domingo, 11 de marzo de 2012

LO MEJOR QUE LE HA PODIDO PASAR

Quería escribir algo sobre Miguel. Porque falleció el pasado día 6. Porque era muy cariñoso conmigo. Por darle un significado a todo lo que he vivido con él. Desde que lo conocí. Desde que Lucía me dijo que le habían avisado de que en la plaza de toros había “uno de los míos”. ¡Como si los tuviéramos en propiedad!, vaya artificios del lenguaje…

En muchas ocasiones tuve muy claro que probablemente muriera pronto. Que aguantaría poco. Se iba deteriorando cada vez más. Cada ingreso y escapada del hospital le pasaban factura y perdía vitalidad, energía y consciencia. Siempre volvía a su sitio: los arcos de la plaza de toros. El lugar era ideal para él. Porque no molestaba ni a vecinos ni a viandantes, aunque dejara sus excrementos cada 20 metros, aunque sembrara las aceras con botellas vacías de cariñena que compraba en la panadería, tres cada día:

-¿Han visto hoy a Miguel?, es una persona que les compra vino y tiene traqueotomía.

- ¡Ah, el “mendi”! No, hoy no lo hemos visto.

El “mendi” lo llamaban, desagradable manera de identificar a una persona, por muy machacada que estuviera, por mucha porquería que arrastrara…

Era muy difícil hacerse entender con él. O que accediera a que le ayudaras en algo. Sólo pudimos bañarlo unas cuantas veces, en las duchas de San Blas. La botella de vino se la dejaba con él, en la ducha, para que no la perdiera de vista, para que se diera un trago de valentía antes de meterse debajo de la alcachofa. Un día aproveché que andaba completamente perdido por la plaza de la Magdalena, lejos de sus habituales derroteros. Iba con dos enormes melones que cargaba con mucho apuro. Como estábamos al lado del Albergue accedió a darse un remojón. Nos dejó los melones de regalo para la cena en Casa Abierta, pero rehusó una vez más la cama que le ofrecíamos.

En realidad solo estuvo tres días con nosotros, en Navidad. Pero se volvió a refugiar, como siempre, por la plaza de toros. Incluso he llegado a pensar que lo hacía como los elefantes cuando van a morir. Buscar un último sitio tranquilo, donde acabar sus días como mejor quisiera y donde menos le molestaran. Vuelta a sus botellas, a sus bocadillos de jamón prefabricados, a dormir entre varias mantas, edredones y montones de cartones…

Algunas veces nos lo encontrábamos tirado en medio de la acera. A pocos metros de donde tenía sus cosas. Incluso en fiestas del Pilar, rodeado de decenas de personas, permanecía tirado como si nada de aquella algarabía fuera con él. Y la multitud tampoco lo veía, al menos aparentemente. Su cerebro se iba quebrando cada vez más y ya ni él mismo entendía cuál era su situación ni quién era él. Solo quería beberse su buen cariñena y me reconocía que si moría allí mismo le daba igual. Tal vez era lo único que tenía claro.

Y casi sucedió así. Murió.  Pero por suerte no falleció en la calle, entre cartones y porquería, de un modo indigno o como un “mendi”. Porque no era un mendigo, jamás pidió. Y por eso su entierro fue apropiado, sin fastos, pero tampoco austero, porque se lo pagó él. Y porque dos docenas de personas que lo conocimos fuimos a despedirle.

Me he dado cuenta que la mayoría de los que se han enterado de su muerte, conociendo como lo conocían y la situación en la que estaba han asumido que es lo mejor que le ha podido suceder. Tendré que entender que para algunas personas, tal y como su situación es extrema y no hacen sino sufrir, la mejor solución es el descanso final. Descanso para él de una vida dura, solitaria y de autodestrucción y descanso para nosotros que lo conocimos, quisimos ayudarle y que nos sentimos impotentes adivinando el final que en definitiva se cumplió.


viernes, 10 de febrero de 2012

TRAPISONDAS

Me he topado con ella varias veces por la parte vieja de la ciudad. Es una mujer de unos cincuenta y pocos años. Creo que es de posición acomodada. Al menos esa sensación me da por su aspecto cuidado y su manera de vestir. Pero, al mismo tiempo, hay algo que no encaja. Acarrea un carrito de la compra forrado con tela a cuadros. También lleva guantes de fregar muy gruesos para protegerse las manos y un delantal de pescadero. El carrito está lleno de comida para pájaros y pan desmigado.

Supongo que fueron sus gestos nerviosos, su frenético ritmo caminando y verla esparcir ese pienso de manera agitada lo que me llamaron la atención. Si no, hubiera pensado que era una señora más que vuelve de hacer la compra. Pero un día estuve observándola unos minutos. Cubría literalmente la plaza de san Braulio con esa mezcla de alimento para pájaros. Parecía una posesa. Miraba todas las esquinas y, a modo de insólita sembradora urbana, iba tapizando de alpiste la totalidad de la plaza, poniendo especial cuidado en aquellos rincones donde ella presumía que los pájaros y palomas buscarían algo que llevarse al buche.

Me dio que pensar. Al principio imaginé que tal vez estuviera un poco trastornada. Pero luego me dije que quién era yo para juzgar cuál era su situación mental. Lo que sí me resulta evidente es que esta mujer había decidido emplear un porcentaje elevado de su tiempo y energías en cuidar a los pequeños gorriones y palomas de nuestra ciudad. El peso del alpiste que transporta indica que el área que cubre no debe de ser reducida precisamente. Además me la he vuelto a encontrar en otras pequeñas plazas de la zona.

Creo que ha hecho de esta práctica un modo de vida. Intuyo que está sola. O su vida esta teñida por la tristeza. No lo sé, tal vez me equivoque. Pero sus gestos, la expresión perdida de sus ojos y su rabioso afán de cubrir de comida cada recoveco de las calles eso me transmiten. Quiero imaginar, y tal vez sea muy osado, que quizá esta buena señora, desengañada de las personas, ha decidido “adoptar” a las aves del centro. Quién sabe. Igual es que todo son cábalas mentales mías y que elucubro demasiado sobre la vida de los demás…

El hecho de saber de esta mujer me hizo recapacitar. Me di cuenta que conozco a más personas en una situación similar a la de ella y seguramente bastante solas también. Pero con una diferencia. Estas personas se apoyan en las personas sin hogar para paliar de algún modo ese vacío relacional que tienen. Más de una vez, al visitar a individuos que viven en la calle me he encontrado con bastantes ciudadanos que, si bien no son personas sin hogar específicamente, sí que comparten bastante tiempo con ellos, ya sea en sus ubicaciones habituales o en cualquier otro lugar de la ciudad, pasando con ellos sus ratos de ocio.

En ocasiones me he tropezado con una de estas personas compartiendo un refresco con “su amigo de la calle” en una selecta terraza de la plaza del Pilar formando una curiosa estampa. El primero con sus más de 150 kgs apenas cabía en la silla del velador y, por otra parte, el aspecto de la persona sin hogar resultaba especialmente llamativo por su clamorosa falta de higiene. Sea como fuere ambos pasaban el rato hablando de manera distendida y natural…

Otras veces, comprobé cómo una persona sin hogar con graves dificultades para andar y que la mayor parte del día estaba sentado en un banco de la calle Alfonso se beneficiaba de que su “amigo ciudadano” le compraba cerveza o bocadillos. Éste se desplazaba en su silla de ruedas eléctrica puesto que su cuerpo también estaba prácticamente paralizado salvo las manos. Aún así, con su pequeño “vehículo”, compensaba las dificultades de movilidad del primero y le proporcionaba cigarrillos, bebida y lo que hiciera falta. Pero, sobre todo, el uno al otro se daban compañía y les unía cierto tipo de amistad. Tal vez eso fuera lo más importante.

He leído mucho sobre las relaciones sociales de las personas sin hogar. En algunos textos se habla de la soledad extrema de este colectivo. En otros se diserta sobre las relaciones entre ellos mismos, poniendo especial hincapié en si los vínculos se crean para autodefensa o por temas relacionados con el consumo de alcohol en determinados contextos. Incluso yo mismo indagué al respecto. Descubrí, que al menos en nuestra ciudad, el trato con los vecinos del entorno donde nuestros amigos suelen habitar es bastante bueno, cuando no muy cordial.

Pero lo que me resulta especialmente interesante sobre esas personas solitarias que he descrito antes es que encuentran apoyo ahí donde se supone que no debería haber nada. Al hablar de personas de la calle, casi siempre se oyen apelativos referentes a un colectivo por lo general estigmatizado, desprovisto de cualquier tipo de “cualidad” y carente de todo interés humano para el resto de los mortales. ¿Quién iba a pensar que hay un pequeño grupo de ciudadanos en nuestra ciudad que realmente llenan sus solitarios días gracias a la compañía que obtienen de los desterrados y olvidados de nuestras sociedad? Parece cumplirse el dicho aquél de que si te crees que estás mal, tal vez debas mirar atrás y comprobarás que hay alguno detrás de ti que está peor…

Yo, cariñosamente, los llamo “trapisondas”. El calificativo no es invento mío. Hace años conocí a una familia compuesta por la madre y tres hijos adolescentes. Se bajaban todas las tardes a pasar las horas compartiendo una pequeña glorieta con cierto número de personas sin hogar que hacían toda su vida allí. Siempre acogían a esta extraña familia con total naturalidad e incluso cariño. Todos juntos formaban un curioso grupo muy bien avenido. Cuando los conocí me llamaron la atención, andaba yo escamado. Un día que no estaban les pregunté a las personas de la calle sobre tan singular familia. Ellos me explicaron quién era ese peculiar clan, me hablaron de su buena relación y de cómo pasaban con ellos gran parte de las tardes del verano. También me dijeron cómo los llamaban:

- ¿Te acuerdas de los tebeos? Había una historieta que se llamaba “La Familia Trapisonda, una familia que es la monda…”. Por eso los llamamos la “familia trapisonda”.

Así, a partir de entonces, a todas aquellas personas muy solas que encuentran en las personas de la calle a un amigo los llamo “trapisondas”… y creo que hay bastantes, voy a empezar a contarlos.

domingo, 5 de febrero de 2012

HOLA ¿CÓMO ESTÁS?



Las condiciones particulares de las personas que viven en la calle no siempre son fáciles de explicar. Ni es evidente entender sus matices. No es sencillo desentrañar cuál es verdaderamente el problema principal en cada caso. Al conocer a cada persona en el sitio de la calle donde pasa casi todo el día, nuestra primera impresión puede no ser la más acertada. Tuve que aprender a hacer un gran esfuerzo de empatía para poder conocer objetivamente cuál era la mejor interpretación de las circunstancias y la problemática más acuciante cuando realizaba mis primeros contactos con una persona sin techo.


Pero, sinceramente, creo que peco de inmodestia al decir que puedo empatizar con una persona que lleva años viviendo a merced de las inclemencias. Comprender íntimamente a alguien a quien la soledad y el miedo hacen que cada día sea una batalla vital no es tarea fácil. ¿Quién soy yo para asegurar que sé algo de cómo vive y siente realmente cada persona que voy conociendo por la ciudad?

Entendí que la ciudad se torna distinta para ellos. Que la dureza les obliga a verla con otros ojos. Ojos de necesidad, de miedo. Deben adaptarse a lo que la calle ofrece para sobrevivir y comprender que, aunque otros muchos estén tan mal como uno mismo, eso no estimula la solidaridad entre iguales. Hay que estar alerta, puede ocurrir que te encuentres con alguien que necesite tus mantas más que tú. O el otro así lo estime. Es igual. Pero te quedas sin mantas y eso viviendo en la calle es una gran putada.

Los espacios donde van aprendiendo a vivir de otra manera y las estrategias diarias para subsistir se graban en los cuerpos y aturden los sentidos. Siempre me repito, para que jamás se me olvide, que la persona que vive en la calle es ante todo un ser como yo, con carne, músculos y nervios. Pero también tiene un alma que sufre. Lo hace en silencio y buscando la invisibilidad entre la multitud de la ciudad.

I

- Hola Henry, ¿cómo estás?

- Me quierrrrrro morrrrrir, Rafa

Me lo suelo encontrar en un banco del centro de la ciudad. Su aspecto le impide pasar desapercibido. Mide casi dos metros y es de complexión muy fuerte. Tiene el pelo y la barba muy largos, completamente blancos, parece un extraño Papá Noel con cara de pocos amigos. Coloca su bolsa de deporte verde con todas sus pertenencias debajo del banco y el cartón de vino blanco disimulado en un seto cercano. El trato con él es difícil, es muy huraño. Tajante y brusco con el poco español que maneja. Lo conocí en el hospital, compartía habitación con un usuario de Casa Abierta. Por eso me acepta sin demasiadas pegas. Me pide dinero para una barra de pan. Yo sé que es para otro cartón de vino.

Ha pasado largas temporadas ingresado en el hospital. Tiene graves problemas de corazón. Pero luego no toma nada de medicación. Cuando ha estado alojado en el Albergue Municipal ha creado problemas la mayoría de las veces, bien por su difícil carácter o porque realmente la cabeza ya le juega malas pasadas. Bebe muchísimo, y eso hace todavía más difícil el trato con él. Además, apenas habla nada de nuestro idioma… No sé que proponerle realmente, creo que es una de las personas con una situación más difícil de abordar de las que he conocido.

Un día apareció por la portería de la Parroquia. Me avisaron porque era “uno de los míos”. Lo encontré llorando como un niño. Había venido andando desde la plaza cercana donde dormía, calzado sólo con sus calcetines. Le habían robado los zapatos. Es duro imaginar cómo pudo sentirse andando descalzo en invierno por la calle, completamente desolado e impotente, buscando que alguien le solucionase algo tan básico como el calzado… Y él no era precisamente frágil, o al menos eso pensaba yo hasta aquel día. Al menos pude encontrarle unos zapatos.

Hace unos meses me enteré que un compatriota suyo le pagó el billete de autobús y se volvió a su país. Creo que ha sido la mejor solución para él, así estará en un entorno más amable con él y podrá expresar y compartir algo más que su deseo de morir de una vez.

II

- Hola Tomás ¿cómo estás?

- ¡Razonablemente bien, Rafa!

Me contesta mirándome por encima de unas gafas de leer mientras hojea el periódico con las ambas manos. A su lado, sin ningún disimulo, hay una botella de ginebra y una de limonada que clarea revelando su contenido mezclado. Está sentado en el suelo apoyado contra un parterre, tapado con varias mantas a modo de extraña sirena. Se mantiene erguido de una manera casi inverosímil. Yo sé que debajo de esas mantas pululan infinidad de gusanos, puesto que, como casi siempre, lleva semanas sin moverse del sitio absolutamente para nada. Pero el no quiere darse cuenta y la ginebra le ayuda a ello. Cuando la situación sea ya insostenible, sus compañeros llamarán, como en otras ocasiones, a una ambulancia, antes de que los bichos devoren sus piernas. Y las auxiliares del hospital volverán a ganarse el cielo ante semejante despropósito.

Llaman la atención sus ojos muy azules, su perenne sonrisa y su conversación inteligente. Me habla con interés desgranando las noticias que le interesan del periódico del día. El olor a tinta fresca contrasta con el que se desprende de debajo de las mantas. Dice que es ingeniero, lleva meses contando que tiene intención de montar una agencia de traductores puesto que maneja varios idiomas. Hace sus cábalas de cuánto le va a costar y cuánto tiempo tardaría en tener beneficios.

En ocasiones tiene un cuenco de plástico delante de él que sus compañeros colocan para obtener algunas monedas. El carácter afable de Tomás, su buena educación y su sonrisa son el mejor marketing para que el recipiente se vaya llenando poco a poco cada tarde. Él no necesita pedir, tiene dinero, pero permite esta farsa porque sus compañeros también le hacen todos los mandados.

Al final el juez decretó que fuera ingresado en un centro psiquiátrico porque era lo mejor para él. ¡Y vaya que sí lo era! Ahora sí que está razonablemente bien, ¡por fin!

III

- Hola David ¿cómo estás?

- Jo-ri-ro pero contento.

Esta manera de contestarme ya anticipa mucho. Es muy listo. Su sonrisa resalta más al contrastar con su negra piel. Es de Gambia. Conozco su verdadero nombre, pero todos le llaman David. Tiene problemas en una pierna, cojea de manera acusada. Él dice que es de una agresión, pero sé que se trata de un accidente laboral. Lo vi en un informe que me enseñó de cuando estuvo en el hospital enfermo de los pulmones. Se cayó de un andamio cuando trabajaba en una fábrica de un pueblo cercano. Lleva muchos años en España y ha trabajado de todo un poco.

He quedado repetidamente con él para que se mirase si tenía la tuberculosis activa. Pero nunca acude. Dos voluntarios de Casa Abierta lo visitaban con relativa frecuencia. Algunas veces incluso le llevaron sacos de dormir y ropa, pero él los vendía. Siempre tiene una botella de limonada con vino blanco mezclada debajo del banco. Es la única persona de la calle que toma “calimocho blanco”. Creo que es por guardar la imagen que quiere aparentar ante los ciudadanos que lo conocen.

Salió en los periódicos repetidas veces. El dueño de un bar se tomó muy a pecho el asunto de sacar a David de la calle y estuvo haciendo una colecta entre todos los vecinos del entorno, para que, además de darle comida todos los días, le pagaran el viaje de retorno a su país. Y lo consiguieron. Editaron una página entera donde el dueño de aquel bar contaba muy orgulloso cómo habían conseguido sacarle de su dramática situación.

Me di cuenta de que lo que les había contado era casi todo invención suya, siempre fue muy hábil en eso. Pero al menos también solucionó su precaria situación y volvió, según contaba el diario, con su madre a su país. Lo malo de todo esto es que los que trabajamos con estas personas sentimos que nuestro trabajo se desestima, pero bueno, al final te acostumbras. Reconozco que sí he pensado seriamente en invitar a café en ese bar a varios de la calle cuya situación es bastante delicada a ver si tienen suerte y este señor y sus vecinos les ayudan en alguna medida… Hay muchos más que están jo-ri-ros durmiendo en la calle.

lunes, 4 de julio de 2011

EL CATEDRÁTICO

Cabeza calavérica, profundas sienes. Tez morena y agitanada, bigote señorial, afeitado de galán. Pose tranquila, piernas cruzadas, ojos traviesos, mirada pícara y llena de vida. Manos nerviosas colocan y recolocan los anillos que engalanan sus dedos ágiles e inquietos. En el cuello varias cadenas, sólo una de plata, un regalo, el resto, bisutería. Vestimenta impecable, zapatos deslumbrantes, camisa azul marino, planchada y limpia, pantalones siempre negros, la raya perfectamente recta. Y una pequeña bolsa roja de tela para guardar lo indispensable: una manta para la noche, una radio, un ferrari rojo de juguete y betún para los zapatos, porque todos los días hay que limpiarlos. Clase, elegancia, raza, chulería madrileña con gracia.

Le pido permiso para sentarme a su lado, me invita a hacerlo abriendo los brazos y cabeceando con resignación y sonrisa cómplice. Sé que no me va a rechazar. Hace ya muchos años que nos conocemos y han sido cientos las conversaciones que hemos tenido. Preveo otra de nuestras pláticas. Compro dos latas de refresco, el verano empieza a caldear las tardes. La charla surge sola, fluye suave:

- Menuda tormenta hubo anoche, ¿no la oíste? Tuve que irme del portal aquel donde duermo y refugiarme en una marquesina –me comenta con naturalidad su última peripecia nocturna señalándome el sitio.

- Ya has agotado los días del Albergue y del Refugio –afirmo sin buscar confirmación.

- El del hotel de enfrente me saca todas las noches un bocadillo, pero hasta la una y media paso hambre. Ayer vino una niñita rubita, creo que extranjera. Era una niñita preciosa. Yo estaba dormido, tiró de la manta para despertarme y me dio una moneda de dos euros. Estiré la cabeza y vi a sus padres sentados en una terraza, sonriendo. Les saludé con la mano.

- ¿Cuánto tiempo te quedarás por Zaragoza? Hay temporadas que no te veo.

- En cuanto cobre la doble me compraré una cruz de plata que me hace ilusión y luego me iré a Galicia. Allí puedo estar en varios albergues y no dormir en la calle por lo menos durante dos meses. Si me lo monto bien puedo alquilar una habitación con TV por 150 € y comer en un comedor. Lo malo es el billete de tren que cuesta una pasta.

- ¿Y no te cansas de estar de albergues? Eres ya un poco mayor para esos trotes –pongo el dedo en la llaga aunque no quiero molestarle.

- 75 años ya. Metí la pata al irme de la residencia, ¡anda que no me he arrepentido veces! –me responde tranquilo, sincero y resignado.

- No le des más vueltas. Agua pasada no mueve molino –no fui el único al que no le sorprendió que se tirara a la calle otra vez. Un perro vagabundo y resabiado no se vuelve casero por muy elegante que sea la caseta…

- Una noche, me emborraché y volví a las 5 de la mañana a la residencia. Me cogió el director y me pasó a su despacho. Le dije que me había ido de putas, que entendiera que yo tenía mis necesidades. Me readmitió por sincero. ¡De putas! ¡Jajaja! ¡A mis 75 años! Pero si en ese pueblo no había nada y yo ya no estoy para muchas filigranas.

- ¡Anda que no sabes! Y se lo tragó, claro, como tú no tienes labia –ironizo.

Llama a voces y levantando la mano a un amigo que pasa distraído delante de nosotros. Aparenta unos cuarenta y muchos, su aspecto es normal, nada que me haga desconfiar. Intercambian unas frases de colegueo, ignorándome durante unos minutos. Cuando se va me confiesa que su amigo se dedica a reventar cabinas con una ganzúa. Es muy bueno y discreto en su trabajo. Pero como le pillen le pueden acusar de robo continuado, se tragaría todo lo que ha levantado de golpe. Menudo marrón, ya puede tener cuidado. Me habla de otra gente. De su amigo al que tiraron al río desde el puente de hierro, que se pegó dos meses en coma: “Se juntaba con gente muy rara, no me extraña”. Le pregunto por aquel chico joven que vivía por la Magdalena, un tío alto, con botas de piel de serpiente, que iba siempre de la mano con su madre anciana y diminuta: “Les han embargao la casa, él vendió todo. La madre está con otro hijo, él está recogido en no sé qué centro”. Los conoce a todos.

La tarde avanza, el reloj de la Seo marca las 7.30 de la tarde, llevamos un buen rato hablando. No hay prisa, los silencios no son incómodos, saltamos de un tema a otro. Asuntos triviales, experiencias valiosas, cosas de la vida. Una existencia vivida plenamente, al límite, muchas veces bordeando el acantilado. Pero con desparpajo, insolencia y decisión, sin mirar atrás, asumiendo la propia insensatez.

También hay lugar para la risa. Revivimos cuando estuvo en el hospital ingresado por la tuberculosis. Tenía que llevar mascarilla y también las visitas.

- Pesaba lo que pesa un pollo, Rafa, mira que me quedé delgao -me recuerda gracioso-. Y la auxiliar duchándome en el baño de la habitación, los dos con mascarilla y yo que le digo: parecemos el guerrero del antifaz, señorita. Por poco nos caemos los dos en la bañera del ataque de risa que nos dio.

Yo aprovecho para traerle a la memoria aquel día que le acompañé ante el juez por una orden de alejamiento con multa:

- ¡Y tú que no conocías a la denunciante! ¡Jajaja! -me burlo de él.

- Joder, Rafa, que era la vecina de mi novia. Que cuando me emborrachaba y me iba a su casa para insultarla, siempre me equivocaba y me metía con la vecina de al lado. Los tenía a ella y al marido hartos de mis borracheras. Hasta que me sacaron fotos y me denunciaron -me justifica asombrado. Aun no se explica cómo pudo confundirse tantas veces de puerta.

- Por cierto ¿qué vida lleva tu novia?

- Hace poco tuve que ir otra vez a declarar. Esta vez sí que era por una denuncia suya. Me acusaba de hacerle vudú. ¿Tú te crees? Yo me levante y le dije al juez: Mire usté señoría, esta sala debe saber que esta señora miente como una serpiente y además toma pastillas. –No puedo evitar imaginármelo hablándole muy digno al juez mientras me lo cuenta. No paramos de reírnos durante un buen rato.

- Son casi las nueve, uf, tengo que irme, se me ha pasado volando la tarde, me la has arreglado, no sabía qué hacer –le confieso.

- Y tú a mí, no te creas, que yo aquí solo me aburro mucho. –contesta con total franqueza.

- ¿Qué es lo peor de estar en la calle? ¿La soledad? – aprovecho la despedida para cambiar bruscamente de registro y volver a hablar de la vida.

- La soledad es muy mala, Rafa, pero lo peor es vivir y dormir en la calle. La gente se da al cartón de vino para luchar contra la soledad. Porque, al final, el cartón de vino es el único amigo que te queda. Por eso la gente se tira al cartón. La calle te mata lentamente. Pero fíjate yo ya no bebo… -Me lo creo, se le nota, todavía está fuerte, aún aguanta durmiendo al raso, parece increíble. Si bebiera no duraría dos semanas. Y él, que es un sabio en lo suyo, lo asume.

Aprieto fuertemente esa mano huesuda. Me siento afortunado de haber podido compartir casi tres horas con un personaje, un catedrático de la vida, de la astucia y de la entereza. Un especialista de la calle que me trata de tú a tú. Cuando se le escucha con atención se percibe una mezcla añeja de humildad, resignación, sabiduría y picardía… mucha picardía, nacida seguramente del instinto de supervivencia y de su sangre gitana.

Un día quise aprovechar su saber y me confesé con él:

- Oye, Emilio, ¿tú cómo sabes cuándo estás enamorado?

- Por los celos, Rafa, por los celos. Si sientes celos, date por jodido.

Sabia respuesta.

lunes, 13 de junio de 2011

LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE HENRYK



Como me suele suceder en muchas ocasiones, nunca me decidía a entablar una primera conversación con Henryk. Aparte de mi habitual precaución antes de conocer a una persona sin hogar, en este caso había más elementos que me impedían iniciar un contacto en la calle con él. Periódicamente me lo encontraba muy bebido por el Arco del Deán, ya a tempranas horas de la mañana. Muchas veces tenía la cara llena de heridas producto de sus borracheras diarias. Su amplia barba y pelo despeinados, su corpulencia de oso y verle en ocasiones semidesnudo vistiendo parte de un pijama de hospital, realmente me impresionaban. Máxime cuando siempre iba alborotando frases ininteligibles en polaco acompañadas de extraños gestos al aire. Algunos días incluso increpaba a los viandantes de la plaza de la Seo, tambaleándose y guardando el equilibrio a duras penas. Ni siquiera que yo conociera a su grupo de compañeros, también del este, con los que compartía cartón de vino matutino, hacía que me sintiera con ánimos de intentar acercarme a él y conocer algo más de Henryk.

Me volví a encontrar con Henryk de nuevo semanas más tarde pero esta vez en una situación muy distinta. Estaba ingresado en el Hospital Provincial, seguramente para recuperarse de las consecuencias de alguna de sus habituales caídas. Compartía habitación con otra persona de la calle. A mi me sonaba su compañero, pero yo no caía quién era. A veces me ocurre que conozco las caras pero son tantas las personas de la calle con las que he tenido trato que me resulta difícil saber quién son en realidad. En este caso la solución era fácil. Estábamos en un Hospital, así que llevaba una cinta identificativa atada a su muñeca. Tras perdirle permiso, leí su nombre: “Jesús G. S. ¡Joder, pero si tu estabas muerto!” Me salió sin pensar. Se trataba de un antiguo inquilino de Casa Abierta, del cual habíamos perdido toda referencia y al que la gente de la calle daba por fallecido. De ahí mi gran sorpresa al identificarlo y comprobar, ahora mirándole con otros ojos y reconociéndolo, que era él, uno de los primeros ocupantes de Casa Abierta, y tal vez el que más me impactó cuando empecé mi labor allí.

Pasado este pequeño suceso, aproveché para ver si podía conocer algo más de Henryk, que, sentado en cuclillas sobre su cama y con cara de divertido, había observado mi gran metedura de pata con su compañero. No fue fácil entenderme con él. No hablaba nada de español y solo nos comunicábamos por gestos. Hubo un momento en el que hacía ademán como utilizando una guadaña con la que segara un campo imaginario de alfalfa, al tiempo que repetía: “!Pracy, pracy!”. Al principio no lo entendía, pero enseguida caí: “¿Trabajo? ¿Eso es lo que necesitas, verdad?” El asentía y repetía el mismo gesto y la misma expresión “¡Pracy, pracy!” contento de que al final hubiera entendido sus efusivos movimientos y expresiones en polaco. Después de haber estado un rato hablando con los dos, me despedí. Primero me disculpé con Jesús por mi grave falta de tacto. “No importa, no importa” decía él con ese personal gesto de desgana que todavía conserva. Por su parte, Henryk se despidió de mí con un efusivo apretón de manos y regalándome una amplia sonrisa. Yo abandoné doblemente contento el hospital. Por un lado había vuelto a encontrarme con Jesús, una persona que creía que lamentablemente había fallecido. Por otro, había conseguido quitarme la espinita de hablar, o más bien hacerme entender mínimamente con Henryk, a quién conocía desde hacía meses y con quien nunca me había atrevido a conversar.

Semanas más tarde, volví a encontrarme con Henryk. Se encontraba como casi siempre al lado de la marquesina de la plaza de la Seo, no iba muy borracho, pero sí que se había separado un poco de su grupo de compañeros que muy tranquilos estaban sentados en la marquesina, bebiendo. Él cantaba alegremente alguna canción de su país. Puesto que en mi visita al hospital había tenido oportunidad de conocer su nombre verdadero impreso en aquella cinta de su muñeca y ya sin miedo, al comprobar la campechanería y la simpatía con la que me trató en aquella ocasión, me atreví a llamarlo desde unos metros de distancia. Alzando mi mano, sonriendo y gritando su nombre y apellido, intenté llamar su atención: “¡Henryk, Henryk! ¡Henryk Klimek!”

A él le cambió repentinamente la cara. Pasó de estar cantando feliz a poner un semblante serio y aparentemente frío y se dirigió rápido hacia mí. Confieso que al principio me asusté, pero no tenía motivo. Él me agarro firmemente mis manos y entre sollozos comenzó a repetir incesantemente su nombre y apellido y darme las gracias sin parar y sin dejar de apretarlas y acariciarlas en señal de agradecimiento. Era increíble como mostraba su gratitud. Solo por el hecho de haberle llamado por su nombre y apellidos, suceso que entonces comprendí hacía bastante tiempo que no le había sucedido. Ahora, al sentirse identificado por su nombre de toda la vida, al volver a oír su apellido que no había sido pronunciado desde hacía mucho, entre lágrimas de emoción intentaba compensarme por haberle devuelto un poquito de su identidad: la que le proporcionaba su apellido polaco.

Me pareció muy doloroso entender que muchas personas que viven en la calle pierden, no sólo sus pertenencias materiales y sus relaciones familiares sino su misma identidad, su misma percepción, su propia consciencia, su propio apellido. Me sentí sinceramente impotente y torpe al haber estado manejando, sin saberlo, un elemento de importancia vital para esta persona: su nombre propio y su apellido. A partir de aquel día siempre procuro conocer al menos el nombre y si puedo algún apellido cuando me encuentro con una persona nueva de la calle. Y, cuando vuelvo a coincidir, me acuerdo de Henryk y procuro llamarlo en tono amable por sus apelativos personales. Tal vez es lo poco que yo le pueda dar, pero por lo menos quiero que sepa que yo sé quién es realmente, que para mí no es una persona más de la calle.

Radio Macuto me dijo que la policía se llevó a Henryk a Tudela para que dejara de molestar por las calles del centro. No sé si será verdad. Lo cierto es que no he vuelto a verlo desde hace mucho. Cualquier día me doy una vuelta por esa ciudad a ver si me lo encuentro gritando por las calles del centro para, simplemente, volver a llamarlo y decirle: “Hola, Henryk Klimek ¿Qué tal estás?”

lunes, 30 de mayo de 2011

EL MALDITO CARIÑENA










¿Dónde estoy? ¿Qué día es hoy? ¿Dónde dejé anoche el vino? Seguro que guardé algo para hoy, ¡seguro!, ¡algo quedaría! ¿Qué voy a hacer si no? No está Ernesto, se ha ido. El muy capullo, seguro que ya se está buscando la vida para comprarse algo para desayunar. Y no me ha esperado, ayer sí que se juntaba conmigo ¡claro, como yo tenía dos cartones! A ver ahora cómo me levanto yo, no puedo moverme, me duele todo. Mi cabeza parece que vaya a estallar, maldita ansiedad, no la soporto. Y estos putos temblores… no puedo ni siquiera encender un cigarro ¿Por qué no me guardaría algo de vino por ahí entre los setos? Seguro que si miro bien lo encuentro, ¡algo tiene que haber!

Al menos aquí en el parque nadie me ve cómo me levanto y ya hace días que no me roban los cartones y las mantas, mientras no llueva y se me jodan… ¿Qué pasaría anoche? Tengo todo el pecho lleno de moratones y un labio partido. Seguro que me caí de bruces por ahí. No recuerdo nada. No creo que me pegaran, nunca me meto con nadie. Pero caerme… ¡anda que no me he caído veces! Aún me duele la brecha que me hice en la cabeza aquella noche de tormenta que se fue la luz justo cuando bajaba las escaleras del parque. No se pueden hacer mezclas con el trankimazin, porque luego pasa lo que pasa. Mira que di vueltas y vueltas, no sé como no me maté al darme con la barandilla. Pero tengo la cabeza dura. Ernesto entonces sí que se portó bien, me cuidó durante dos días, tumbado entre los setos, tapado con la manta, con un parche de vino en la cabeza, para desinfectar…

Tengo que beber algo. No aguanto más. He contado las monedas que me quedaban en el bolsillo. Si sumo los céntimos me llega justo para dos cartones. De momento, no necesito más, luego ya veré. Ahora lo que tengo que hacer es ir al súper. No sé si tendré fuerzas para llegar allí. Si estuviera Ernesto iría él. Me ha dejado tirado hoy. Pues un cartón lo pienso esconder y no le diré nada, que se joda…

Me voy a ir mejor a la tienda de ultramarinos, allí también tienen vino y está más cerca. Aunque al tío de la tienda le molesta que le vaya solo con monedas pequeñas, pero siempre le pago, ¡siempre! El día que tenga para comprarme una botella de ginebra se va a enterar. ¡Uf, ginebra! Qué bien me vendría ahora para el estómago y no este maldito vino barato que no hace más que joderme las tripas.

Tengo mucho miedo. Me parece que todos me miran mal. Pero no voy tan sucio, sólo la barba y la cara roja. Me duché anteayer en el Albergue. Esta ropa me tiene que durar dos semanas por lo menos y aún tengo dos calzoncillos en la mochila, casi para un mes… “Sí, déme dos cartones de rosado, del barato, gracias”. Ya lo tengo en la mochila, luego rellenaré la botellita de agua para disimular más. Que no se vea. ¡Qué vergüenza si me viera alguien! Un día me encontré con Miguel, mi amigo de cuando éramos críos. No me dijo nada, pero su mirada lo decía todo. ¡Yo no tengo la culpa! ¡Qué más quisiera yo que no tener que beber y estar mejor de lo que estoy! ¡Claro que sé que tengo que dejar de beber! ¡Vaya novedad! Ya lo hice, menudo delírium que pillé. Estuve tres días debajo de la cama creyendo que me querían matar, viendo búhos, serpientes y escolopendras en procesión. Pero lo peor fueron los reproches, que “fíjate tú cómo has acabado”, que “¿cómo no te da vergüenza?”. Pues claro que me da vergüenza, mucha, pero yo sólo no puedo, no pude, me tuve que tirar al monte otra vez. Sólo aquella asistenta, Clara, era la única que me escuchaba y me creía: “Imagino que sufres mucho Juan Carlos” me decía… “Sé que vives un infierno”.



Voy a beberme sólo un cartón de momento. Luego tengo que buscar un sitio para hacer de vientre cerca. Lo tengo cronometrado, en una hora, el vino tal y como ha entrado sale disparado, dejándome completamente vacías las tripas. No puedo hacérmelo encima, ¡eso nunca, no lo soporto! Voy a bebérmelo despacio. Sólo diez tragos esta vez: uno, dos, tres, cuatro, cinco… Ya tengo el pulso mejor, ya puedo rellenar la botella de agua, pero primero otros diez tragos: uno, dos tres, cuatro… Menos mal que me voy calmando un poco.

En cuanto acabe con este cartón me pondré a pedir algo, ahora no tengo valor, no soporto esas miradas cuando me dan una miseria. Y encima me cascan que no me lo gaste en bebida. Ya les diría yo: “pero señora si no bebo es que no me puedo ni levantar, ¿qué se cree?”. No. Mejor me callo, que si no igual no me dan nada y por la tarde tendré que comprarme por lo menos 3 cartones más y comer algo, aunque sea media baguette. Igual Ernesto también ha conseguido algo. Si no aparece seguro que tiene para pasar el día, como para esperarle a ver qué trae.

No quiero ir al comedor. La comida es buena, pero no soporto estar allí, no quiero acabar como ellos, yo no soy como ellos, lo mío es distinto, me lo dijo la asistenta, mi problema es que estoy solo. Claro que mi chica se fue, ¡cómo no se iba a ir!, no había quién me aguantara, a mí y a mis borracheras. Pero yo ya le había advertido: “mira que esto va para peor, mejor será que te vayas” Al final claro que se fue, ¡cómo no se iba a ir!, en el peor momento, cuando más la necesitaba. Pero a ver, yo solo ¿cómo salgo de esto?

Creo que debo ir algo borracho ya: me he tropezado dos veces camino del parque. Voy a sentarme un rato en aquel banco, aun puedo beberme toda una botellita llena de vino, lo justo para darme ánimos y tumbarme toda la tarde a dormir. “Hola chavalín, ¿cómo te llamas?” Qué majico el crío, aunque al padre no le ha gustado nada que el chiquillo me sonriera, será capullo. Lo que daría yo por tener su vida. Pero ya todo me da igual…

Todos los días me pasa lo mismo. Por la mañana, cuando me levanto quiero morirme y por la tarde, a estas horas, cuando el vino, el maldito cariñena, ya ha hecho su efecto, todo me da igual: morirme o vivir; mañana o pasado mañana; que me miren con reproches o que me ignoren; cagarme encima o ir limpio; que ella se fuera, tener que pedir con mentiras para matar la ansiedad, estar solo, estar con Ernesto... Nada importa. Sólo que todavía me queda un cartón de vino y que me mantengo en pie. Lo demás ya iré viendo cómo lo soluciono.

Maldito cariñena”, ¡jajaja! Ya no me acordaba que así lo llamaba mi tío Enrique, que tanto me quería y que sí me entendía. ¡Vaya que si me entendía!: “A ti lo que te pasa es que tienes el alma enferma, Juan Carlos, muy enferma, lo demás es fácil”…

viernes, 28 de enero de 2011

A LA CIUDAD LE FALTA ALGO

A la ciudad le falta algo. Lo he notado. Y no soy el único. María Pilar, Juan Carlos, Elías, también me lo dicen. Desde hace unas semanas, cuando paseo por el centro de Zaragoza, siento su ausencia. Me fastidia reconocerlo, pero es así. Ya no puedo encontrármelo en uno de esos bancos donde habitualmente se sentaba a leer su periódico deportivo o a tomar el sol. Formaba parte de la ciudad, de su esencia, de su alma, de su cuerpo. Ahora lo sé. Ahora que no me lo encuentro, ahora que lo echo de menos… tanto.

Me daba fuerzas para salir, para buscar a otros, para entablar primeros contactos con semejantes a él. Porque tal vez me lo encontrara esa tarde. Porque siempre podía hablar con él. Reírnos juntos, pasar largos ratos hablando de todo y de nada. Siempre me preguntaba por mis padres, por mis hermanos, por mis canas. Siempre me llamaba por otro nombre, pero ponía el mismo cariño al utilizarlo que si fuera el mío. Eso es lo de menos.

Fui un privilegiado por conocerlo. Al principio me costó acercarme a él. Me daba recelo su aspecto. Luego, desde la primera vez que me senté a su lado, comprendí que no había por qué. Que era especial. Un perro muy viejo, muy listo. Pero tan cariñoso además. De vez en cuando dejaba que lo duchara en el Albergue. Y nos reíamos tanto… Viendo cómo sus calcetines se mantenían de pie por la mugre. Frotándose con un estropajo como esponja, pero sin parar de reírnos. Luego posaba muy digno y espigado para que le sacara una foto, todo orgulloso. “¿A que estoy guapo, Jose?

Claro que bebía cerveza, pero sin abusar. También refrescos. Fumaba colillas cuando no había otra cosa. Tenía especial devoción por el café con leche. Muchas veces me invitó a uno. Y pasión por los mecheros, varios puñados llenaban sus incontables bolsillos.

Era lisonjero y pícaro. Tenía esa gracia natural que tienen las personas sin armadura, sin falsas intenciones, sin maldad. Y no es lo normal para un alma que llevaba decenas de años errando por las calles. Sin sitio fijo para dormir. En cualquier rincón. Siempre acostado sobre su lado derecho, acurrucado, sin mantas, sin nada que le hiciera de almohada.

Era simpático, afable. Por eso tenía tantos amigos. Gente de la calle: muchos. También gente de la ciudad: incluso más. Y seguro que todos lo echan de menos. Tal vez todavía no lo saben, pero seguro que lo notarán.

Ya no podremos verlo con su gorrito de Papa Noel y su bufanda del Atleti, para ir a juego. O con aquel sombrerito de mujer que le hacía un palmo más alto y un abrigo de piel, también de mujer, también a juego. Nunca se sintió mal por su aspecto. Al revés, siempre ufano, presumía cuando le preguntaba por su última vestimenta que algún amigo le había facilitado. Justo lo necesario para otros meses más. Eso no importaba…

Me equivoqué. Pensé que aguantaría varios años más en la calle. Que aún quedaba tiempo para que quisiera salir y ocupar esa cama que muchas veces le ofrecí. Pensé que un año más no sería demasiado, que este invierno tampoco era mucho más frío que tantos otros que había soportado. Pero me equivoqué. Uno más sí fue excesivo. Uno más que ya no aguantó. Y me duele, todavía no lo entiendo, no lo acepto, no me resigno.

No pude despedirme de él. Lo andaba buscando, pero cuando lo encontré ya era tarde. Falleció el día 21 de enero de una neumonía y se llamaba Toñete. Que lo sepa la ciudad, que se entere…

viernes, 31 de diciembre de 2010

LA CÁRCEL


Hubo un tiempo en que coincidíamos a desayunar en el mismo bar. Venancio solía acudir allí, no porque le quedara cerca de donde dormía, sino por que conocía a su dueño, Raschid, desde hacía muchos años. Además, según él, era mucho más barato que otros bares. Quizá por economía o tal vez por encontrarse a gusto en un sitio donde era conocido y apreciado, todas las mañanas se daba una buena caminata. Cargaba con su enorme y pesada bolsa de deporte al hombro, desde el escondido e inconfesable rincón de la ciudad que le daba cobijo cada noche hasta nuestro lugar de encuentro matinal. Jamás supe con certeza qué ubicación concreta de la calle utilizaba como dormitorio. Era el mismo sitio desde hacía muchos años. Venancio nunca me lo especificó y yo tampoco quise averiguar más. Sentía que no quería revelarlo y yo lo respetaba.

Para mí, ese bar era el más cercano a la parada donde todas las mañanas cogía el autobús para bajar al Albergue. Venancio siempre pedía un carajillo de coñac para deshacerse del frío de la noche. Yo me tomaba un cortado para diluir mi habitual embotamiento de las primeras horas del día. Un día pagaba él. Al día siguiente pagaba yo. Apenas nos daba tiempo a mantener una conversación decente. Yo siempre salía de casa con el tiempo justo para tomarme ese café en compañía de Venancio y que no se me escapase el autobús de las 7.35.

Algunas mañanas, Venancio me contaba alguna pequeña historia. En ocasiones, algún suceso reciente referente a otras personas de la calle. Otros días, me obsequiaba detallándome trances que él mismo había vivido. Venancio era sobrio con las palabras, me explicaba las cosas como quitándoles importancia y nunca hablaba por hablar. Transmitía tranquilidad con sus maneras, con su tono, con ese modo que tiene de expresarse mirando al infinito, sin tan siquiera sugerir con un leve gesto ningún afecto con lo que estaba relatando. Siempre hablábamos entre prisas, entre el ir y venir de gente, normalmente sentados en la barra, al lado de la puerta de ese bar, que no dejaba de abrirse y cerrarse.

Así, un buen día, me confesó que había estado muchos años en la cárcel, que había matado a dos… ¡Y yo apenas si me di cuenta de la magnitud que tenía lo que Venancio me había confiado de esa manera tan espontánea! Quizá fue por esa aparente despreocupación con la que se comunica o tal vez porque mis interlocutores de la calle y sus historias son un privilegio del que no siempre soy consciente. No lo sé…

Lo cierto es que enseguida comprendí mi gran error y quise subsanarlo. Necesitaba conocer la historia completa. Pero ya no tenía la suerte de desayunar con él cada mañana. Su amigo Raschid traspasó el bar a unos chinos cuando se jubiló. Venancio ya no tenía interés en darse cada día un largo paseo para nada. Así que cuando me juntaba con él, en las duchas del Albergue o a la puerta del Comedor de la Parroquia del Carmen, le decía que teníamos pendiente tomar un café, que me gustaría hablar con él con calma. No quería presionarle ni mencionar para nada aquel trascendental y secreto episodio. Creí mejor dejar que fuera el azar quien nos volviera a juntar para conversar tranquilamente que imponer de ninguna manera un relato precipitado, forzado e incómodo, en mitad de la calle o en el patio del Albergue. Además tenía que ser él quien decidiera contarlo. No me sentía yo capaz de pedirle que me dijera cómo y porqué había ocurrido aquella fatal experiencia.

Pasaron muchos meses hasta que coincidimos bajando las escaleras del Albergue un frío sábado de invierno. Yo me iba a dar una vuelta por la ciudad a ver si encontraba a Miguelete, lo andaba buscando hacía días. Él, según me dijo, se subía a la Parroquia a saludar a sus amigos y pasar un rato con ellos. Ahora estaba alojado en el Albergue y también comía allí, pero muchos días por la mañana se acercaba a pasar un rato con sus habituales compañeros del comedor.

- Tenemos un café pendiente –le recordé, viendo que el momento podía ser el adecuado. Llevábamos la misma dirección y yo tenia la mañana sin prisas.

- Me tendrás que invitar tú, Rafa, porque yo estoy “indigente” –contestó con su habitual tranquilidad, sonriendo y señalando con un gesto de sus manos sus bolsillos vacíos. Tanto él como yo sabíamos el significado de irnos juntos a tomar ese café. Yo tenía ganas de escuchar su historia y él de contármela. Siempre supo que detrás de mi intención de tomar un café y charlar con él estaba mi deseo de conocer su testimonio y desgranarlo tranquilamente.

Nos dirigimos hacia el centro de la ciudad buscando una cafetería tranquila, enseguida nos pusimos de acuerdo en entrar en un café conocido por ambos a los pocos minutos de emprender la marcha. “Es un poco caro, pero como pagas tú…”. Empezamos hablando de todo un poco, de fútbol, de otras personas de la calle, del Comedor del Carmen... Yo no tenía intención de sacar el tema de la cárcel ni de sus crímenes. Sabía que él, tarde o temprano, me empezaría a hablar de ello. Después de tomar el café y quitarnos un poco de frío del cuerpo decidimos seguir nuestro paseo hasta la Parroquia.

En la esquina de la calle Cádiz con el Paseo Independencia nos detuvimos a saludar a José “el portugués”. Estaba sentado pidiendo como siempre, utilizando como reclamo un pequeño cachorro de perro, sentado delante de él, en una mesita, tembloroso, tapado con una mantita sujeta con una pinza. Todo bien estudiado para inspirar ternura a los viandantes.

- Buenos días José ¿Cómo va la mañana? –le saludamos ambos a la vez.

- Bueno, bien. Aquí estoy a ver si saco algo –nos respondió algo sorprendido por nuestra iniciativa, aunque nos conocía a ambos.

- ¿Dónde está Lusi, la gata? ¿Ya no la traes a trabajar? –le pregunté yo. Hacía mucho que ya no veía al felino con él. Últimamente sólo tenía cachorritos de perro cuando se ponía a pedir.

- Lusi está muy vista ya, gano más con los perritos. Se venden muy bien. Lusi ya está jubilada. Hace compañía a mi mujer, en la furgoneta.

Nos despedimos de José y continuamos nuestra marcha, buscando zonas de sol para compensar el frío Cierzo de la mañana. Sin darme cuenta Venancio comenzó a hablarme de su vida en prisión:

- En la cárcel trabajaba haciendo balones. Me sacaba un dinero. Estuve en Torrero, en el Dueso, en Daroca… Me pegué más de veinte años…Tenía 32 años cuando entré, estaba en lo mejor de la vida y la jodí, vaya que si la jodí.

- Pero explícame cómo es eso que me dijiste que te cargaste a dos ¿fue una pelea? ¿Tú sólo pudiste deshacerte de dos? – le pregunté directamente, ya no tenía sentido esperar más. Él ya había empezado a contarme.

- Fueron dos, pero no fueron a la vez. Primero fue uno y luego fue otro. Pero los dos por mi novia: Francisca. Estuve con ella 14 años.

- Seguro que era guapísima ¿no? Pero entonces que es lo que ocurrió en realidad.

- Francisca era preciosa. Andaluza, morena, me encantaba cuando se levantaba la falda y me bailaba en la casilla, en el campo. Estuvimos un tiempo al cargo de unas tierras en Valencia, yo me ocupaba de todo. Nos iba bien. Pero decidimos venirnos para Zaragoza, por mis padres y ahí la jodimos. Vinimos a vendimiar, para un médico - seguíamos caminando ahora más despacio, parándonos solo de vez en cuando en zonas soleadas o resguardadas del aire.

- Con lo tranquilo que eres Venancio, me resulta difícil creer que hiciste algo.

- Tengo mucha paciencia pero cuando me hartan…, no conozco a nadie. –siguió con su relato- Un día nos fuimos a comer unas costillas al campo, el “Sietemachos”, Francisca, José “el Conejo” y yo. El José este se bebió una botella de vino y dijo que me iba a quitar a Francisca. No me lo pensé y le di dos puñetazos. Pero había allí una traviesa de estas del tren y, al caer, se dio y se desnucó. Si hubiéramos ido a la Guardia Civil no hubiera pasado nada, pero lo dejamos ahí tirado y se lo encontraron muerto. Además eran otros tiempos.

- Y te detuvieron claro.

- ¡Qué va! Nos llevaron varios días al cuartelillo a declarar, pero los 3 estábamos de acuerdo en lo que contábamos y no nos podían coger. Pero un día pasó uno que recogía chatarra por allí y se acercó a calentarse con nosotros un rato. Y claro, como otro día había visto que éramos cuatro y aquel día solo estábamos tres, pues se lo dijo a la Guardia Civil. Nos dieron de culatazos a los tres por separado, hasta que Francisca lo contó todo.

- Claro, fue demasiado para ella, tal y como era la Guardia Civil por aquel entonces…

- Pero yo les di la libertad, dije que había sido yo y una mala caída. Me cayeron dieciocho años.

- Entonces ¿El otro que murió? ¿Eso ocurrió después cuando cumpliste esta condena?

- ¡No no! Estaba pagando por “el Conejo” y no sé cómo el juez me dio permiso. Entonces Francisca trabajaba en un bar cerca del Mercado Central, aquí en Zaragoza. Ya me había advertido ella que había uno que se la quería chivar.

- ¿Qué pasó? ¿Te la quería quitar?

- Peor aún. Cuando salí Francisca llevaba cinco días en el hospital, tenía la cara destrozada por la paliza que le había dado aquel tipejo. Se llamaba Pascual, cargaba fruta en el mercado. Siempre iba fumando una faria. Le pegó porque ella no quiso irse con él. Así que aproveché el permiso para irme a buscarlo al mercado. Lo estuve esperando allí, al final de las escaleras y cuando lo vi: “pum pum” le metí dos hostias, con tal mala suerte que se dio con la escalera y también se desnucó.

- También fue fatalidad, otra mala caída y otro que se descalabra. Pues sí que le diste fuerte.

- ¡Tenías que haberlo visto. Toda la fruta rodando por allí, por las escaleras! Yo le gritaba a la gente que cogieran lo que quisieran. Menuda se montó. Total que me cayeron otros dieciocho años y aún estaba cumpliendo los primeros…

- Pero tú me dijiste que estuviste unos veinte años dentro.

- Sí al final con reducciones y eso, las dos condenas se me quedaron en veinte años.

- Oye ¿Y Francisca? ¿Qué pasó con ella?

- Me venía a ver y se ponía a llorar, en el cuarto ese donde se habla con un cristal en medio. Al final la despaché, le dije que no volviera, que no tenía sentido. Ya no supe nada de ella nunca más. Se marchó y no la volví a ver. Fue lo mejor…

Poco a poco aquella conversación se diluyó entre otros temas más triviales, sin que me diera cuenta. Tal y como Venancio la había empezado, la acabó, de manera natural, tranquilamente, como quien no quiere la cosa volvimos a comentar de personas de la calle, de fútbol, del tiempo, del Albergue…Estuvimos hablando casi dos horas. Terminamos nuestro paseo tomando el sol sentados en las escaleras de la Parroquia. Fueron apareciendo sus amigos del comedor, sentándose también a nuestro lado, junto a la puerta de la iglesia. Me pareció que ya era el momento de irme. Al fin y al cabo ya habíamos obtenido lo que hacía tiempo ambos queríamos. Él, contarme la historia. Yo, escucharla. Me despedí dando un fuerte apretón de manos a Venancio. Me prometió que el próximo café lo pagaría él, cuando le llegara la paga que estaba esperando que le aprobaran…

Ahora conozco mejor a Venancio, lo entiendo más. No se me hace raro que tenga esa manera tan tranquila y desafectada de hablar. No me extraña su gesto de conversar mirando al vacío, ni sus silencios, ni su calma aparente, ni su ácido sentido del humor. Haber pasado en prisión los mejores años de su vida dejó una huella indeleble en el alma de Venancio. Y muchas cicatrices. Seguro que también asumió otra manera de entender la vida, de entender el tiempo, de valorar cuáles son las cosas que merecen la pena realmente en este mundo.

Hace poco me lo encontré en una plaza de mi barrio, sentado en un banco, con su enorme bolsa al lado. Estaba ebrio. Gritaba cosas sin sentido a la gente que pasaba, haciendo grandes aspavientos con sus brazos e increpando a viandantes y también a personas que solo él veía en su imaginación. Seguro que a alguno de los fantasmas que tiene como compañeros de viaje en su mente. Me acerqué. En cuanto me reconoció bajó su tono y me dijo: “Ra-fa, ¿to-ma-mos un ca-fé?” -vocalizando a duras penas. “¿Por qué no te bajas ya a dormir, eh Venancio?, que ya son las ocho y media”. Sorprendentemente, me hizo caso, cogió su bolsa descomunal, se la echó al hombro perdiendo el equilibrio, pero sin llegar a caerse y comenzó a caminar, haciendo eses, rumbo a su furtivo dormitorio. Yo me quedé mirándole cómo se alejaba y abandonaba la plaza. La gente se apartaba de su camino, asustada por sus gritos, para no tropezar con él, lanzándole miradas de reprobación: “Pobre borracho” se notaba que pensaban muchos. Me dolía ser testigo de ese desprecio. Tal vez no lo hubieran juzgado así si supieran su verdadera historia, la historia de un hombre que destrozó su vida por amar demasiado a una mujer…

domingo, 19 de diciembre de 2010

POR LA MAÑANA.



Todavía es de noche cuando me acerco hacia la puerta trasera del Albergue. La niebla gris y espesa envuelve todo, pero las farolas iluminan tenuemente la calle Arcadas. Antes de entrar, en la diminuta plaza de al lado, me encuentro una tienda de campaña plateada tipo iglú. Está montada en un discreto rincón. Otra persona está durmiendo a su lado totalmente tapada con mantas. Afortunadamente descansa sobre un colchón de matrimonio. Tiene dos cartones de vino en una bolsa preparados para desayunar junto a lo que intuyo es su cabeza. También veo una mochila. Todo bien cerca de la vista, por si acaso.

Decido pasar a saludar al técnico por su oficina antes de abrir la Casa. Así aprovecho para calentarme un poquito en el radiador y enterarme de si hubo alguna incidencia por la noche. Además todavía es pronto, los conozco, faltan 10 minutos para que se empiece a levantar toda la cuadrilla de Casa Abierta. Afortunadamente tampoco parece haber novedades, el día anterior y la noche discurrieron tranquilos. Cuando consigo templarme un poco y disipar el frío que me había impregnado la niebla me decido a coger las llaves para abrir la Casa. La pereza también es ahora menor.

- Voy a abrir toriles -bromeo con Celia, la técnico. Ella se ríe.
- Suerte. Yo a ver si me aclaro con este listado de usuarios, que he perdido a uno y no lo encuentro.

Suavemente, introduzco la llave en la cerradura, la giro, abro muy despacio, entro y vuelvo la puerta tras de mí sigilosamente, para no hacer ruido. Todavía no se ha despertado nadie, solo Abel está sentado junto a la mesa, fumando como siempre. Le saludo levantando la mano. Él me responde de igual modo, susurrando a la vez: “¿Éstas son horas, Rafa?”, apenas le distingo en la oscuridad. No quiero encender las luces para no despertarles bruscamente. Busco la llave del despacho a ciegas en el manojo, pero Raúl no me da tiempo, desde su cama vocifera roncamente:

- Raaaaaaaaaaafaaaaaaaaaaaaaaa, ¡daaaaame un cigarrooooo!
- ¡Shhhhh! No grites, ¿no ves que todavía no se ha despertado nadie? –me enfado
- ¡La cabra, la cabra, la p… de la cabra! – grita él todavía más fuerte
- ¡Que se calle ya, hombre, con la cabra! ¡Menuda noche cantando que se ha pegao! – se oye desde las camas del fondo.
- Cuando te levantes y desayunes te daré el paquete de ducados, ahora no grites por favor – le digo en voz baja acercándome a su cama y hablándole al oído.

Abro el despacho, saco el termo con el desayuno y las bolsas de pasiegos. Sobre todo que no falten pasiegos. Enciendo la televisión, siempre en un canal de noticias 24 horas. Bajo el volumen. Poco a poco, la débil luz de la televisión junto con la del despacho hacen que el resto se vayan despertando, aunque creo que Raúl con sus gritos difícilmente ha permitido seguir durmiendo a nadie.

- ¿Cómo quedó el Madrid, Rafa? – me pregunta Gabriel desde el fondo de la estancia.
- 3-0, goles de Higuaín y Benzemá –le contesto
- ¡Rafa, me han quitado el mechero y el peine! –exclama César, sentado aún en su cama y empezando a vestirse.
- Ya verás como aparecen como todas las mañanas, César, que no te los quitan, los pierdes…
- ¿Dónde como hoy? Y…dormir ¿dónde duermo hoy Felipe? – me pregunta, como siempre, Marcos.
- Donde todos los días, a comer al Albergue y a dormir otra vez aquí –le digo con resignación- Y recuerda… me llamo Rafa.
- ¿Hace frío hoy? ¿Tú crees que podré cortarme las uñas esta tarde? –me pregunta Carlos desperezándose todo lo largo que él es: apenas cabe en la cama.
- ¿Frío? He visto 3 pingüinos en la esquina antes de venir aquí y sobre las uñas… estoy haciendo un cursillo de adivino, pero creo que hoy tampoco te las cortarás –le bromeo. Él se queda dudando un rato y cuando cae en la cuenta me dice:
- ¿Me estás vacilando no? ¡Pingüinos dice, mira que eres! –se ríe.

Por fin enciendo las luces, a estas alturas ya no creo que nadie aguante despierto y eso que aún son las ocho menos cuarto. Antes de que ninguno se meta en los baños, echo un vistazo a los dos para ver su estado. Uno permanece impecable, seguro que Miguel lo ha limpiado, es maniático de la higiene. En el otro compruebo que hay un charco en un rincón. En el lado opuesto, el cubo lleno de agua con lejía y la fregona permanecen intactos. Me enfado:

- ¿Quién ha orinado en el rincón? Parece mentira. Y eso que está la fregona al lado. Al final voy a hacer la prueba del ADN y sabré quién es; o pondré una cámara en el baño. Es que todos los días igual -nadie se da por aludido, me temo que saben que se trata de un farol…

Poco a poco se van levantando. Alguno más precavido se viste rápidamente y ya hace uso de alguno de los baños. Sabe perfectamente que si tarda luego puede que haya aglomeraciones. Sobre todo si se encierran Carlos o Miguel, que en ocasiones les lleva media hora o incluso más. Algunas mañanas se ha montado una pequeña bronca si alguno de ellos se encierra temprano y las vejigas de los demás tienen que aguantar más de lo razonable.

Ángel aparece por la puerta completamente abrigado, es el voluntario de los miércoles por la mañana desde que se fundó la Casa. Menos mal. Ahora entre los dos será más llevadero atender el desayuno. Él se encarga de sacar más pastas para que no escaseen, cucharillas, servilletas, vasos… Yo mientras reparto a Raúl, Alberto y Abel los sobrecitos de papel con sus medicamentos. Abel se niega a tomarlos:

- No quiero tomarme nada, que he estado en mi médica de cabecera y me ha dicho que deje todas las pastillas –me protesta.
- Pero si ahora te cambié el médico a Rebolería y todavía ni lo conoces. Tómatelas anda, que si no te puedes poner mal –intento convencerle.
- No quiero, que son veneno y me sientan fatal. Me puede dar un derrame –se enfada seriamente. Yo decido no insistir más.

David, que se encuentra sentado en su cama todavía, antes de pasarse a la silla de ruedas, me reclama levantando su mano y moviéndola rápidamente para que me acerque a su lado. Quiere una camisa, porque la que le di el día anterior no le gusta, dice que es demasiado grande. Le llevo otra alguna talla menor, entonces me señala que la que le ofrezco es de manga corta y él la quiere de manga larga. Cuando le acerco una de manga larga, me pone mala cara diciéndome que no tiene bolsillo para llevar el tabaco. Rebusco en el armario y encuentro una de manga larga con bolsillo. Se la entrego creyendo ingenuamente que ya se acabaron sus caprichos y entonces me dice que el color no le gusta, es demasiado clara. Él quiere una oscura o de cuadros. Entonces yo ya exploto: “Te pones esta y ya está, que parezco un dependiente del cortinglés”.

- Rafa, ¿voy bien así, iba ayer vestido así o crees que tendré frío? -El que me requiere ahora es César, ya lavado y afeitado.
- Llevabas esa ropa pero no en ese orden, será mejor que la camiseta te la pongas primero, luego la camisa y encima el jersey –le comento al ver que lleva puesta la camiseta interior encima del jersey - Y será mejor que te pongas chaqueta, hace mucho frío
- Oye no encuentro la chaqueta, ni las mantas, me las han quitado.
- ¿Has mirado debajo del colchón?
- Ah pues sí, aquí están las mantas y la chaqueta ¿Sabes qué pasa? Es que alguien ha echado agua en mi colchón esta noche –me explica todo digno.
- ¡Qué cosas tienes! ¿Quién iba a hacerlo? –compruebo con un rápido vistazo que la mancha a la que se refiere es producto de su propia incontinencia.
- ¿Un caramelico Rafa? –cambia rápidamente de tema y me ofrece un puñado de caramelos que yo con un gesto cariñoso le hago recoger.

Abel me llama vociferando desde la mesa donde, junto con su café, tiene 7 u 8 vasos de plástico llenos de agua; se aprovisiona bien, sabedor del tránsito que llevan los baños a estas horas:

- ¿Por qué no me das mis pastillas, eh? Se te olvidan las cosas Rafa.
- Pero si no las quisiste tomar antes –le digo con paciencia.
- ¡Qué va, a ti que se te habrá pasao dármelas! Venga dámelas que me tengo que ir a misa, que como se me pase la de las 10.30 ya no tengo otra hasta la tarde… -Yo respiro profundamente y le saco su sobrecito del despacho. “Al menos hoy las toma” pienso para mí…

Miguel mientras tanto no ha abierto la boca desde que llegué. Ni me ha mirado. Hace su cama con parsimonia, arrastrando los pies, le cuesta moverse. Tiene su ropa perfectamente doblada en una silla, preparada para después de ducharse. La cama la deja perfectamente hecha, completamente lisa, sin una arruga. Toda la ropa bien metida, nada cuelga. Hoy me llama poderosamente la atención las grandes ojeras que lleva y su mal aspecto. Es peor que el habitual:

- ¿Tuvimos ayer marejada a fuerte marejada con áreas de arbolada, eh Miguel? –le pregunto, confiando en que tal vez mi broma me permita conocer su grado real de malestar.
- Estoy malo, es por la comida de aquí y hace mucho que no bebo, así que no te pases ¿eh? –me responde, sin mirarme a la cara y con un gesto de ansiedad.
- Agua será lo que no bebes. Mejor te dejo… -ya encontraré el momento adecuado para comprobar cómo se encuentra realmente porque ahora me expongo a una discusión.

Ya han desayunado casi todos, algunos están sentados viendo las noticias y saboreando el primer cigarrillo del día. Abel ha salido ya, dejando la puerta abierta tras de si como suele ser habitual. César también se va, tiene que ir al Pilar ver al canónigo y coger periódicos gratuitos para repartirlos por el Albergue y el Centro de Salud, como hace cada mañana (“¿un caramelico?”). Hoy no sé si le tocará subir a urgencias del hospital Clínico, ha perdido la tarjeta del autobús. Cuando ya parece que el ambiente está más tranquilo y las peticiones van disminuyendo es el voluntario quién me reclama a gritos desde el despacho. “Le habrá pasado algo”, pienso. Voy corriendo al despacho y me lo encuentro con ojos de pánico, un armario abierto y sosteniendo en su mano derecha tembloroso el azucarero vacío con la tapa levantada.

- No hay azúcar, Rafa ¿Qué hacemos ahora? ¡Todavía queda alguno por desayunar!
- No lo sé, ¿qué se te ocurre a ti? -Le contesto también con cara de pánico, poniendo a prueba su sentido del humor.
- Mmmmmh, podríamos pasar a la cocina del Albergue y pedir un paquete ¿No crees? –me responde.
- ¡Claro! ¿Cómo no había caído? Anda pasa tú y se lo pides a Lola –continúo con mi ironía, aunque verdaderamente compruebo que él no la ha notado.

Tampoco tengo mucho tiempo para seguir con mi broma, Carlos está gritando de manera alarmante desde el baño, me llama a gritos, cada vez más fuerte:

- ¡Rafaaa, Rafaaaaaa, Rafaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! ¡Qué catástrofe! ¿Ahora que hago yo? ¡No sé qué voy a hacer ahora me tengo que ir a por la metadona! –yo me temo lo peor, una caída, una herida, mientras voy corriendo donde él se encuentra.
- ¿Qué te pasa? ¿Cuál es el problema? ¿Te encuentras mal? ¿Te mido el azúcar con el aparato?
- No, no es eso. ¡No encuentro el peine! ¿Ahora que hagoooo? ¡Ooooooooh, qué contrariedad!
- ¿Has mirado en el bolsillo de tu camisa, por ejemplo?
- ¡Andá, compi! ¡Sí aquí está! Uf, menos mal que lo encontré, no sé qué hubiera hecho. Oye ¿qué horas es?
- Las 9.15, cálzate rápido que si no no vas a llegar a la Cruz Roja –mientras la locutora de la TV me delata “son las 8.45 de la mañana”, pero Carlos ni se da cuenta.

El ajetreo ya es mucho menor. Ángel el voluntario y yo nos podemos sentar un rato a ver las noticias con los pocos que quedan ya en la Casa: Gabriel, Alberto, David en su silla de ruedas y Carlos peleando afanosamente con el envoltorio de los pasiegos. Jesús se dispone a salir poniéndose su cazadora y lleva como siempre un libro en la mano derecha para leer luego en el patio del Albergue. Antes de salir me exige:

- ¡Mañana tenemos que ir al banco, eh, que no se te pase!
- Huy no sé yo. Tú con ese sombrero de Humpfrey Bogart que pareces un mafioso y yo con este chándal viejo que parezco un yonki, no sé si nos dejaran entrar. Puede que incluso nos detengan –Carlos se muere de la risa al oirlo.
- No me vengas con zarandajas y que no se te olvide –muy serio se dispone a cerrar la puerta.
- ¿No me das un beso de despedida, Jesús? Ya no me quieres como antes –le bromeo.
- Vete a… -aparenta enfadarse, pero esboza una sonrisa y al fin sale y cierra la puerta.

Por la ventana de la Casa que da al patio del Albergue ya oigo a Raúl cantar: “Si supieras Rosariyooo lo que sufroooo”. Me despido del voluntario. Él aún continuará hasta que todos acaben y ayudará a pasar al patio de Albergue a los que se quedan cuando sea la hora de cerrar la Casa. Yo decido entrar a saludar a la Trabajadora Social, antes de subirme hacia la Parroquia del Carmen.

- Hola Rafa ¿qué tal todo por Casa Abierta? ¿Te puedo ayudar en algo? ¿Todo bien? –me pregunta.
- Sí todo bien, solo el follón de todas las mañanas, ya sabes. Gracias por preocuparte.
- Ya me imagino, a veces parece aquello “Chiqui-Park” ¿verdad? ¿por qué no lo escribes en tu blog? Seguro que vale para una historia de las tuyas.
- Sí es cierto, lo haré, gracias por la idea. Venga, un besico que me voy.

Y por eso lo escribí aquí, gracias por la idea compi…

miércoles, 25 de agosto de 2010

ULTIMO ADIOS


(Aunque no sea realmente una "historia" como las otras, me apetece colgar aquí un texto sobre Maciej, una persona de la calle fallecida de manera fatal hace poco. Maciej era compañero de cajero de Jorge (post "El cajero y la guerra") y al final ha seguido su misma suerte. He preferido en este caso enviar un texto a la sección de cartas al director de dos periódicos de la ciudad, para que al menos se pueda sensibilizar un poco más la gente. Tal vez no lo publiquen, pero por lo menos lo cuelgo aqui. Así también lo leéis vosotros.)

http://www.elperiodicodearagon.com/noticias/noticia.asp?pkid=605569

Maciej murió el pasado jueves. De una manera horrible, cruda, casi espeluznante: un coche lo arrastró enganchado en sus bajos durante casi un kilómetro. Nadie sabe como pudo suceder, resulta kafkiano, increíble, inconcebible. A todas las personas que lo conocíamos nos ha impactado el suceso. Maciej se hacía querer, era educado, amable, sonriente, de gesto humilde. Y era así aun viviendo una realidad dura e insufrible como es la vida en la calle, la vida de los que tienen que dormir en un cajero. Me resulta lamentable que tenga que morir de este modo para que yo mismo vuelva a darme cuenta y reconsiderar lo cruel y penosa que era la vida que llevaba. Otras personas sin hogar mueren cada año en nuestra ciudad, de manera más silenciosa, no tan espectacular, pero no por ello menos trágica y triste. A veces nos acostumbramos a oír y leer sobre tantas víctimas diariamente que apenas ya nos afectan. Tiene que producirse una muerte tan inhumana y brusca para volver a caer en la cuenta del valor que tiene cada persona, cada vida, de lo injusto y riguroso de algunas existencias. Maciej era discreto, no llamaba la atención, cuidaba mucho su aspecto, su presencia. Tal vez por eso resulta tan insólita y agria esta muerte para él. Parece una llamada de atención, un último gesto de alguien que no quiere irse silenciosamente sino gritándonos que reaccionemos, que no nos olvidemos, que todos somos personas aunque algunos vivan en la calle. Me gustaría creer que su muerte servirá para algo. Que por lo menos él, esté donde esté ahora, observe, sonriente como siempre, que somos muchos a los que nos ha dolido sinceramente su muerte y que lo echaremos de menos. Y que, además, nos hemos propuesto no volvernos insensibles a ninguna otra muerte de la calle, sea quien sea, fallezca trágicamente o no. Buena suerte Maciej.