es: apenas cabe en la cama.
- ¿Frío? He visto 3 pingüinos en la esquina antes de venir aquí y sobre las uñas… estoy haciendo un cursillo de adivino, pero creo que hoy tampoco te las cortarás –le bromeo. Él se queda dudando un rato y cuando cae en la cuenta me dice:
- ¿Me estás vacilando no? ¡Pingüinos dice, mira que eres! –se ríe.

Por fin enciendo las luces, a estas alturas ya no creo que nadie aguante despierto y eso que aún son las ocho menos cuarto. Antes de que ninguno se meta en los baños, echo un vistazo a los dos para ver su estado. Uno permanece impecable, seguro que Miguel lo ha limpiado, es maniático de la higiene. En el otro compruebo que hay un charco en un rincón. En el lado opuesto, el cubo lleno de agua con lejía y la fregona permanecen intactos. Me enfado:

- ¿Quién ha orinado en el rincón? Parece mentira. Y eso que está la fregona al lado. Al final voy a hacer la prueba del ADN y sabré quién es; o pondré una cámara en el baño. Es que todos los días igual -nadie se da por aludido, me temo que saben que se trata de un farol…

Poco a poco se van levantando. Alguno más precavido se viste rápidamente y ya hace uso de alguno de los baños. Sabe perfectamente que si tarda luego puede que haya aglomeraciones. Sobre todo si se encierran Carlos o Miguel, que en ocasiones les lleva media hora o incluso más. Algunas mañanas se ha montado una pequeña bronca si alguno de ellos se encierra temprano y las vejigas de los demás tienen que aguantar más de lo razonable.

Ángel aparece por la puerta completamente abrigado, es el voluntario de los miércoles por la mañana desde que se fundó la Casa. Menos mal. Ahora entre los dos será más llevadero atender el desayuno. Él se encarga de sacar más pastas para que no escaseen, cucharillas, servilletas, vasos… Yo mientras reparto a Raúl, Alberto y Abel los sobrecitos de papel con sus medicamentos. Abel se niega a tomarlos:

- No quiero tomarme nada, que he estado en mi médica de cabecera y me ha dicho que deje todas las pastillas –me protesta.
- Pero si ahora te cambié el médico a Rebolería y todavía ni lo conoces. Tómatelas anda, que si no te puedes poner mal –intento convencerle.
- No quiero, que son veneno y me sientan fatal. Me puede dar un derrame –se enfada seriamente. Yo decido no insistir más.

David, que se encuentra sentado en su cama todavía, antes de pasarse a la silla de ruedas, me reclama levantando su mano y moviéndola rápidamente para que me acerque a su lado. Quiere una camisa, porque la que le di el día anterior no le gusta, dice que es demasiado grande. Le llevo otra alguna talla menor, entonces me señala que la que le ofrezco es de manga corta y él la quiere de manga larga. Cuando le acerco una de manga larga, me pone mala cara diciéndome que no tiene bolsillo para llevar el tabaco. Rebusco en el armario y encuentro una de manga larga con bolsillo. Se la entrego creyendo ingenuamente que ya se acabaron sus caprichos y entonces me dice que el color no le gusta, es demasiado clara. Él quiere una oscura o de cuadros. Entonces yo ya exploto: “Te pones esta y ya está, que parezco un dependiente del cortinglés”.

- Rafa, ¿voy bien así, iba ayer vestido así o crees que tendré frío? -El que me requiere ahora es César, ya lavado y afeitado.
- Llevabas esa ropa pero no en ese orden, será mejor que la camiseta te la pongas primero, luego la camisa y encima el jersey –le comento al ver que lleva puesta la camiseta interior encima del jersey - Y será mejor que te pongas chaqueta, hace mucho frío
- Oye no encuentro la chaqueta, ni las mantas, me las han quitado.
- ¿Has mirado debajo del colchón?
- Ah pues sí, aquí están las mantas y la chaqueta ¿Sabes qué pasa? Es que alguien ha echado agua en mi colchón esta noche –me explica todo digno.
- ¡Qué cosas tienes! ¿Quién iba a hacerlo? –compruebo con un rápido vistazo que la mancha a la que se refiere es producto de su propia incontinencia.
- ¿Un caramelico Rafa? –cambia rápidamente de tema y me ofrece un puñado de caramelos que yo con un gesto cariñoso le hago recoger.

Abel me llama vociferando desde la mesa donde, junto con su café, tiene 7 u 8 vasos de plástico llenos de agua; se aprovisiona bien, sabedor del tránsito que llevan los baños a estas horas:

- ¿Por qué no me das mis pastillas, eh? Se te olvidan las cosas Rafa.
- Pero si no las quisiste tomar antes –le digo con paciencia.
- ¡Qué va, a ti que se te habrá pasao dármelas! Venga dámelas que me tengo que ir a misa, que como se me pase la de las 10.30 ya no tengo otra hasta la tarde… -Yo respiro profundamente y le saco su sobrecito del despacho. “Al menos hoy las toma” pienso para mí…

Miguel mientras tanto no ha abierto la boca desde que llegué. Ni me ha mirado. Hace su cama con parsimonia, arrastrando los pies, le cuesta moverse. Tiene su ropa perfectamente doblada en una silla, preparada para después de ducharse. La cama la deja perfectamente hecha, completamente lisa, sin una arruga. Toda la ropa bien metida, nada cuelga. Hoy me llama poderosamente la atención las grandes ojeras que lleva y su mal aspecto. Es peor que el habitual:

- ¿Tuvimos ayer marejada a fuerte marejada con áreas de arbolada, eh Miguel? –le pregunto, confiando en que tal vez mi broma me permita conocer su grado real de malestar.
- Estoy malo, es por la comida de aquí y hace mucho que no bebo, así que no te pases ¿eh? –me responde, sin mirarme a la cara y con un gesto de ansiedad.
- Agua será lo que no bebes. Mejor te dejo… -ya encontraré el momento adecuado para comprobar cómo se encuentra realmente porque ahora me expongo a una discusión.

Ya han desayunado casi todos, algunos están sentados viendo las noticias y saboreando el primer cigarrillo del día. Abel ha salido ya, dejando la puerta abierta tras de si como suele ser habitual. César también se va, tiene que ir al Pilar ver al canónigo y coger periódicos gratuitos para repartirlos por el Albergue y el Centro de Salud, como hace cada mañana (“¿un caramelico?”). Hoy no sé si le tocará subir a urgencias del hospital Clínico, ha perdido la tarjeta del autobús. Cuando ya parece que el ambiente está más tranquilo y las peticiones van disminuyendo es el voluntario quién me reclama a gritos desde el despacho. “Le habrá pasado algo”, pienso. Voy corriendo al despacho y me lo encuentro con ojos de pánico, un armario abierto y sosteniendo en su mano derecha tembloroso el azucarero vacío con la tapa levantada.

- No hay azúcar, Rafa ¿Qué hacemos ahora? ¡Todavía queda alguno por desayunar!
- No lo sé, ¿qué se te ocurre a ti? -Le contesto también con cara de pánico, poniendo a prueba su sentido del humor.
- Mmmmmh, podríamos pasar a la cocina del Albergue y pedir un paquete ¿No crees? –me responde.
- ¡Claro! ¿Cómo no había caído? Anda pasa tú y se lo pides a Lola –continúo con mi ironía, aunque verdaderamente compruebo que él no la ha notado.

Tampoco tengo mucho tiempo para seguir con mi broma, Carlos está gritando de manera alarmante desde el baño, me llama a gritos, cada vez más fuerte:

- ¡Rafaaa, Rafaaaaaa, Rafaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! ¡Qué catástrofe! ¿Ahora que hago yo? ¡No sé qué voy a hacer ahora me tengo que ir a por la metadona! –yo me temo lo peor, una caída, una herida, mientras voy corriendo donde él se encuentra.
- ¿Qué te pasa? ¿Cuál es el problema? ¿Te encuentras mal? ¿Te mido el azúcar con el aparato?
- No, no es eso. ¡No encuentro el peine! ¿Ahora que hagoooo? ¡Ooooooooh, qué contrariedad!
- ¿Has mirado en el bolsillo de tu camisa, por ejemplo?
- ¡Andá, compi! ¡Sí aquí está! Uf, menos mal que lo encontré, no sé qué hubiera hecho. Oye ¿qué horas es?
- Las 9.15, cálzate rápido que si no no vas a llegar a la Cruz Roja –mientras la locutora de la TV me delata “son las 8.45 de la mañana”, pero Carlos ni se da cuenta.

El ajetreo ya es mucho menor. Ángel el voluntario y yo nos podemos sentar un rato a ver las noticias con los pocos que quedan ya en la Casa: Gabriel, Alberto, David en su silla de ruedas y Carlos peleando afanosamente con el envoltorio de los pasiegos. Jesús se dispone a salir poniéndose su cazadora y lleva como siempre un libro en la mano derecha para leer luego en el patio del Albergue. Antes de salir me exige:

- ¡Mañana tenemos que ir al banco, eh, que no se te pase!
- Huy no sé yo. Tú con ese sombrero de Humpfrey Bogart que pareces un mafioso y yo con este chándal viejo que parezco un yonki, no sé si nos dejaran entrar. Puede que incluso nos detengan –Carlos se muere de la risa al oirlo.
- No me vengas con zarandajas y que no se te olvide –muy serio se dispone a cerrar la puerta.
- ¿No me das un beso de despedida, Jesús? Ya no me quieres como antes –le bromeo.
- Vete a… -aparenta enfadarse, pero esboza una sonrisa y al fin sale y cierra la puerta.

Por la ventana de la Casa que da al patio del Albergue ya oigo a Raúl cantar: “Si supieras Rosariyooo lo que sufroooo”. Me despido del voluntario. Él aún continuará hasta que todos acaben y ayudará a pasar al patio de Albergue a los que se quedan cuando sea la hora de cerrar la Casa. Yo decido entrar a saludar a la Trabajadora Social, antes de subirme hacia la Parroquia del Carmen.

- Hola Rafa ¿qué tal todo por Casa Abierta? ¿Te puedo ayudar en algo? ¿Todo bien? –me pregunta.
- Sí todo bien, solo el follón de todas las mañanas, ya sabes. Gracias por preocuparte.
- Ya me imagino, a veces parece aquello “Chiqui-Park” ¿verdad? ¿por qué no lo escribes en tu blog? Seguro que vale para una historia de las tuyas.
- Sí es cierto, lo haré, gracias por la idea. Venga, un besico que me voy.

Y por eso lo escribí aquí, gracias por la idea compi…

miércoles, 25 de agosto de 2010

ULTIMO ADIOS


(Aunque no sea realmente una "historia" como las otras, me apetece colgar aquí un texto sobre Maciej, una persona de la calle fallecida de manera fatal hace poco. Maciej era compañero de cajero de Jorge (post "El cajero y la guerra") y al final ha seguido su misma suerte. He preferido en este caso enviar un texto a la sección de cartas al director de dos periódicos de la ciudad, para que al menos se pueda sensibilizar un poco más la gente. Tal vez no lo publiquen, pero por lo menos lo cuelgo aqui. Así también lo leéis vosotros.)

http://www.elperiodicodearagon.com/noticias/noticia.asp?pkid=605569

Maciej murió el pasado jueves. De una manera horrible, cruda, casi espeluznante: un coche lo arrastró enganchado en sus bajos durante casi un kilómetro. Nadie sabe como pudo suceder, resulta kafkiano, increíble, inconcebible. A todas las personas que lo conocíamos nos ha impactado el suceso. Maciej se hacía querer, era educado, amable, sonriente, de gesto humilde. Y era así aun viviendo una realidad dura e insufrible como es la vida en la calle, la vida de los que tienen que dormir en un cajero. Me resulta lamentable que tenga que morir de este modo para que yo mismo vuelva a darme cuenta y reconsiderar lo cruel y penosa que era la vida que llevaba. Otras personas sin hogar mueren cada año en nuestra ciudad, de manera más silenciosa, no tan espectacular, pero no por ello menos trágica y triste. A veces nos acostumbramos a oír y leer sobre tantas víctimas diariamente que apenas ya nos afectan. Tiene que producirse una muerte tan inhumana y brusca para volver a caer en la cuenta del valor que tiene cada persona, cada vida, de lo injusto y riguroso de algunas existencias. Maciej era discreto, no llamaba la atención, cuidaba mucho su aspecto, su presencia. Tal vez por eso resulta tan insólita y agria esta muerte para él. Parece una llamada de atención, un último gesto de alguien que no quiere irse silenciosamente sino gritándonos que reaccionemos, que no nos olvidemos, que todos somos personas aunque algunos vivan en la calle. Me gustaría creer que su muerte servirá para algo. Que por lo menos él, esté donde esté ahora, observe, sonriente como siempre, que somos muchos a los que nos ha dolido sinceramente su muerte y que lo echaremos de menos. Y que, además, nos hemos propuesto no volvernos insensibles a ninguna otra muerte de la calle, sea quien sea, fallezca trágicamente o no. Buena suerte Maciej.

martes, 3 de agosto de 2010

EL CAJERO Y LA GUERRA.


Lo malo de tener que cambiar el vodka por el vino es que necesitas beber cuatro veces más para obtener el mismo resultado. Cuestión de graduación alcohólica. También es un tema de gustos, el vodka para empezar la mañana entra mejor que un cartón de vino, enseguida te calma la corrosiva ansiedad y además no tienes que forzarte a beber todo un litro, incluso dos, tengas como tengas el estómago. Pero al final el precio se impone y, si lo más barato es un brik de vino, eso es lo que hay que desayunar, por muy mal que le sepa al paladar y aunque las tripas se rebelen.

Jorge bebía vino casi siempre, alguna vez también vodka, muy pocas, pero él era ruso y de vez en cuando se daba el capricho. Incluso podía tener la suerte de que algún joven abandonara por ahí alguna botella medio llena el sábado por la noche.

Siempre estaba acompañado. Algunas veces me lo encontraba en un banco cerca de las murallas de la calle Asalto compartiendo un cartón con algún otro de los habituales de la zona del Albergue. Otras, formaba un grupo en la plaza del Pilar con varios transeúntes del Este con los que quizá se entendía mejor. La verdad es que Jorge se llevaba bien con todo el mundo, pese a sus borracheras, a sus caídas, a su errático modo de pasar los días. No tenía problemas con nadie. Todo lo contrario. Su trato, al menos conmigo, siempre fue extremadamente amable y humilde. Me sentía afortunado porque, cuando lo veía por la calle, me obsequiaba con un apretón de manos y una amplia sonrisa dibujada tras aquel enorme mostacho de estilo mexicano. Compensaba la dificultad que tenía con nuestro idioma con toda suerte de ademanes y gestos cordiales que hacían que, pese a su aspecto un tanto amenazante y sus frecuentes heridas, enseguida se descubriera a una persona bonachona, muy educada, campechana y accesible. Recuerdo que lo saludaba algunas mañanas cuando se levantaba del Espacio de Emergencias del Albergue, donde dormía si la noche había sido heladora. Un simple “buenos días” me era devuelto con creces, repleto de cordialidad en la expresión y una amplia sonrisa: Siempre me recompensaba con una sonrisa, jamás la escatimó, fuera cual fuera la situación en la que coincidiéramos.

Mi habitual y tranquilo paseo dominical me llevó sin proponérmelo a la calle Don Jaime. Desde lejos vi tres coches de la Policía mal aparcados sobre la acera. Supuse que algo podría haber ocurrido. Así que cambié de acera, me quité los auriculares y me puse las gafas de sol para disimular hacia dónde dirigía mi mirada. Cuando llegué a la altura de la Plaza Ariño me paré a mirar un escaparate de manera distraída. Me picaba la curiosidad. Entonces comprobé cómo varios policías estaban desalojando a Jorge y otros dos compañeros de un cajero automático. Los agentes llevaban puestos sus guantes de cuero y les estaban obligando a recoger todas sus mochilas y cartones para dejar completamente limpio el lugar. Los tres amigos estaban enojadísimos por la ligereza y brusquedad con la que se les estaba echando. Incluso Jorge estaba rojo de ira y les increpaba frases incomprensibles en su idioma, gesticulando de manera nerviosa. Era la primera vez que yo lo veía así, tan alterado. Los agentes, muy firmes y rígidos en su proceder, una vez limpio y vacío el cajero, se montaron en sus coches y abandonaron el lugar. Los tres compañeros se sentaron acarreando todas sus cosas en el banco de piedra, junto a la estatua metálica de un fotógrafo que hay en esa plaza, testigo mudo de todo el suceso. Colocaron los cartones para protegerse del frío mármol y poder sentarse un rato. No paraban de gritar e insultar en varios idiomas, su enfado era monumental.

Dudé si acercarme a ellos o no. Sinceramente, mucho más me había impresionado todo aquel despliegue que se había generado para desalojar el cajero, que la actitud alborotadora de esas tres personas a las que conocía hacía meses. Cuando se hubieron calmado un poco decidí aproximarme para hablar un rato con ellos. Me recibieron de manera muy educada, como siempre, extendiendo su mano. Yo estreché las tres, una tras otra. Ellos se alegraron de encontrarme a mí como casual espectador e improvisado oyente de sus quejas. Así, estuvieron un rato explicándome, ahora de manera más sosegada, todo su malestar por aquel precipitado desalojo. Era muy pronto para levantarse, decían, no molestaban a nadie, el cajero lo dejaban siempre limpio ¿Por qué la tuvieron que tomar con ellos? Yo me limité a escuchar todos sus lamentos y a compartir unos cigarrillos con los tres amigos. Pero Jorge me hablaba acalorado, expresándome como podía sus sentimientos. Había pasado de sentir ira y rabia, en un primer momento, a experimentar impotencia y frustración por haberse visto avasallado. Me explicó que él había luchado en la guerra de Chechenia señalándome una gran cicatriz en su cabeza al mismo tiempo. Se refería a los policías que les habían expulsado como niños. ¿Qué se habían creído? Él, con la cantidad de tremendos sufrimientos con los que había combatido en aquel lejano frente, ¿tener que acatar ahora las injustas órdenes de unos jóvenes bien uniformados? Era aguantar demasiado para un militar ruso, marcado por la guerra, verse obligado a desalojar su único hogar, su intermitente dormitorio, para congelarse en la calle otro día más. Bastante indigna le parecía su precaria manera de vivir actual, como para encima tener que tolerar semejante agravio Las lágrimas inundaron sus enrojecidos ojos al fin, la emoción le pudo. Las gotas caían por sus arrugadas mejillas, salpicando el cartón marrón del banco, en el que dibujaban pequeños círculos oscuros que las hacían más patentes aún y estremecedoras a la vista. Yo me sentía totalmente impotente…

La siguiente vez que lo vi fue en la UCI del hospital. Sus compañeros no sabían de Jorge hacía días, tan sólo que estaba ingresado. Yo, con una llamada telefónica, lo localicé enseguida y, una vez me explicaron los reducidos horarios de visita, decidí acercarme a verle sin saber muy bien qué me iba a encontrar. Aunque me esperaba lo peor.

Junto a otras dos o tres decenas de personas inquietas por visitar a sus allegados esperé que nos permitieran la entrada en la sección de Intensivos. Me sentía realmente fuera de lugar, el ambiente era tenso, nervioso, las miradas extrañas, furtivas, todas llenas de preocupación. Algunos familiares susurraban entre sí nerviosamente, pero el silencio se imponía al fin. Supuse que las circunstancias de algunas personas serían críticas. Pero mi situación era distinta a la de esos familiares. Mi preocupación no era tan extrema como la suya, no se trataba de un pariente cercano mío. Al final creo que me contagié de todo aquel contexto y un nudo me empezaba a apretar en el estómago. Por fin, salió una enfermera que nos avisó de que podíamos entrar. Accedí a una gran sala donde bastantes médicos y enfermeras se movían de un lado para otro. Los apartados individuales estaban distribuidos por todo el perímetro de la sala, anidados a ella. En la puerta de cada uno se veía visiblemente un número y a través del cristal, a modo de escaparate, pude distinguir a algunos de los pacientes. El sitio era extrañamente reducido y había aparatos por todos los lados. El silencio, tan sólo roto por algunos susurros, me resultaba algo angustioso.

De inmediato localicé la sección de Jorge y me dirigí a ella con rapidez. Jorge estaba casi irreconocible, sin bigote, la cabeza afeitada, muy delgado y totalmente entubado, rodeado de numerosas máquinas y dispositivos electrónicos. Aparentemente dormía. Me quedé en la puerta del departamento, sin entrar, un poco por el miedo que me atenazaba y también creyendo que no me permitirían acercarme más a él. Daba verdadera aprensión moverse cerca de todo aquel conjunto de instrumentos, tubos y cables.

El hecho de que alguien fuera a visitarle enseguida desató el interés de varias enfermeras. Éstas avisaron a los médicos de guardia esa tarde y antes de que quisiera darme cuenta me encontraba respondiendo a toda una serie de preguntas sobre Jorge que me formulaban, tanto dos médicos como algunos ATS. El pequeño interrogatorio no me lo esperaba. Yo apenas sabía nada de él. Tan sólo su nacionalidad y su nombre. Les comenté que sencillamente lo conocía de la calle, por mi trabajo, que apenas podía aportarles más información. Luego, con más tranquilidad me explicaron que su situación era realmente crítica, no sabían si sobreviviría. Me dijeron que no había problema en que me acercara a él. Pasé dentro, le cogí fuertemente la mano. No sabía ni que decirle: “Hola Jorge, ¿te acuerdas de mí? ¿Cómo te encuentras?”. Creo que no me conoció, su gesto apenas cambió. Simplemente me miró unos segundos y luego volvió a cerrar los ojos. La palidez y el gesto de su cara ciertamente reflejaban que estaba muy mal. Yo intentaba no emocionarme y, viendo que apenas podría hacer nada más allí, lo único que quería en ese momento era salir rápidamente del lugar…

Pero Jorge, milagrosamente se recuperó. Y volvió a la calle. Sin embargo la calle es mal sitio para reponerse de cualquier enfermedad, mucho más cuando has estado a punto de morir. Y, naturalmente, ni el invierno, ni la calle le perdonaron…

Otro domingo por la mañana, pasadas pocas semanas, me encontré a sus dos compañeros que, nada más verme, se acercaron rápidamente hacia mí, visiblemente alterados: “Sabes, Rafa, Jorge ha muerto esta noche en el cajero, con nosotros. Hoy ya no se despertó. Nos dimos cuenta esta mañana”. “¿Aquel cajero del que os echaron, el que está al lado de la Plaza Santa Cruz?”, -les pregunté. “Sí, ése, el mismo, llevamos durmiendo en él todo el invierno”. Después me comentaron un poco más todo lo sucedido, cómo se lo llevó una ambulancia al amanecer, que ya se lo temían, que demasiado había aguantado porque de verdad estaba muy enfermo, que aquella noche hizo mucho frío… Apenas estuvieron conmigo unos minutos, luego se fueron en busca de algo que beber para calmar su ansiedad, que hoy era doble, tratar de asimilar el desconsuelo y la pena y poder así empezar el día de alguna manera.

No sé si hubiera vivido más en su país, incluso luchando en una guerra nacionalista, que aquí en España donde durmió muchos meses en un cajero. Tampoco sé si fue peor para su castigado hígado el vino barato del supermercado o el vodka destilado de Rusia, que allí beben como el agua. No conozco qué nocivos efectos tuvo sobre su salud el frío siberiano, aunque sabemos que el Cierzo a veces, puede ser bastante turbulento e irascible… Y mucho menos, yo no soy nadie para juzgar si fueron mejores compañeros sus camaradas de trinchera que sus amigos del cajero, en realidad no dudo que todos apreciaran de verdad a Jorge siendo como era él.

Lo que sí creo es que fue muy triste que Jorge muriera lejos de su tierra, lejos de su familia y, sobre todo, que apenas una decena de personas se enterasen y lamentaran su muerte. Ni siquiera apareció en los periódicos, como tantas otras. Sinceramente, también me resultó muy amargo que no tuviera un entierro digno donde alguien le llorase o, simplemente, se implorasen unas sencillas plegarias por su alma. Y, siendo egoísta, lo que más me fastidia de todo es no poder volver a verle sonreír como él solía…

jueves, 15 de julio de 2010

LA HERIDA


Miguelete nunca me llama por mi nombre. Lo conozco hace años, pero, cada vez que me ve, se dirige a mí de manera distinta: Luis, Miguel, Antonio… aunque la más habitual es Jose, con acento en la o. Pasea habitualmente por el centro de la ciudad con varias bolsas de plástico colgando de su antebrazo. En cada una guarda cosas similares: en una comida, en otra revistas viejas y periódicos, en otra algo de ropa, juguetes, mecheros y cualquier chisme que atraiga su atención… a veces cosas inverosímiles. Una mano siempre la lleva protegida por un guante, sólo una, que normalmente es la que usa para fumar. Si no tiene para tabaco, cuenta con una pequeña cajita metálica de puritos donde guarda algunas colillas que aún sean aprovechables de las que encuentra en sus sitios estratégicos. A veces me las enseña y dice:

- Mira, Jose, es griiiiiiiiiifa, las cogí a unos jóvenes que la estaban fumando en un banco ¡Mira que caladas le doy, miraaa!- me revela con su voz ronca y grave, contándome su gran secreto.
- Eso son cigarrillos de liar, Miguelete, y no deberías fumarlos que así llevas el pecho y la voz –le suelo contestar yo. El sonríe y cambia de asunto rápidamente.

Generalmente me ha preocupado el tema de la higiene, pero en el caso de Miguelete es absoluta y completamente nula. La mugre cubre toda su ropa y la mayor parte de su cuerpo. En ocasiones es casi imposible estar a su lado. Para hablar con él, me tengo que mantener alejado dos o tres metros o, si sopla algo de cierzo y me sitúo estratégicamente, puedo estar más cerca y sostener una charla de unos minutos. De otra manera puede llegar a ser insoportable el olor que desprende. Tiene gran afición a mirar los contenedores y papeleras. De su contenido va seleccionando todo aquello que luego guarda en sus bolsas. Es curioso comprobar cómo tiene un lado del cuerpo con más mugre que la otra mitad. Lo mismo ocurre con su gorra, se aprecia un tono más oscuro y sucio en un lateral que en el otro:

- Tú siempre duermes de la misma postura ¿no Miguelete? -le pregunto.
- Sí, ¿cómo lo sabes, Juan? –se ríe asintiendo.
- Por tu ropa, la llevas más oscura en un lado. ¿Dónde duermes?
- ¡Bah! En cualquier portal, cada día en un sitio, en el primer rincón que encuentro, me tumbo, me encojo… me duermo enseguida –Me reconoce, bajando sus ojillos con falsa timidez, bromeando como un niño malo.
- ¿Qué te parece si te vienes conmigo al Albergue y te ducho como otras veces?
- Mañanaaaaaaaaaa, Luis, mañanaaaa te espero aquí mismo y vamos, hoy no puedo, me esperaaaan. –lleva diciéndome lo mismo meses.

Apenas se distinguen sus traviesos y enrojecidos ojos, entre la gorra, las cejas despeinadas, su barba pobladísima y recia, su piel arrugada y quemada por el sol, la mugre…es difícil apreciarlos. Miguelete es locuaz, zalamero y dicharachero, constantemente está sonriendo. Es muy agradecido y cariñoso, lástima que muchas veces lleve prisa, asegura que le esperan en algún lado, que ha quedado. No le importa dejarme con la palabra en la boca. Se aleja caminando rápido, arrastrando los pies y mirando inquieto para todos los lados. Siempre hace lo que quiere, lleva más de 40 años en la calle, ¡como para no hacerlo!

Los domingos por la mañana solía encontrármelo en el mercado de antigüedades de la Plaza San Bruno, allí tiene varios amigos que le invitan a almorzar y pasa parte de la mañana en un banco junto a ellos. Pero aquel domingo no estaba. Me extrañó. Hacía un frío terrible. Los azulejos mudéjares de la parte trasera de la catedral reflejaban con intensidad el sol de la mañana y, al pasar por la esquina recortada que da acceso a la plaza de la Seo, el cierzo se concentraba con increíble fuerza y casi no me dejaba avanzar. Creo que todo el viento de la plaza del Pilar busca su salida por ese estrecho acceso. Una vez capeado el pequeño vendaval, miré hacia la marquesina de la plaza del Pilar y, aunque estaba bastante lejos, reconocí a Miguelete sentado. Su barba y su gorrito oscuros lo hacían inconfundible. Por otra parte, llevaba un impermeable enorme y sucísimo que enseguida me permitió identificarle. Pero conforme me acercaba a él me iba dando cuenta de que algo no funcionaba bien. Miguelete estaba inmóvil, sentado, con las manos apoyadas en las rodillas, dos bocadillos envueltos y dos cafés con leche en vaso de plástico a su lado. Delante de él, en el suelo, dos periódicos nuevos del día y varias monedas encima, que, aparentemente se le habrían caído, eran todas monedas de un euro. Además Miguelete no se sienta jamás a pedir. Cuando estuve a su lado, le pregunté:

- ¿Qué tal Miguelete? ¿Cómo va todo? –yo intentaba valorar qué sucedía.
- ¡Bien, Antonio, Bien! Aquí leyendo la prensa –me contestó sin girar ni siquiera la cabeza, mirando al suelo, encorvado y con su cuello completamente rígido.
- ¿Seguro? ¿Te importa que mire tu cuello? ¿Te has caído?
- Nada Joooose, pero mira si quiereeeeees.

Como pude, con mucho cuidado y con la punta de los dedos, separé un poco el cuello del impermeable y el de su camisa y bajo su diminuta melena conseguí distinguir una herida incisa a lo largo de la parte trasera de su cuello, de varios centímetros de profundidad que literalmente le estaba guillotinando. Siguiendo con la vista dicha herida entendí qué la producía, puesto que por la parte delantera de su cuello surgía de repente de su carne un cordón de cuero con varias cuentas de plástico que apretaban peligrosamente su garganta. El cordel de cuero de un colgante lo estaba atravesando poco a poco cercenando su cuello por detrás, de tal manera que su misma piel volvía a cubrirlo haciéndolo invisible. Sólo era apreciable aquella incisión completamente infectada y que supuraba de tal manera que Miguelete, puesto que estaba echado hacia delante, tenía toda la parte delantera de su camisa y las solapas del chaquetón totalmente impregnadas de pus congelado por el cierzo.

- ¿No has ido al médico a que te miren el cuello? –le pregunté intentando disimular mi gran preocupación.
- No, no he ido, si es que no he podido Carlos, he tenido muchas cosas que hacer – me contestó totalmente incapaz de girarse y mirarme, quitando importancia, como siempre, al tema.
- Oye, ¿Qué te parece si llamamos a una ambulancia? Creo que esa herida está bastante mal. ¿Lo hacemos, Miguelete?
- Si, Enrique, llama, anda, llama, que si no no se me va a curar nunca… - Que Miguelete accediera a la primera, sin poner ningún reparo, cuando le propuse llamar a urgencias me preocupó más aún. Ahora tenía la certeza de que la herida era grave.

En dos minutos llegó ululando una ambulancia del Servicio de Salud. Iban tres jóvenes en ella. Les expliqué un poco quién era Miguelete y enseguida se hicieron cargo. También les anticipé lo grave que era su carencia de higiene, casi tanto o más que la propia herida. Tal vez pensando que yo exageraba, uno de los técnicos, una chica, se acercó rápidamente a comprobar la herida que les estaba contando, pero de inmediato se tuvo que apartar con disimulo, conteniendo como pudo sus ganas de vomitar. Realmente no era para menos. Luego montaron a Miguelete en la parte trasera de la ambulancia y se metieron con él los dos técnicos, el conductor se puso al volante. La furgoneta estaba sin arrancar todavía y no habían pasado cinco segundos cuando se volvieron a abrir las puertas correderas del vehículo y salieron rápidamente los dos muchachos buscando aire fresco. Miguelete me miraba risueño, todo contento desde dentro, sentado en un asiento y todavía encorvado: “Ven a veeeeeeeeeerme al hospital, eeeeeeh Joooooooose!”. Al final, decidieron abrir todas las ventanas de la ambulancia y la chica pasó con el conductor. Su compañero, más valiente, se situó atrás, cerca de una de las ventanas, acompañándole y por fin la ambulancia partió para el hospital con su alarmante sirena pidiendo paso.

A la semana siguiente me pasé por el hospital a visitarlo con una voluntaria. Lo encontramos recién duchado, todavía algo mojado, perfumado completamente con colonia de limón y vistiendo un pijama grandísimo para él, que apenas mide metro y medio. Le sobraba pijama por todas partes, estaba simpatiquísimo. Le habían cortado al cero todo el pelo de la cabeza y de la barba. Un apósito enorme cubría la parte trasera de su cuello y tenía sujeto a su muñeca un gotero que le suministraba antibióticos. Sonriente y cariñoso nos recibió, realmente se alegraba de nuestra visita:

- Hombre Jooooooose, qué alegría. Déjame que te cante una coplilla… “Me quitaron la libertaaaaaa, me pillaaaron robando en eeer sepuuuuuuuu” – empezó a entonar con un tono agudo, extraño para él, cuando entramos, dándonos así su bienvenida.
- Hola Miguelete. No hace falta que nos cantes. Mira he venido con una amiga. Se llama Irene.
- Encantado Maribeeel. ¡que amigas tan guapas tienes Carlos!
- ¿Qué tal estás? ¿Te tratan bien? –pregunté. La habitación era enorme y parecía recién estrenado todo. El hospital era nuevo.
- Síííí, son muy buenas todas las señoritas de este sitio ¿Es un hospital o algo así no, Jose? Se come muy bien. Todo es estupendo. Bueno, menos una médico… Me mira maaaaaaaal, seguro que fuma grifaaaaaaaa, pero yo me callo y no le digo nada.
- ¿Cómo va a fumar grifa una médico?, será que es más seria. ¿Tú te portas bien no? Haz todo lo que te digan las enfermeras, porque la herida que tienes no es moco de pavo ¿eh?
- Cómo lo sabeees Caaarlos, menos mal que me trajeron aquí, ahora a ver si puedo pasar aquí la Nochebuena, porque seguro que se cena de maravilla…
- Mira, te hemos traído “el Marca” para que estés al tanto del fútbol –lo abrió, lo hojeó un poco y a los dos minutos cabeceó quedándose dormido como si nosotros no estuviéramos allí…

Pasó la Nochebuena y la Navidad en el hospital. La Nochevieja y el Año Nuevo en el Albergue Municipal y los Reyes en el Refugio. Creo que hacía muchos años que no dormía tantos días seguidos bajo techo. Sinceramente, conociendo su mente inquieta y lo independiente que es Miguelete, creo que aguantó tanto porque de verdad se dio cuenta de la gravedad de su herida. Lo entendí un día que lo llevé a curar, permanecía completamente inmóvil y sumiso mientras la enfermera hacía su labor. Después volvió a la calle, a quedar con sus amigos, a buscar cosas por ahí, a pedir comida por los bares, a pasear sin descanso con marcha casi militar por todas las calles del centro de la ciudad. Me lo encuentro en repetidas ocasiones, pero creo que me tiene algo de recelo porque me relaciona con el agua:

- Hola Miguelete, ¿quieres que nos acerquemos a duchar al Albergue?
- Mañana, Jose, mañana, hoy no puedooo…
- Oye, en seguida habrá una cama libre en Casa Abierta, quieres venirte allí, algún día tendrás que dejar la calle, ya vas teniendo una edad –le bromeo
- ¡Mañana sin falta te espero en el patio del Albergue, Antonio!
- Nunca te acuerdas de mi nombre, ¡qué triste! Mira, para que te acuerdes, piensa que tiene dos veces la letra “a” y es el nombre de un cantante español muy muy conocido…
- ¡Perales!
- Da lo mismo, Miguelete, llámame Jose que es igual…

miércoles, 23 de junio de 2010

LAS PALOMAS Y EL VINO


Como suele ser habitual, cuando llego a Casa Abierta el sábado por la mañana, César ya está levantado y ha desayunado. Seguramente ya habrá tomado café con sobaos varias veces a lo largo de la madrugada. Tiene verdadera pasión por esas pastas que proporciona el Albergue para desayunar. Tantas come que, en alguna ocasión, ha podido acabar con toda la bolsa y luego se ha montado un pequeño guirigay mañanero porque al resto de compañeros no les quedó con qué acompañar el primer café con leche. Razón no les falta. Mario, el voluntario, ya está afeitando a David, toalla en cuello, como cada sábado, con la máquina eléctrica y la alargadera. Según me cuentan, Julián se ha vuelto a quedar esa noche encerrado en el baño, suerte tuvo de que hay un compañero que siempre guarda un alambrecito para tal eventualidad y lo pudo rescatar. Menos mal que ya es menos frecuente que esto suceda, parece que le ha cogido el truco al pomo del baño, pero le ha costado semanas y aún así, alguna noche tiene que ser “rescatado”. Por lo demás todos están tranquilos, José Miguel aún remolonea en la cama, apurando hasta la hora de salir, como casi siempre, pero el resto están en marcha y el movimiento (y algún enfado) por ocupar uno de los baños es continuo.

César, como cada mañana, me pide colonia, después de haberse lavado y afeitado. Se deja el flequillo al estilo “tintín”, luce un apurado perfecto en sus mejillas y un diminuto bigotito que encaja perfectamente con sus pequeños ojillos verdes e inquietos. Le doy una botella de litro de colonia de limón para que tenga para varios días. Al rato compruebo que ya ha consumido más de las ¾ partes de la botella. La ha dejado tirada encima de su caja de mimbre, al lado de su cama, junto con un bote de jarabe, un cenicero perfectamente limpio, varios catálogos de viajes y una pequeña cestita en la que todavía quedan migas del atracón matutino.

- César ¿Qué has hecho con la colonia? ¿Cómo has gastado tanta, si te acabo de dar la botella?
- Es que me he echado en las zapatillas una poca. Así es mejor, se desinfecta todo y huelen bien.
- Oye, ¿qué es esa cosa blanca que supuran las zapatillas, que sale por todas las costuras? – le digo señalando pequeñas burbujas de espuma de afeitar que surgen por cada resquicio de su calzado.
- Ah, es espuma, viene muy bien para los pies, sobre todo para los callos es estupenda. Así ando más cómodo, es más blandito.
- Pero, César, ¿no ves que puedes pillar algo malo si te echas tantas cosas en los pies?
- ¡Joder, Rafa, no la tomes conmigo, que tengo prisa! Tú es que no entiendes, esto es lo mejor, te lo digo yo.
- Vale, vale, no te enfades. Oye antes de irte, ¿te has bañado verdad?
- Pues claro, como todos los días, ¿qué crees? Yo soy muy limpio, no como otrossssh. – me espeta con tono irónico, mirando de reojo, pero sin señalar a nadie.
- Entonces, podrías cambiarte esos pantalones, por favor, los llevas hace muchos días. Yo te doy unos limpios.
- ¡No, que a estos les tengo mucho cariño! Y todavía aguantan. Me voy al Pilar que llego tarde, además me espera el canónigo. Adiós. –Cierra la puerta con brusquedad y se va visiblemente alterado a causa de mi pequeño interrogatorio.

A la media hora vuelve. Trae media docena de revistas del Pilar y un manojo de cintas de la medida de la Virgen de todos los colores, también varias estampitas de otros santos. Se empeña en regalármelo todo, yo no quiero, intento convencerle de que no es necesario, pero al final acepto una revista y una cintita. Es su manera de hacerme ver que no tiene ningún problema conmigo, seguramente se ha quedado disgustado por su rápida huída. Tiene esta personal diplomacia para conseguir que las cosas vuelvan a la normalidad. Finalmente se va más tranquilo. Según él, tiene una ñapa de fontanería a medio acabar en el barrio Oliver y le esperan, no puede fallar, además tiene allí todas las herramientas…

La mañana avanza y poco a poco todos van abandonando la Casa. Sólo quedamos David, que, presumido, se acaricia repetidamente las mejillas comprobando que el afeitado del voluntario fue perfecto; José Miguel que apura su 7º u 8º café; Mario, el voluntario, y yo. Incluso Pedro, que es siempre el último en levantarse, ya se está lavando en el baño. Como siempre, refunfuña: “¡Qué sucio lo han dejado todo!”. “Ahí tienes la fregona con lejía” le respondo. No me contesta y gruñendo se encierra finalmente en el pequeño cuarto de baño…

Esa mañana, después de cerrar la Casa con Mario, decido subir paseando hacia la iglesia de San Antonio. Cada sábado el “Padre Pitillo”, como las personas de la calle lo llaman, reparte una pequeña pieza de pan y un euro. Así lo lleva haciendo durante bastantes años. Ello provoca que este día de la semana se produzca un continuo flujo por la zona de personas de la calle, que incluso atraviesan la ciudad para obtener la pequeña propina. El parque inmediatamente anterior a la iglesia sufre un continuo subir y bajar de estas personas, algunos hasta acarreando sus pesadas mochilas o carritos para llevar sus cosas. Todo por un trozo de pan y un euro. Yo, sinceramente, no entiendo lo del pan, si al menos fuera un bocadillo…

Me acerco por allí porque seguro que coincido con algún conocido de la calle. Y así es. En la entrada del parque me encuentro con Jesús. Como siempre, va impecable, su rubia melena limpia al viento, su mochila a la espalda y, en una mano, el saco de dormir. Me saluda muy amable y sonriente, como invariablemente me ha tratado desde que nos conocemos. Me paro un ratito a hablar con él, hace tiempo que no lo veía. Todavía no me acostumbro ver su ojo dañado gravemente y que tiene un color grisáceo y mortecino. Otro transeúnte se lo hirió con un bolígrafo sin saber muy bien por qué. “Casi nada lo del ojo ¿eh Rafa?” - así le quita siempre importancia él… A mi me produce verdadero asombro la tranquilidad con que se lo toma.

Una vez que me he adentrado ya en el parque, a unas decenas metros distingo a César. Me acerco. Está sentado en un banco, con las piernas abiertas y estiradas, formando una uve, la espalda apoyada en el respaldo. Tiene un cartón de vino abierto a su derecha y lo que seguramente era el panecillo del “Padre Pitillo” está completamente desmigado en el asiento del banco al lado del vino. Parece que está tomando el sol y hay un gran número de palomas comiendo a sus pies. Algunas pelean sonoramente por un trocito de pan. Antes de que me vea, le saludo de lejos para que no se asuste por mi llegada. Puede creer que lo he seguido, pero ha sido pura coincidencia, aunque yo sabía que suele subir por San Antonio. Cuando me acerco a él, compruebo que el pan que les está echando a las palomas, previamente lo empapa bien en vino, por eso lo tiene troceado junto al cartón.

- Hola César, ¿qué tal? ¿descansando un ratico, eh?
- Hola Rafa. Sí, mira que he subido a ver al cura y con el euro me he comprao el vinico y aquí estoy con las palomicas, ¡qué majicas eh! – en realidad está inquieto, le ha sorprendido verme por ese parque.
- Si. Ya veo que las alimentas bien, hasta vino les das ¿no? – le digo distraídamente.
- Claroooooooo, lo bueno, compartido, sabe mejor… ¿Nooooooo? – por cómo alarga la última vocal de cada frase con un tono extraño y cantarín, deduzco que la mayor parte del vino del cartón ya lo tiene en el cuerpo…
- Pero ¿Tú no crees que será malo para ellas, no se marearán y se darán algún golpe con las farolas?
- Que vaaaaaaa, lo que yo te diga, les gusta mucho más así que el pan sólo y además… También tienen derecho a vinicoooo. ¿Noooo? Pues esooooooo.
- Oye, pues nada, aquí te dejo con las palomicas, que llevo prisa. Igual te veo esta tarde que me toca bajar a la cena, hasta luego César. – Decido irme, empiezo a notarlo intranquilo por mi presencia.
- Hasta luego Rafa ¿A que te ha gustao lo de las palomicas eh? –sin decirle nada más, me alejo sonriéndole y me dirijo a la otra salida del parque.

Ya son más de las ocho de la tarde y César todavía no ha venido a cenar. No me preocupa en exceso, él nunca falla a dormir. Tal vez me inquieta un poco el que vuelva a verme otra vez un mismo día. Seguramente no se acuerda de que le advertí que yo estaría esa noche dando la cena. No quiero que se sienta perseguido, pero a veces es inevitable, me lo puedo llegar a encontrar dos y tres veces por la ciudad. Tiene tarjeta gratuita para el autobús, ¡es tan inquieto y le cunde tanto el día…! Al fin: “ding-dong” suena el timbre de la Casa. Es César sin duda, los demás ya han cenado, incluso alguno ya está acostado. Le abro la puerta, no se sorprende demasiado de verme, por el aspecto de sus ojos intuyo que lleva más vino en el cuerpo que aquel cartón que yo vi. “¡Que vaya bueno!” antes de entrar, desde el umbral, se despide efusivamente de alguien a quien yo no alcanzo a ver y supuestamente está a su derecha, alejándose hacia la plaza San Agustín…

Hace poco descubrí que no hay nadie de quien se despida realmente. Nunca me había dado cuenta, pero así entendí un poco más a César. En realidad es la soledad quien le hace repetir esa escena, cada tarde, antes de entrar, y hacer como que se despide de alguien que le ha acompañado hasta la puerta. Como seguramente es la soledad quien le hace amigo del canónigo del Pilar. También es la soledad quien le busca pequeños trabajos de fontanería por cualquier barrio, en casa de amigos, que le guardan la herramienta. Y yo creo que es la soledad quien le hace alimentar de manera tan personal a las palomas… Antes de irme, cuando ya he apagado las luces y me despido de todos, César, desde su cama me dice:

- ¿Sabes Rafa? El “Padre Pitillo” ya no va a dar más pan, ni el euro tampoco. Se ha enterado de que lo engañaban. Había algunas personas que pasaban varias veces, cambiándose la ropa, para conseguir más euros. Se ha enfadado y ya se ha acabado lo de los sábados.
- Pues vaya gracia que hayan abusado del cura así, ¿no César?
- Bueno es igual. Yo soy amigo del cura, le he hecho algún trabajillo, a mí siempre me dará el euro. Oye Rafa, ¡que majicas las palomas! ¿eh? ¿A que también tienen derecho al vinico?
- Claro que sí, César, además hacen mucha compañía, ¿verdad?

lunes, 31 de mayo de 2010

EL SURTIDOR


Josefa me dijo dónde podía localizar a Fernando. Josefa es voluntaria de Casa Abierta desde siempre. Lo conoce hace muchos años. Lo ve con cierta asiduidad cerca de donde ella vive. La otra tarde subí a ver si daba con él. No hubo forma, no apareció. Pregunté a Blas, sentado en la plaza Huesca. Bebía vino discretamente en un botellín pequeño de agua. Su brazo apoyado en la mochila a su lado. No lo ha visto hace meses. Le pregunto otra vez a Josefa aprovechando que me llama a casa. Se sigue tropezando con él por el barrio. Está por la calle Barcelona, en una pequeña plaza. No se mueve mucho de allí. “Súbete. Seguro que lo encuentras”.

La primavera ha llegado, la temperatura es muy agradable. Así da gusto salir de casa. Esta tarde decido ir a dar otra vuelta a buscar a Fernando. Hace muchos meses que no lo veo. Al cruzar el puente del canal para tomar el autobús veo a una mujer echando pan a los patos. De repente se enfada y empieza a regañar dirigiéndose al agua. No la oigo. Me quito los auriculares, me acerco y curioseo. Hay una rata que nadando se acerca a comer algo del pan dirigido a las aves. La señora, enfadadísima, intenta asustarla para que no coja ni una sola miga. Los patos la ignoran. La rata consigue su objetivo y se lleva un trocito de pan mojado. El cabreo de la señora crece aún más. “El pan era para los patos, no para la rata, ¿habrase visto?”. Curiosa metáfora de la caridad. ¿Qué más dará que el pan lo coma una rata o un pato?

Llego a Delicias. Ésta es la parada. En cinco minutos accedo a la diminuta plaza que me dijo Josefa. Echando un vistazo rápido enseguida ubico a Fernando, sentado en un banco. Debajo de él, una bolsa de basura grande y gris, llena de ropa. No lo pienso dos veces y me siento a su lado, sin que él sepa por dónde he aparecido. “Hola Fernando ¡Cuánto tiempo! ¡Por fin te pillo!”. Parece el mismo demonio, como ya me anticipó Josefa. Lleva un gorrito de lana embutido hasta las cejas. Silueta esquelética, barbas blancas, estiradas y puntiagudas, uñas largas y cargadas, manos negras, tres chaquetas, dos camisas, un pantalón raído y unos zapatos náuticos desentonadamente nuevos. Enseguida percibo ese olor a rancio, muy rancio… que ahora ya no me sorprende. Fernando, ante mi desparpajo, contesta como si me conociera: “¿Queeeeé taaaaaaaal? ¡Sí que hace que no te veía”. Encima del banco, a su lado, varios trozos de fiambre sobre un envoltorio, media baguette y una botella de agua conteniendo vino tinto. Le bromeo. “Jajaja, no te acuerdas de mí, a ver si adivinas quién soy…” Ha bajado muchos enteros desde la última vez que lo vi, hace ya casi dos años. Desapareció de la glorieta un día. Subió a este barrio y aquí se quedo. Él nació cerca de aquí, conoce bien la zona. No me reconoce, ha perdido mucha memoria. La calle le ha pasado una factura muy alta. “Que sí, joder, que sé quien eres, que venías a la glorieta a visitarnos” Insiste, pero no muy convencido. Creo que se puede sentir algo incómodo. “¿No me recuerdas de Casa Abierta? Soy Rafa.” En su cara se refleja el alivio al acordarse por fin y se dibuja una sonrisa cómplice. “Claaaaaaaaaaro, Fernando ‘eldelamoto’, Josefa, Carmelo, ¿cómo no me iba a acordar?” Me enumera voluntarios para confirmar que sabe de qué habla. Ahora está más suelto y relajado. Tartamudea un poco, de vez en cuando se le atasca una vocal y la alarga un poquitín. Su lengua se desata, no hay prisa, la tarde es muy buena, tengo tiempo.

Varios niños juegan al fútbol a nuestro lado utilizando otro banco como portería. El balón pasa repetidamente a nuestro lado con peligro. Esquivo como puedo los cañonazos. Él los justifica: “Son niños…”. En otro banco tres gitanas de negros vestidos les recriminan. A otro abuelo le dan en la frente con la pelota, pero extrañamente ni se queja ni hace amago de hablar. Sigue apoyado en su bastón. Al fondo, protegidas del pequeño proyectil, varias madres con sus carritos de bebé charlan distraídas. Fernando sigue contándome cosas. Le pregunto por su familia, sus hermanos, sus hijos… “Todavía estoy casado con Loli ‘la negra’, me casé con ella para que no la expulsaran y ya no quiere divorciarse ahora”. Compruebo como saluda a muchas personas que cruzan por la plaza, sobre todo a los niños. Dos niñitas de apenas siete años pasan a nuestro lado, Fernando les pregunta: “¿ocho por seiiiiiis?” Ellas se lo piensan un momento, se miran, sonríen y le contestan: “cuarenta y ochooooooooooo”. Me cuenta que conoce a casi toda la gente de la zona, que le ayudan, le dan cosas. Interrumpe la conversación varias veces para saludar por su nombre y con un pequeño guiño también a varios adultos. “Ése es gitano, tiene un bar al final de la calle” Me confiesa cuando ya se ha alejado. Desde la ventana a dos metros detrás de nosotros le saluda una mujer con un niño. “Ésta es ecuatoriana, me ha ayudado mucho este invierno…” Hablamos un poco de todo. Fernando se emociona varias veces. “El otro día el de la carnicería me dijo que era buena persona cuando me daba algunos embutidos para comer”. Varias lágrimas surcan su arrugada cara, se limpia con la manga y poco a poco retoma el hilo de la charla, cambiando de tema. “Un día Fernando, en la Casa, me dejó su moto, estuve una hora por ahí, pero apenas tomé velocidad, la moto es muy grande”. Se ha deteriorado mucho, no hay duda. Su cabeza le juega malas pasadas…

Un niño aparca su bici en la esquina de la plaza más cercana a nosotros. Me extraño, creo que nos vigila. Al menos nos mira con mucho interés. Al rato Fernando se percata de su presencia. Se levanta rápidamente y se va con el chaval de apenas 15 años. “Ahora vuelvo. Tengo que hacer un favor a un amigo”. Me quedo descolocado. No entiendo lo que sucede. Ambos desaparecen por la esquina y no veo donde van. La bici se queda apoyada en la pared, el candado puesto. Pasan varios minutos, no aparecen. De repente he tomado el papel de Fernando, ahora el carrilano soy yo. El embutido, el pan y la botellita de vino a mi lado, la bolsa de ropa debajo de mí. Y la gente que pasa y me mira de manera extraña. Mi indumentaria tampoco ayuda, llevo un chándal viejo y una camiseta. “Qué pena tan joven y cómo ha acabado” parece que piensa una mujer que pasa con varias bolsas de la compra. Empiezo a mirar hacia la bicicleta con cierta ansiedad. Dudo si se fue con el chico en realidad. Aparece por fin y se vuelve a sentar a mi lado. “El chaval, es un amigo, viene casi todos los días”. Enseguida caigo. “Aaaaaaaaaaah, claro, le compras el tabaco, ya entiendo”. Fernando sonríe. “No le dejan comprar todavía, no tiene la edad, me da cinco euros, le compro un paquete y él me regala los cambios”. Curiosa simbiosis la que tienen establecida, pero cada cual cubre su necesidad…

Casi no me deja ir. Me habla del barrio. Me cuenta que recuerda cuando era niño cómo metieron, descolgando con una enorme grúa, el gran depósito de combustible para la gasolinera de la plaza Huesca, que entonces se llamaba “Rocasolano”. Él vivía justo al lado de esa plaza.

Ya va siendo hora de marcharme. Pero aun poniéndome de pie, no para de hablar. Me sigue contando que todavía espera que le llamen para operarse de cataratas que estuvo un tiempo casi ciego, pero al final le operaron un ojo. “Sí y pediste el alta voluntaria de San Juan de Dios . Tuviste mucha suerte con ése médico del clínico: te operó en una semana cuando tardan meses”. Compruebo otra vez que su memoria es casi nula. Él me mira sorprendido, preguntándose cómo sé yo que se fue del hospital al día siguiente de ser operado… “Oye si tienes sitio en Casa Abierta me podrías meter ¿eh Rafa? Ya no estoy para muchos trotes, bueno ahora llega el verano, pero si pudieras…” Tiene ya sesenta y cinco años, lleva casi veinte en la calle, creo que ya es hora de que descanse, pero bueno, él ya estuvo en Casa Abierta y no se adaptó. De momento no hay sitio y como está siempre por aquí, Josefa podrá informarme qué tal va sobreviviendo.

Al fin, con un apretón de manos y la promesa de volver a visitarlo otra vez, me despido de Fernando y me dirijo hacia la avenida de Madrid. Miro el reloj, hora y media estuvimos hablando. Bueno, para el tiempo que hace que no le veía, no es mucho. Cuando bajo por la avenida y paso junto a la plaza Huesca, me quedo mirando el surtidor de la gasolinera que un día funcionaba allí. Sólo queda el esqueleto, apenas unos hierros y varias ruletas numeradas que en su día dieron los litros y el precio. La manguera está enrollada al pie. Es lo único que existe hoy de aquella antigua gasolinera y se ha salvado de la reforma de la Plaza. Creo que Fernando ha sido peor tratado por la calle que ese viejo dispensador… pero los dos todavía aguantan. Blas no está hoy.