domingo, 16 de febrero de 2014

SOBRE EL PEDIR Y EL DAR

Me llamó la atención hace unos días, cuando, a las puertas de un hospital, una joven médico regalaba una manzana de su propio almuerzo a una gitana rumana que estaba pidiendo. Llevaba un cartelito con las fotos de sus hijos. Su tronco se balanceaba constantemente y su repetida y agotadora cantinela no hacía más que suplicar limosna con un tono de llanto también fingido y falso.

Y es que el tema de los que piden limosna pero son pobres fingidos viene de muy atrás. Poniéndome muy pedante, diría que del siglo XVI donde ya advertían de la picaresca y de la conveniencia de no dar limosna indiscriminadamente.

Hace un tiempo intenté contar a los que piden por el centro, pero me quedé a mitad de camino. Aun así, afirmaría que más de la mitad de los que se ven por las calles de Zaragoza son pobres fingidos, gitanos rumanos o de otra “franquicia” que van y vienen de otras ciudades.

Explotan las taras físicas, como aquél que parecía una araña porque doblaba las rodillas al revés de lo normal. Andaba como a cuatro patas. Daba grima verlo. Pero no le iba nada mal el negocio, sobre todo a los que lo explotaban, no a él precisamente. En media hora que le estuve observando, desde una distancia prudencial y disimuladamente, más de 15 personas le obsequiaron con unas monedas. La cuenta es fácil. También es cierto que monopolizan los mejores sitios de la ciudad, los que más afluencia de ciudadanos tienen y, por tanto, donde más posibilidades tienen de engañar al alma caritativa (o cándida) del que pasa haciendo sus compras despreocupadamente.

No creo que sea tan difícil distinguir realmente quién es una persona sin hogar que está pidiendo. Para saber que no es falso hay que percatarse de que su actitud es mucho más vergonzante y discreta, algunos que se sientan en la acera y ni se atreven a mirar hacia los viandantes, sólo lo hacen para decir gracias cuando oyen el “clin clin” de la moneda cayendo en el cuenco. También la mayoría de ellos tiene sus pertenencias al lado, en una mochila, de donde sobresaldrá, seguramente, una manta o un saco de dormir. Y sobre todo el calzado. Los pobres fingidos se descalzan, mostrando unos pies sin daños e incluso limpios, supongo que imaginan que creemos que van descalzos por la vida. Los realmente necesitados sin hogar muestran un calzado raído y machacado de tanto andar, con combinaciones extrañas de calzado y calcetines. Seguramente esta mezcla proviene de las carencias de los roperos…


Otro aspecto que nos permite distinguir a los sin hogar autóctonos y auténticos es “la metodología del pedir”. Si los fingidos tienen como método exclusivo el tumbarse en lugares céntricos mostrando a veces taras físicas los “verdaderos” disponen de más creatividad a la hora de ponerse a pedir limosna. Incluso algunos crean nuevos métodos. Últimamente se ha visto mucho por algunas aceras a personas postradas de tal manera que parece que adoran a una caja vacía de zapatos para que echen monedas, que tiene introducida una piedra para que no se la lleve el cierzo y que de manera escandalosa reclaman la atención de los viandantes con frases como “¡¡¡por el amor de Diosssss una ayudaaaaah!!!” pareciendo que les fuera la vida en ello. Juraría que conozco a quien inventó este método (y muchos de mis compañeros que trabajan con personas sin hogar lo saben). Todavía lo veo algunas veces utilizándolo. Por lo menos crea escuela y no se estanca en antiguos sistemas menos productivos…

También si vemos a alguien pedir “al parón” seguramente es una persona sin hogar. Hace falta mucho desparpajo para hacerlo así, no es un sistema fácil pero es de los más productivos. Consiste simplemente en ir caminando por paseos nutridos de gente pidiendo con la mano extendida a todo aquel que aparece en el camino de la persona que pide. Muchos ciudadanos, ante la incomodidad de lo incisivo de la súplica ceden más fácilmente y echan mano a la cartera para aportar algunas monedas. No son muchos los que utilizan este método, pero todos los que conozco están realmente necesitados.

Luego están los que ponen cartelitos en el suelo, algunos contando sus penurias. Otros, de manera más optimista, bromeando pidiendo dinero para unas vacaciones o un Ferrari  y algunos, exagerados, utilizando sábanas de 4x3 metros para que se lea “alto y claro” su petición de caridad. Muchos de ellos aclarando, por supuesto, que son españoles, o lo que es lo mismo” ayude usted al pobre autóctono antes que el sobrevenido, sea consecuente”.  Pero ojo, no debemos pensar que por el simple hecho de no ser españoles son fingidos o viceversa. Sabemos que casi la mitad de las personas de la calle son extranjeros.

También están aquellos que ofrecen algún tipo de objeto para su venta, como ceniceros hechos con latas de cocacola, incluso pendientes, mecheros, kleenex… Hay mucha variedad de mercadeo…

En el otro extremo de la problemática de la limosna están las personas que la dan. Generalmente son personas que se sienten compasivas ante la situación que proclaman los mendigos. Unas inducidas por un sentimiento cristiano de caridad entendida de una manera muy somera y que tal vez sólo buscan apaciguar su conciencia. Algunos otros son gente con buena voluntad que realmente creen que están haciendo una labor digna de elogio y que se sienten satisfechos de sus aportaciones, algunas de ellas periódicas. También hay personas de pronto fácil, que un día, sin saber ni cómo ni por qué, le dan cincuenta euros a una de estas personas, que haberlos haylos, pero pocos. Lástima, si no ya se habría acabado el problema o tendríamos la ciudad abarrotada de mendigos. Aunque creo que esto último sería lo más probable.

Y luego hay una categoría que merece explicación aparte: “las marujas asesinas”. Mujeres de edad entre los 50 o 60, generalmente de buena posición económica que apadrinan a una serie de personas de la calle de manera selectiva y que incluso los llevan a sus casas para que se duchen. También reparten periódicamente sus bolsas de bocadillos entre las personas de la calle que conocen de determinada zona. (Un día que yo estaba con mi chándal hablando con unos de la calle y pensando la buena mujer que yo era uno de ellos, me dijo que a mí no me correspondía bocadillo porque no me conocía: ¡Bendita Caridad!). 

Lo malo de todo esto, y hablo desde mi experiencia personal, es que generalmente son personas a las que es difícil hacer entender que su labor no contribuye a una mejora de la situación de la persona de la calle. Que dudan por principio del trabajo que hacemos desde los servicios sociales y que sólo ellas saben cómo ayudar a los (cuidadosamente elegidos) pobres de la calle, que “fíjate tú que nadie hace nada por ellos”.

No quiero aventurarme demasiado pero juraría que cierto tipo de desequilibrio existe en sus vidas para que se erijan en “paladinas” de las personas de la calle de una manera tan aleatoria, improductiva e incluso peligrosa (conozco a alguna que tuvo que dejar su afición por graves afecciones pulmonares contraídas vete tú a saber cómo). Pero no soy yo quien las vaya a hacer entrar en razón, ya lo intenté y me llevé mis buenos rapapolvos. Lo malo es que en algunas ocasiones interfieren realmente en la labor que realizan los servicios sociales que trabajamos con personas sin hogar por esa manera tan patológica de ejercer la caridad.

Hace poco una de las personas que llevaba años durmiendo en el mismo portal ha tenido que evacuar su posición y pasarse al túnel comercial de la acera de enfrente. Derriban el edificio.  Antes, tenía a su servicio a muchos de los vecinos que le aportaban comida, bebida, tabaco e incluso oí algún día decirle a una joven de la pizzería: “te quiero”. Hoy, estando a una distancia mínima de su anterior sitio, puesto que solo hay que cruzar el paso de cebra, no tiene a ninguno de esos vecinos tan dispuestos y colaboradores, su situación es mucho más precaria y apenas tiene un saco de dormir. Todo aquel entorno que tenía “apesebrado” a nuestro amigo ya no es capaz de cruzar el paso de cebra para seguir con su labor. Entonces, ¿qué pasa? ¿Qué si ya no está en mi camino, en mi calle, en mi ruta para comprar el pan, en mi lugar de trabajo ya no es mi pobre? Es tan ilógico el sentido de propiedad de algunas personas que piensan “este es mi pobre” que no se dan cuenta del daño que pueden hacer. Aunque yo, sinceramente, me alegro de que su ayuda se haya acabado, así ahora sí que realmente los servicios sociales podrán hacer su labor y seguramente serán esos mismos vecinos que no se atreven a cruzar la calle quienes denuncien su “insostenible situación”.

Para terminar, solo quiero que se entienda que el ofrecer algún tipo de limosna a la gente que está en la calle es generalmente contraproducente y nada apropiado. Sé que algunos no lo entenderán así, pero es así como lo tengo que proclamar. Aquel que quiera ayudar que lo haga a través de algún servicio social o colaborando con las ONG’s que se dedican a ello.

Personalmente creo que la mejor limosna que podemos dar, sea quien sea el receptor, es un saludo, una sonrisa y unas pocas palabras de cariño, simplemente para que le demos algo que no se puede dar de otra manera: VISIBILIDAD.

domingo, 22 de diciembre de 2013

LOS PIES

A veces, cuando voy por la calle, me cruzo con un ciudadano y me pregunto si estoy ante una persona sin hogar. Muchos pasan desapercibidos. Pero hay un detalle que utilizo para salir de dudas: mirar a los pies, a su calzado. No puedo decir exactamente por qué, pero siempre me permite aclararme un poco más, me aporta esa pequeña información que me hace saber con seguridad si el que está ante mí es una persona sin hogar o simplemente que me he anticipado en mi valoración.

Los pies son tal vez la parte del cuerpo que más maltrata la vida de los sin techo. La calle hay que caminarla, recorrerla, conocerla, buscarse la vida en ella. Se está de manera permanente, cada instante del día, enlazado a ella. Se entiende entonces que sean los pies y el calzado un indicativo de cómo las personas sin hogar están inmersos en ella en mayor o menor medida.

Hay una necesidad de recorrer determinados trayectos todos los días. Del cajero donde se duerme al Albergue o al comedor. Del comedor al sitio donde se pueda pasar la tarde con algún amigo, antes de tener que volver otra vez al mismo cajero. Con toda la vida encima, empaquetada en mochilas o carritos, por no dejarlo escondido a expensas de que otra persona de la calle se apropie de todas sus pertenencias, de lo único que se posee.

En más de una ocasión he visto calcetines fundidos con la piel, de tal manera que era imposible quitarlos sin despellejar literalmente los tobillos y pies de la persona. Tal vez sea una situación extrema que ocurre cuando las persona está ya muy deteriorada. Pero resulta increíble cómo se puede aguantar en ese estado durante meses.

También he visto dedos necrosados, incluso con larvas, que hasta los mismos médicos se han escandalizado al reconocerlos, fruto de la vida dura e insensible, cuando lo que más importa es poder tener un lugar medianamente recogido para pasar la noche sin pasar mucho frío o tener demasiado miedo. El estado de salud llega a ser lo de menos mientras se pueda caminar mínimamente para ir tirando, para poder vivir un día más…




De igual modo, he aprendido a reconocer a los mendigos profesionales por el centro de Zaragoza, son los únicos que se descalzan y muestran sus pies desnudos, pero sanos y libres de cualquier herida. Ni ellos mismos se dan cuenta de que delatan su falsa actitud, ni los ciudadanos son conscientes de una explicación tan lógica y siguen dándoles limosna sin reparar en su error.

Casi siempre se pueden encontrar detalles en el calzado o los pies que me dicen algo sobre la persona de la calle que acabo de conocer. Detalles que me ayudan a perfilar un poco más cuál es la situación real o sus capacidades: calcetines que acumulan tanta mugre que se mantienen de pie; personas que en invierno llevan 3 y 4 pares de calcetines de manera habitual; individuos que salen de su chupano en zapatillas de andar por casa… Es un lenguaje intuitivo de pequeños signos que con el tiempo se aprende a interpretar.

Parece obvio, pero unos calcetines limpios y un calzado digno son un bien muy preciado cuando se está en la calle. Recuerdo cómo en mis primeras salidas a conocer determinados entornos de grupos de personas sin techo, era más fácil que me aceptaran si les obsequiaba con unos cuantos calzoncillos y calcetines.

Es por eso que muchas personas de la calle, cuando no hace mucho frío y duermen descalzos para descansar los pies, protegen su calzado guardándolo debajo de su almohada. Así se evita el robo, porque de noche todos los gatos siguen siendo pardos y no es extraño que entre personas en la misma situación se roben el calzado aprovechando la oscuridad y el sueño del propietario.

Una de las situaciones que más me ha dolido en el tiempo que llevo trabajando con personas sin hogar fue un día que un conocido de la calle me pidió llorando unos zapatos en la puerta de la Parroquia. Venía caminando descalzo desde el parque donde solía dormir. Se sentía ultrajado, desamparado, desnudo y vulnerable. Además era una persona fuerte, corpulento, huraño y solitario. Verle llorar abatido por haberse quedado sin calzado me resultó doloroso y triste, muy triste…

Hay un aforismo que, tal vez, hablando de personas sin hogar, tenga todo el sentido del mundo, por lo menos para mí: “si juzgas mi camino, te presto mis zapatos”.


¿A vosotros que os parece?

domingo, 27 de octubre de 2013

DOS HISTORIAS DE LA CIUDAD



Ángel. El parque. El barrio.


Todo el mundo en el barrio conoce a Ángel. Es difícil no hacerlo. Su gran envergadura, su rostro arrugado y curtido, su melena blanca y larga, recogida con una diadema forrada de rojo y negro, hacen que su estampa sea inconfundible. También lleva pendientes, dos aros grandes de plástico. Incluso desde lejos es difícil no verle. Siempre va con un carrito con toda su vida cargada en él, son cuarenta kilos, afirma. Siempre está por los mismos sitios. Siempre que queremos hablar con él apenas nos cuesta trabajo encontrarlo. Siempre está en el barrio, nunca sale de él. Seguro que aparece en un recorrido de quinientos metros. Lo que hay desde la puerta de la parroquia al quiosco del parque. Algunas veces nos lo encontramos en el bar del mercado tomando café, nos quiere invitar, nunca nos deja pagar. O está en el parque tomando el sol, “claro que no me importa que te sientes conmigo, tú eres amigo”. Así es él. Yo vengo a verle a él y pero es él quien hace que me sienta orgulloso de ser su amigo.
 Esta vez cuando fuimos a hablar con él estaba escribiendo. “Estudio idiomas” reconoce. Con letra de imprenta y perfectamente ordenados, en dos círculos concéntricos, tiene dos abecedarios completos escritos en una hoja de una pequeña libreta. “El truco es poner una letra de cada lista” nos confiesa. Recoge la libreta y nos da amablemente la mano. Ángel es cariñoso y noble. Transmite tranquilidad. Casi todo el mundo lo quiere en el barrio. Lleva más de 15 años allí, ¿quién no le va a conocer?
Ángel no tiene ninguna paga. Lleva años esperando que le paguen el desempleo, pero no desespera, siempre están a punto de pagárselo. Dice que le gustaría trabajar. Mientras, sobrevive con la ayuda de todos los vecinos. “Yo no pido nunca a nadie, pero si me lo dan lo cojo” afirma digno y serio. Para él si que importa el matiz. No es lo mismo.
En la puerta de la iglesia se sienta a ratos con absoluta naturalidad, a ver cómo van pasando las personas con sus prisas por comprar. Y así muchas mañanas, poco a poco consigue un poco de dinero. Se lo dan, no lo pide. Sólo hay que esperar. Dice que la comida se la compra él. Aunque reconoce que algún vecino le da embutidos o queso, incluso pollo rebozado. En las tiendas dice que no le dan nada. Si la temporada es mala ha tenido que mirar en el contenedor del supermercado, puede haber algo que merezca la pena y que sirva aún para comer.  Pero eso ocurre en raras ocasiones. Lo normal es que haga dos comidas al día y nos asegura que nunca ha pasado hambre.
Ahora come siempre cosas frías, que no necesitan cocinarse. Antes era distinto, cuando dormía en el antiguo túnel del tren, a cien metros del parque. Lo tiraron con las obras del AVE. Pero allí podía cocinar en su cazuela con un pequeño fuego, “no escribas fuego, pon lumbre, no vaya a ser que la policía lo lea y piensen yoquesé”. Le tranquilizo. Cuenta cómo en aquel túnel se estaba de maravilla, nadie le molestaba, y hacía una temperatura siempre agradable. Además podía montar la tienda de campaña que lleva en el carrito. Ahora se queja de que si quiere montarla, tiene que hacerlo tarde, pues si la ven se la pueden destrozar. Dice que se la tiran. Además si te vas la tienes que desmontar. Por eso ahora no la usa. Prefiere dormir debajo del quiosco, con unas mantas que tiene escondidas entre los setos del parque. Duerme debajo de una pasarela que cruza el estanque que rodea el quiosco. Lo recoge todo. Lo tiene limpio. Sólo deja como testigo de que ahí durmió alguien unos cartones que hacen de colchón, el suelo es duro.
“Soy fuerte” afirma reposadamente y con humildad. No tiene miedo de que nadie pueda hacerle algo en el parque, dice que si se meten con él les planta cara. Además la policía le conoce. Alguna vez le han robado algo o le han molestado por la noche, pero él resta importancia y otra vez su tranquilidad nos transmite que realmente es que no tiene miedo en absoluto. “La soledad es mala,  pero igual así nadie se mete contigo”. Otro compañero duerme también en el quiosco algunas noches, pero al otro lado. No le gusta que se le “pegue”, porque Julián se le “pega mucho” y Ángel dice no interesarle la gente que se pega tanto. Por algo será...
En el túnel se estaba bien, pero al parque también sabe sacarle partido. Nos cuenta que se levanta cuando se apagan las farolas, a las 6 en verano, a las 8 en invierno. La fuente la utiliza para lavar su ropa y asearse él todas las mañanas. Los setos son buenos para esconder cosas que no puedes llevar siempre encima, como las mantas. Nos reconoce sin rubor señalando unos setos que es ahí donde hace sus necesidades cuando la cosa urge. Hay otros que se ponen en cualquier lado y para nuestro amigo eso no está bien, hay que ser mirado para estas cosas y no ponerse en cualquier sitio, donde todos pueden verlo. Nunca ha dormido en un cajero, dice que la policía va y te echa de allí, “además perdí la cartilla”, y él no quiere problemas con nadie. Nosotros lo conocemos y sabemos que es así, nunca tuvo roces con ningún vecino, todo lo contrario. El día que Ángel no esté por los sitios de siempre al barrio le faltará algo. Es parte de él. Nosotros ya lo sabemos, los vecinos ya se darían cuenta. Seguro que lo echaban en falta.
Nos despedimos y lo dejamos que siga estudiando idiomas. Cuando ya me voy alejando me llama: “¡Ah¡ ¿sabes? Tengo móvil, pero aún no lo he cargado, ya te daré el número cuando pueda usarlo”. Curiosa época ésta en la que hasta Ángel tiene móvil…




Javier. Un cajero automático. Los sitios emblemáticos de la ciudad.


A Javier solemos verle caminar por cualquier zona de la ciudad, sin prisas, paseando con su mochila a la espalda y su limpia melena rubia suelta al viento. A simple vista parecería un turista más, ávido por conocer la ciudad y desentrañar sus secretos. Pero él mismo se define de otra manera mucho más cruda: “soy un indigente, un vagabundo, un pordiosero”, nos aclara con marcado acento maño. No lo parece. Tiene 40 años. Es joven todavía. Estudió humanidades y no acabó la carrera por dos asignaturas. Le encanta el griego, tiene nociones de árabe y japonés. Pero todavía dice estar estudiando el español, que califica de profundo, y “si no conoces tu propia lengua, mal puedes conocer otras”, nos explica. Duerme en un discreto cajero, cercano a la zona universitaria. Parece como si no quisiera desmarcarse de ese territorio de estudio y conocimiento, permanecer vinculado todavía a él. Además en verano puede darse vacaciones del cajero y  dormir tranquilo en sus zonas interiores de césped, la policía no entra. También este núcleo de escuelas y facultades constituye para él su particular cuarto de baño, conoce tan bien los horarios y las ubicaciones como para no tener problemas y solucionar así la cuestión del aseo.

Ahora se ha quedado solo en el cajero, su compañero ha ingresado en un centro para recuperarse, estaba muy mal nos confiesa. Pero a él no le importa. Al revés, es una abeja solitaria, así se autoproclama. Lleva todas pertenencias en su mochila. Ahora sólo tiene una manta, le hace falta un saco, se avecinan tiempos duros. Pero aún así nos cuenta que duerme bien sin miedo y madruga lo “justico” para que los de la limpieza del banco hagan su tarea. Dice que nunca le han robado, tal vez sea porque tampoco frecuenta ni zonas ni amistades conflictivas. Él prefiere las bibliotecas de la universidad y de la ciudad. Pasa mucho tiempo en ellas, en constante aprendizaje. Dice estudiar diccionarios especialmente, porque “trata de reflejarse a través del espejo de las palabras”.

Javier cuando puede viaja, sobre todo para conocer Aragón a fondo, Teruel, las Cinco Villas, el Moncayo… Pero por otra parte es un gran amante de Zaragoza, de la Zaragoza histórica que no todo el mundo sabe apreciar. Javier sabe distinguir cuáles son los agujeros de las fachadas de las iglesias producto de los cañonazos de los Sitios. A Javier, en su incansable pasear, le encanta ir a la cruz del puente de piedra, desde donde tiraron al río a los héroes de aquella guerra. Le absorbe la casa carcomida por balazos franceses de la calle del Pozo. Reconoce tener debilidad por la Seo y su retablo del siglo XV que tantas bodas reales adornó. Y en general todas las torres de Zaragoza, “Zaragoza es la ciudad de las torres, ¿Sabías?”. Prefiere, como no podía ser de otra forma hablando de Javier, “la Torrenueva, en mi imaginarium”.

Si hay algo característico en Javier y nos desengaña de que no hablamos con un  estudiante en viaje de estudios, es su ojo derecho. Lo tiene muerto. Una noche un desaprensivo, en un alarde de locura, le clavó un bolígrafo y así quedó. Cuando hacemos mención de ello, se carcajea: “casi nada lo del ojo ¿eh? Jajaja”. Se lo toma con filosofía, porque claro que Javier es un filósofo, nunca lo dudamos. Reconoce que el único problema de estrés que tiene ahora es la ansiedad que le provoca su propia dinámica mental. Tiene la mente inquieta Javier, aunque su aspecto sea apacible, sonriente y su trato muy amable, su interior no para de bullir.

Reconoce que come irregular, que es un desordenado, pero le resta importancia. Como al hecho de que de vez en cuando pase un día o dos sin comer. Saca un poco de dinero poniéndose a la puerta de ciertas iglesias, escogidas tal vez más por sus características arquitectónicas o su encanto que por la afluencia de más o menos feligreses generosos. Muy de cuando en cuando alguien va y le “suelta un billetaco de cincuenta euros que son maná del cielo”, como hizo su amiga Lola, una antigua amistad con la que hace poco coincidió.

Javier estuvo casado, va cada semana a casa de su antigua compañera con la que todavía mantiene relación y le permite lavar algo de ropa y descansar un poco de la calle. Además así puede ver a su hija, Sherezade (intuíamos que su nombre nos sorprendería), con la que tiene una estupenda relación. Él quiere a su hija.

Explica que tiene deseo de plenitud mental, que su situación de indigencia es casual y efímera. No va a permanecer más que el tiempo necesario así, lo que tarde en madurar su visión de la realidad que él dice transformar con la mirada. Javier está en permanente movimiento interior, buscándose, buscando al río que todos llevamos dentro y que fluye hacia el mismo Dios, como el río interior de todos. Si le escuchamos encontramos sentido a todo lo que comenta, como si nos hablara de fractales, de teorías de mecánica cuántica, de la Naturaleza… “Soy un cero, un absoluto, pero todos somos parte de lo mismo… somos amor”.

(Estas dos historias fueron escritas en octubre del 2.008. Ellos todavía permanecen por las calles de Zaragoza)



domingo, 15 de septiembre de 2013

LA LIBERTAD

Emana cariño. Contagia tranquilidad. Es fantástica su limpieza de espíritu. Su bondad te fascina desde el primer momento. Posee un alma libre, tal vez la más libre que conozco. Sin apenas preocupaciones, siempre dispuesto a dar, a ayudarme a mí o algún compañero. Incapaz de decir que no cuando le piden un favor. Casi octogenario, pero con el ímpetu y la fuerza de un chaval. Y sin apenas malicia, aparentemente como un joven al que la vida todavía no ha vapuleado, cuando en realidad ha sido todo lo contrario.

Parece difícil hablar con él pero se le descubre al instante. Aunque no entienda lo que me está intentando contar. Su mente es distinta, vive su propio universo. Pero enseguida lo aparca y salta a la realidad, para estar más cerca de mí. Escucha con tranquilidad y entiende perfectamente cuando le hablo. Pero luego vuelve a su mundo, a su entelequia.

Y lo admiro. Porque es feliz así. Porque si aprendiera de él y prescindiera de tantas ataduras de mi mente, tal vez me fueran mucho mejor las cosas. O incluso a todos. Porque su honradez es admirable y se ha deshecho de tantos artificios innecesarios para vivir, que el pragmatismo y la sencillez definen su existencia. Llamadme loco, pero ojalá yo llegara a su edad con esa sabiduría espontánea y gozara de esa libertad, donde el dinero no es lo importante, sólo interesa hacer lo que le da la gana cada día.

Y lo consigue. Hace mucho tiempo que no había una persona en la Casa que aprovechara la libertad de venir a cualquier hora. Él lo hace. Repetidamente. Las dos, las tres, las cuatro de la mañana… Y en ocasiones, se pega tres días sin venir. Si no hace frío, cualquier cajero es cómodo para una noche. Además va bien provisto. Carga múltiples bolsas con comida y cosas inverosímiles. Siempre bien abrigado, con jersey y chaqueta, incluso en agosto, por si las moscas. Él ya sabe muy bien por qué. Seguro que el frío ha sido traicionero con él y ande yo caliente ríase la gente, motivo más de mi admiración.

Si alguna vez son varios los días que no vuelve yo me inquieto. Incluso un día puse una denuncia. Me fue mal. El policía me abroncó por no tener potestad sobre él (¿quién la tiene?, ¡sólo él es dueño de su libertad!). Y cuando a él le pedí explicaciones: “¡Fíjate como te pones Rafa porque me he ido tres días de fiestas a un pueblo, tú no tienes que preocuparte de mí!”

Pero claro que me preocupo. Con casi ochenta años como no voy a hacerlo. Me da miedo que se caiga al río. Un día vino empapadito de barro hasta el cuello. Y él como si nada, que se había caído a un charco. Que no exageres Rafa.

Me maravilla como cada día me pregunta por mi salud y por mi madre: “¿Cuándo iras a verla? ¿Cuídala eh? ¿Y tus piernas qué tal van?”. Me asombra como cada mañana deduce que le toca duchar y me pasma la lógica con que lo asume. Jamás rechista. Todo lo contrario. Le gusta ir muy decentemente arreglado. Pero ahí tengo que luchar con su propia percepción. No se da cuenta en ocasiones de que necesita un buen repaso. Sus ropas a veces están oscurecidas por la mugre.

Pero ¿quién soy yo para decirle que ya es hora de cambiarse otra vez o para hacer limpieza en sus mochilas cuyo olor empieza a ser sospechoso? ¿Cómo voy a obligarle a deshacerse de sus tesoros, aunque los consiga, seguramente, en las papeleras? Esa es su vida, es su propiedad, son SUYOS, aunque no sirvan para nada. Por eso es capaz de que me sienta orgulloso cuando me deja total libertad para poner un poco de orden en sus insólitos bártulos. También entiende que debo hacerlo. Y esa actitud de bondad, de entendimiento de mis requerimientos y obligaciones me alucina aún más. Con otros me toca pelear, con él todo resulta sencillo, ligero, leve…

Estoy seguro de que él no ha elegido esta manera de vivir, apenas conozco su historia. Aunque me ha hablado de su familia, de su hermana, de sus hijas, de cuando trabajó en la mina. Es muy probable que un intrincado conjunto de circunstancias le han llevado a donde está ahora. Jamás se me ocurriría elucubrar y hacer cábalas sobre cuál fue su camino.

Lo único que sé, es que no conozco persona más libre y que me alegra muchísimo todo el tiempo que lleva con nosotros. Ojalá aguante mucho más, vitalidad no le falta. Lo que más temo es que algún día se caiga al río y no haya nadie para ayudarle. Porque, aunque se junta con otros para compartir unos cigarrillos o un cartón de vino, él casi siempre anda sólo.

De todas formas si le sucediera algo, le ocurrirá haciendo lo que a él le da la real gana, entonces... tal vez no sea tan importante y además creo que sabe cuidarse muy bien él solito…

lunes, 19 de agosto de 2013

CAMPO DE TRABAJO JUCAR VERANO DE 2013

Llegan con la frescura y la fuerza de un torrente e inundan todo de alegría. Treinta y pico corazones jóvenes llenos de energía para transmitir y contagiar. Ilusionados con la tarea de llevar el comedor de la Parroquia del Carmen durante casi un mes.

Y los usuarios lo notan. Cualquier cambio de rutina es noticia. Y la noticia es buena cuando son los chicos de JuCar quienes dan la cara, ofrecen sus manos y cocinan para Juan, Marisa y Manuel, que ya no son usuarios, sino personas con nombres y apellidos. Y perciben su entrega, su sinceridad, su compromiso. Porque los veo cómo les sonríen cuando se los encuentran en otros lugares de la ciudad.

Traen montones de abrazos, de besos, de sonrisas, de muñequitos de papel con sus nombres para que cuando se reúnan en el café todos sepamos cómo se llama cada cual, para que nadie siga siendo invisible. No paran de cantar y de bailar mientras cocinan, mientras montan las mesas. Cada año sigue sorprendiéndome cómo realizan su trabajo con entrega, mucho cariño y ganas de aprender, de conocer. De enterarse por qué cada uno de los que allí comen está triste, por qué ayer no vino o en qué ha cambiado su vida desde el año pasado.

Nos liberan a todos de la niebla de la rutina, que al final todo lo empapa. También a mí. Porque al explicarles lo poquito que sé me doy cuenta de cuánto me queda por aprender y de que ellos mismos me enseñan a buscar dentro de mí la fuerza para seguir trabajando, el sentido de todo, lo afortunado que soy por poder trabajar en lo que hago. Día a día durante el año, poco a poco, la fuerza de la costumbre oculta los matices. Este mes vuelven a surgir los colores, vuelvo a ser consciente de muchas cosas que se me olvidan. Y son ellos, los chicos, quienes me recuerdan con su vitalidad, curiosidad y compromiso cuál es mi tarea fundamental.

Durante ventitantos días  al año, todos los que acuden al comedor saben que los responsables son este grupo de jóvenes. Tal vez la comida sea siempre parecida pero yo a ellos los noto distintos: un poco más alegres, un poco más amables, un poco más queridos… Supongo que será por el contraste de la edad, la vitalidad de la juventud, el cariño incondicional y la fuerza de la ilusión que traen consigo los jóvenes.

Y a mí me hacen recuperar la fe en la juventud, en que todavía hay esperanza de que las cosas cambien desde el fondo, desde los principios, desde lo fundamental. Que todavía hay futuro y que con compromiso, ideales, trabajo y amor podemos hacer entre todos que la vida de los que nos rodean sea un poquito mejor cada día.


Todavía no está todo perdido. El mundo puede cambiar a mejor, ellos son la prueba, no me cabe duda…





viernes, 21 de junio de 2013

APRENDER

Me ha cogido de sorpresa. Que te murieras y que me doliera tanto. Las dos cosas. ¡siempre soy tan ingenuo! Sabía que te quedaba poco tiempo. Ya habías toreado en muchas plazas y peores. Pero esta vez ha sido ya demasiado, incluso para ti, que salías de todas. Yo mismo lo anticipaba, por eso también me resulta sorprendente que me haya dado esta punzada tan adentro. Y tan dolorosa… Pero ya me lo han dicho varios compañeros: “Es lógico, Rafa, cuando uno se involucra tanto…”. Creo que no era posible hacerlo de otra manera, siendo como eras ¡Tan difícil a veces!

Contigo aprendí mucho. Pusiste el listón muy alto. Yo siempre he creído que en la Casa tenemos que apostar por los más difíciles, intentarlo al menos una vez. Aunque todo indique que no va a ser posible que se adapten, nuestro deber es daros una oportunidad. Sobre todo a aquellos como tú, lo más complicados, los que más calle tenéis, los que estáis ya de vuelta de todo y que ya ni siquiera os importa vuestra propia integridad, vuestra propia vida.

Tal vez eso fuera lo más difícil de asimilar al principio de ti. No eras consciente de tu autodestrucción. Me daba cuenta de ello cuando me hablabas de formar una familia, o de que lo único que te faltaba en la vida era una mujer. Aún nos ha quedado pendiente hacer esa salida nocturna por el Casco Viejo a ligar, los dos juntos, que tantas veces habíamos planeado.

También aprendí a tener paciencia, y eso que yo ya tenía. Pero contigo cualquier situación se podía hacer interminable, tu concepto del tiempo era otro y hasta que lo asumí me resultaba muy difícil seguir tu ritmo.

Aprendí que aunque tu aspecto no fuera siempre impecable, eras una persona limpísima, que siempre te gustaba ir aseado. Otra cosa era la percepción que tenías de ti mismo, pero para qué convencerte de algo que tú ya sabías: eras un tío guapo.

Comprendí tu manía de tener siempre un baño disponible y monopolizarlo absolutamente en todo momento. Era fruto de haberlo pasado muy mal en la calle, de haberte sentido sucio y que te trataran como un apestado, habías pasado por tantos malos tragos en la soledad más absoluta…

Aprendí a utilizar el sentido del humor contigo. Nos hemos reído tanto. Sobre todo en estos últimos meses. ¿Recuerdas cuando me dijiste que te querías ir a Amsterdam? Te dije que no pasabas la aduana jamás, ¡saltarían todas las alarmas en el aeropuerto! y tú te meabas de la risa…

Nunca dejó de gustarme que me preguntaras cada mañana si volvía por la tarde. “¿Esta tarde no bajas? ¡Jo, que pena, Rafa!”. Aprendí que eras cariñoso, mucho, pero que había que descubrirlo bajo muchas capas de dureza, consumos y rutinas que ocultaban tu naturaleza humana y que no era tan distinta a la de cualquier otro. Sólo había que saber mirar, saber entender, empatizar un poquito o esperar el momento más adecuado para apreciar que tú también tenías tu dignidad, tus valores, tu propio criterio, tu sensibilidad…

Aprendí lo duro que es el rechazo de la gente, lo sentí contigo en varias ocasiones, acompañándote a algún sitio. Jamás me había ocurrido, pero sorprendentemente me dolía más a mí que a ti. Tú ya estabas acostumbrado. Han sido muchos los años que has estado en situaciones límite y donde el desdén pasa a ser algo habitual y sin importancia.

Aprendí a imitar tus hablares y a andar como tú, cogidos del brazo por la calle Arcadas. Menudos ataques de risa nos daban y la gente nos miraba intentando adivinar quién estaba más loco de los dos, si tú o yo.

También comprendí que para gatos viejos como tú, dormir en la calle no siempre es un problema grave, sino más bien saber adaptarse: Me sorprendía encontrarte desayunando pastas con leche, en tu saco de dormir, con el despertador al lado, los zapatos bien colocados al pie y la mochila atada con hilo de pescar a tu mano, no fuera a ser que algún desalmado te la robara.

Y me ha emocionado ver cómo estas últimas semanas, cuando más vulnerable estabas, habías hecho buenas migas incluso con el más anciano de tus compañeros, “el abuelo”, como tu lo llamabas. Me atragantaba al ver cómo él había entendido que tenía que cuidarte y tú le correspondías, ofreciéndole tabaco o cualquier cosa que necesitara. Nunca pensé que ambos pudierais llegar a congeniar tanto, los dos tan independientes, los dos tan trastabillados…

Compartir contigo estos años ha sido a veces duro, pero siempre enriquecedor. Me doy cuenta ahora, cuando ya faltas, cuando ya no volveré a escuchar como me llamas “Rafaaaaa”. Nunca pensé que echaría de menos tu voz. Han sido tantas y tantas las mañanas que repetías mi nombre incansable y machaconamente, que ahora se me hace extraño no oírte a cada momento pidiendo cualquier cosa.

Todo el aprendizaje que he llevado contigo creo que me servirá para poder seguir adelante trabajando con más personas de la calle, igual de complicadas o más fáciles, que más da. Pero yo sí que le encuentro un sentido y no me arrepiento en absoluto de haberme empeñado en intentar que salieras de la calle. Ha sido mucho todo lo que me ha aportado y he experimentado en estos años juntos. Y de algo sí estoy seguro, no habrá otro como tú…

Me he alegrado al comprobar que no he sido el único al que ha dolido que te fueras, muchos de los que te conocían me lo han expresado. Me sirve para ratificarme y comprobar que, por muy complicado, impertinente y deteriorado que estuvieras, a todos los que te tratamos nos aportaste algo, aunque sólo fuera cuestionarnos dónde estaban los límites contigo.

Por fin descansas, ya era hora. Y yo también voy a descansar un poquito, pero no sé si me sale a cuenta por cuánto te voy a echar de menos.

Hasta siempre Óscar.



domingo, 26 de mayo de 2013

VOLVER AL PRINCIPIO

Pocas personas de la calle han generado tanto rechazo como él. Y no es extraño. Su aspecto es un tanto estrafalario, sus andares difíciles y su mal humor permanente. Sus problemas intestinales son frecuentes y su cantinela cansina pidiendo cualquier cosa que necesite es impertinente e interminable. Todo eso hizo de él un gato viejo, despeluchado, herido, famélico y solitario. Y su egoísmo. El que le impuso la supervivencia diaria durante casi toda su vida. El tener que vivir con unas horas por delante como única expectativa.

Porque su vida ha dado vueltas. Todas. Mil caminos, mil consumos, mil enrevesados senderos siempre al lado del abismo. Siempre salvándose por los pelos. Ni un autobús pudo con él. Ni quedándose tirado varios días en un cajero hasta que alguien decidiera mirar si tal vez le ocurría algo. Es difícil entender cuán complicada ha sido su historia, cuántas veces sucumbió y cuántas veces volvió a resucitar. Cómo ha podido aguantar tanto. A veces digo que raya los límites de la resistencia humana. En realidad ya los ha traspasado.

Y siempre el desprecio, el aislamiento, la dejadez, obviarlo, no importa, está hecho cisco, ¿qué más da? Yo mismo me cuestionaba cuando me empeñé en intentar sacarlo de los cajeros. Ya me advertían: “Rafa ¿Tú sabes quién es? Mira que te vas a meter en camisa de once varas”. Puede que tuvieran razón. Tres años con él han dado para muchos problemas. Y mucho aprendizaje. Sobre todo al principio hasta que lo conocí y vi cómo, milagrosamente, iba adaptándose. Aunque lo tuviera que expulsar decenas de veces. Y en esas ocasiones, cuando iba a buscarlo lo encontraba dormido al lado del parque, metido en un embalaje de nevera, con sus pastas, la botella de leche y el despertador a su lado. Y me recibía como era él, mandándome al diablo, pero siempre volvía. Y yo me alegraba. Mucho.

Se está apagando. Poco a poco ha perdido mucha de la fuerza que tuvo. Se ha quedado alarmantemente delgado. Ya no tiene ni memoria. Sólo va quedando una sombra de lo que fue. Y milagrosamente aparece un niño. Todos tenemos uno dentro, escondido, oculto, no vaya a ser que nos descubran. Pero a él ya no le importa, en realidad ni se da cuenta. Pero es lo que permanece. La naturaleza de todos, lo intemporal, lo inmutable, el alma, la esencia. Ahora que la persona ha perdido todas sus corazas, todos sus recovecos solo queda el niño que siempre estuvo, el que él nos muestra ahora sin ambages.

No soy ningún iluminado. Sólo tengo suerte. Soy un testigo de excepción del devenir de algunas personas. Sobre todo las más difíciles, tal vez por eso las prefiero. Porque luego son las que más tienen que mostrarme, las que más me hacen aprender. Un amigo, Josemari, me decía que había que ayudar a las personas a pesar de las propias personas. Cuánta razón. Y qué difícil me resulta a veces, soy humano. Pero me motiva saber que tal vez soy el único que luego estará cerca y podré comprobar cómo hay mucho más tras la persona que la presencia desagradable, las heces y el mal humor.

Con él me río ahora como nunca. Nos partimos de risa en la ducha cuando le explico lo que son los “tarzanillos”. O bromeando con el voluntario. Quiere ir bien vestido todos los días. Me pregunta mil veces cuando voy a volver, cuando podrá ver la tele, cuándo le traeré revistas para leer. Y me resulta alucinante como accede a todas mis sugerencias, como se deja llevar. Él, al que nunca le gustó que nadie le dijera nada, que siempre hizo lo que quiso. Que anduvo años solo, en un eterno estado de insensibilidad y dormitar permanente. Ahora, después de todo, es el más vulnerable, el más dependiente. Justamente como un bebé, como un recién nacido.

No quiero convencer a nadie, ni alardear, ni dar lecciones. Solo me jode que todavía sufra abusos, que todavía sufra desprecios, que no se vea que sólo es un niño y que como tal se porta. Porque he aprendido que las cosas cada cual las ve desde el punto de vista que más le conviene. Pues yo desde aquí solo quiero gritar esto. Porque sí. Porque quiero, porque es lo que creo.

Y ojalá alguien compartiera conmigo este planteamiento. ¿O soy el único?

martes, 5 de marzo de 2013

LA SOMBRA


“La muerte es ese amigo que aparece en las fotografías de la familia, discretamente a un lado, y al que nadie acertó nunca a reconocer”.


Eliseo Diego



La habitación es muy grande para disponer solo de una cama. Todavía huele a nuevo, hace poco que han reformado el hospital. La luz entra a raudales por el gran ventanal del fondo, el sol ilumina las paredes desnudas color pastel de la estancia. Nada me indica que en este escenario haya una presencia fría y sombría.

Darío respira con mucha dificultad. Cada inspiración le cuesta demasiado esfuerzo ya. Le paso la mano por su cabeza rapada y noto su frente húmeda y caliente por la fiebre. Está famélico, se le notan todos los huesos de su pecho descubierto. Sus intensos ojos azules destacan de su cara chupada y angulosa. Pero me miran aún e incluso me da las gracias una vez más por mi visita. Nunca pensé que lo haría, siempre lo sentía tan digno e independiente cuando de madrugada escalaba el foso de la muralla medieval de la calle del Albergue. Ahí tenía su lecho. Lo veía todas las mañanas, nos saludábamos con un gesto mudo con la cabeza. Ahora me resulta inconcebible que me dé las gracias. Me siento impotente, pero creo que intentar hablar con él le produce más cansancio y sufrimiento. Decido irme y paso una vez más mi mano por su diminuta cabeza para que note mi presencia y un poquito de calor como despedida. Creo que todavía no soy consciente del momento que vivo. Ni de la presencia pegajosa y alquitranada que ocupa cada vez más espacio de la habitación y que ya casi no deja respirar a Darío.

Me voy, no sé qué más hacer. Tal vez debiera decir algo o hacer algo, pero sigo sin darme cuenta de la realidad cruda. Antes de salir, con la puerta entreabierta, le digo adiós con la mano. Él intenta devolverme el mismo gesto, pero solo puede levantar la palma de su mano izquierda mínimamente, sin siquiera poder despegar la muñeca de la sábana. La sombra tiene cada vez más peso sobre él, pero no tanto como para que no me dé las gracias una última vez levantando sus dedos varios centímetros de la cama.

Ahora sí soy consciente, ya por las escaleras, de que será la última vez que lo veré con vida. La duda me corroe: ¿Tenía que haber hecho o haber dicho algo más? ¿Estuve poco tiempo con él? Pero ya nada importa, la rueda Fortuna ya ha marcado su designio y sé que poco a poco la negrura ocupará la habitación completamente para luego desaparecer y llevarse con ella a Darío.

Son muchos los que me arrebata la muerte cada año. Personas de la calle. Y como siempre, cuando desaparece de nuestra vida algún allegado, nos duele por aquello que ya no nos proporciona, aquello que nos daba. En realidad no sé adónde van. Seguramente a un sitio sin frío, ni hambre, ni miedo. Un lugar donde descansar por fin tranquilamente.

Soy egoísta. Lo que a mí me importa y me duele es que todavía noto su espíritu en un banco vacío, en los arcos de la plaza de toros donde ya no hay botellas de vino vacías, en las escaleras de la Parroquia o en el patio del Albergue. Porque la ciudad aún conserva las estelas de su presencia, tan sólo hay que fijarse, cerrar los ojos y sentirlo.

Las personas siempre me dejan huella en la mirada, mucho más aquellas que siempre estuvieron en un rincón personal y propio habitando la ciudad. Y porque me daban su saludo, me nombraban por mi nombre y, en el mejor de los casos, me ofrecían una sonrisa…

La muerte merodea, está ahí, acechando, impaciente, imparable. Viene y se va sin avisar y sin darme la oportunidad de decir adiós sin desgarros, sin dolor ni egoísmo, a muchas de las personas que se lleva: Ana, Basilio, Cecilia, Domingo, Ionel, Martín, Miguel, Pilar, Rubén… y algún otro, seguro todavía no me he enterado.

Y se los seguirá llevando implacablemente, incluso a los que sólo llevan un día en la calle, como quien no quiere la cosa, como para que no me dé cuenta y lo pase por alto.

sábado, 2 de febrero de 2013

ESOS OJILLOS VERDES

Esos ojillos verdes y vivarachos me dicen ahora tanto cuando los miro. Me hablan de sus vivencias, de su personalidad, de su vida, de sus alegrías, de sus miedos… En ocasiones me enfado por no darme cuenta de todo lo que me puede aportar cada persona nueva que conozco.

Es un sensible en el fondo. Aunque no lo parece. Ni jamás lo reconocerá. Pero llora si lo abrazas o cuando te pregunta por alguien para quien guarda un poquito de su cariño. Tiene un huequecito en su corazón para todos. Cada día lo compruebo. Me sorprendió cuando lo vi sonreír las primeras veces, ahora lo hace todos los días. Basta con acariciarle la mano con suavidad para que un reflejo de alegría ilumine su mirada. Esa mano oscurecida por el tabaco y con alguna falange menos a causa de fulminantes de dinamita…

Tiene la capacidad de sorprenderme. Se muestra aparentemente despreocupado ante todo, aunque en realidad sucede lo contrario. Su mente es inquieta y está siempre trabajando. Algunas mañanas me acosa con preguntas de todo tipo. Pregunta por ciudades, enfermedades, datos históricos o por personajes de la política. Presume de conocer a Belloch y haber cenado con Rudi, por quien profesa gran admiración. Yo jamás dudo de sus afirmaciones, lo creo capaz de todo. A veces, cuando me ve pasar apuros con algún compañero de la Casa, empatiza conmigo y me dice: “¡No me gustaría estar en tu pellejo, es difícil tu trabajo!”. Es increíble que sea él quien se preocupe por mí, pero así sucede.

Por las mañanas siempre me saluda desde su cama cuando le alzo la mano, aún a oscuras, para darle los buenos días. Él me devuelve el saludo con el mismo gesto. Ahora ya no me echa la bronca si llego cinco minutos tarde, pero hubo un tiempo que no me lo perdonaba.

Me llama de mil formas distintas: Pirata, monsieur, mister, Demóstenes, pinchaúvas, mirlo, Benjamín (“Sí Rafa, el hermano pequeño de José, hijo de Jacob”). Cada día me sorprende con un apelativo nuevo y siempre me los prepara con cariño.

Tiene tendencia a acumular cosas. Cucharillas, yogures, botes de desodorante, trozos de pan, mecheros, paquetes de tabaco, notas de papel con palabras que no quiere olvidar y que le pueden quitar el sueño. Yo entiendo que ha sufrido muchas carencias en su camino, incluso hambre y por eso su inquietud por no volver a permitirse ningún tipo de apuro. Nos cuesta llegar a un acuerdo sobre cuánto puede acumular en su bolsa. Pero jamás reconoce que ha colado un par de latas de cerveza. Sabe que está prohibido y siempre dice muy digno que no sabe quién las pudo poner en su bolsa. Él jamás cometería ese delito. Tonto no es.

Intuyo que parte de su sensibilidad ha venido marcada por las mujeres. Su corazón tiene muchos recovecos y muchas féminas. Aún recuerda a Pilar, su primer amor, que le esperaba sentada en su puerta bordando cuando volvía de cazar pajarillos y le piropeaba. Pero se la llevaron a Mataró y jamás la volvió a ver. Me confesó que era preciosa y que sólo tenían 14 años. Después ha debido de tener tantas, incluso algunas famosas como Sara Montiel o Susana Estrada. También me nombra a Tabatha, una amiga mía, y sólo la vio una vez. “- Pero si hace meses que la conociste. ¿Cómo la recuerdas aún? - Me acuerdo de las feas, como para no acordarme de las guapas, Rafa”, sonríe pícaro.

Mi ignorancia es todavía inmensa. Me doy cuenta con personas como ésta. Es increíble el viaje del conocimiento de la persona, desde la primera vez que lo ves por la calle, cuando su aspecto incluso provoca rechazo, hasta ahora, cuando se ha ganado tu corazón, cuando comparte contigo sus sonrisas y sus lágrimas.

Detrás de cada nombre en una ficha, de cada número en una base de datos hay un universo personal por descubrir. Una carga humana única, fundamental e irrepetible. Y me resisto a acostumbrarme, a pensar que todos los años es más o menos lo mismo. No puedo permitirme volverme insensible yo mismo, que trabajo con personas de la calle a diario. No quiero sentir que cada día y el trabajo con cada uno de ellos es más o menos igual.

Entonces estaría muerto.



jueves, 20 de septiembre de 2012

COMO UN NIÑO.

No era extraño tener que llamar a los hospitales por la mañana para ver si José Miguel estaba en alguno, sobre todo en invierno. Otras veces era la misma policía quien lo acercaba al Albergue en su coche para que no se quedara dormido a la intemperie con las bajas temperaturas. Aquella mañana, sin embargo, me dijeron que había salido de urgencias a las 10 de la noche del día anterior pero extrañamente no había acudido a dormir.


Decidí ir a buscarlo. Tampoco se movía por amplias zonas de la ciudad. Sus 140 kgs y su dificultad para andar limitaban mucho su capacidad de desplazarse a los sitios. Por eso mismo enseguida lo encontré. Estaba en los porches del Paseo Independencia. Tiritando de manera alarmante, con la cabeza casi perfectamente embutida en el cuello de su anorak al que había subido totalmente la cremallera. Sólo se apreciaba su calva. Llevaba un apósito en la parte posterior de su brillante cabeza. Una herida más que añadir en la misma zona…

Como pude lo desperté, no sin asustarle. Siempre se sobresaltaba si lo llamaba por su nombre cuando estaba durmiendo en la calle. Muy dignamente, se puso erguido y aparentó normalidad, aunque la borrachera todavía no se había disipado del todo. Luego, creo que con la ayuda de un viandante, lo levantamos de la acera y nos dirigimos hacia el Albergue. Con la mano izquierda se apoyaba en su muleta, con la derecha se agarraba a mi brazo. Nos podría costar una hora un itinerario que normalmente cuesta 15 minutos. Pero no quise coger un taxi, quería que aprendiera la lección y se acostumbrara a llegar por su propio pie. No dijo nada durante todo el camino. Poco a poco su frente se perló de sudor aun con el frío de la mañana. Realmente le costaba caminar, llevaba varios días sin dormir en cama y después del batacazo y con toda la cerveza que aún llevaba en el cuerpo era normal que tuviera tanta dificultad. Incluso yo pensaba que había tenido suerte, pues en otras ocasiones era imposible hacerlo levantar y mucho menos caminar por el deplorable estado en el que me lo podía encontrar.

Ya cerca de Casa Abierta, en la calle San Agustín, me paré con él del brazo a saludar a un conocido de la calle a través de la verja de un bar que hace esquina. No duró más de dos minutos la conversación pero, cuando quise retomar la marcha con José Miguel del brazo, me di cuenta de que él, mientras yo hablaba, se las había apañado para bajarse la cremallera del pantalón y estaba orinando alegremente a mi lado, sin haber cambiado su posición, sin ningún pudor y poniendo una expresión de total tranquilidad en su cara. Poco le importaba. Sólo aliviarse. Tampoco se inmutó con mis reprimendas en voz baja para que no se percataran de la escena los que pasaban…

Ya cerca de la entrada a la Casa, un coche pasó por la estrecha calle al lado de nosotros. Nos apartamos un poco, dejándole paso. En ese momento José Miguel le increpó: “¡¡Cuidado no atropelles a mi amigo Dafa, eeeeh!!”. Me estremecí. No había abierto la boca desde que me lo había encontrado hacía más de una hora y tampoco era muy locuaz ni mucho menos excesivamente cariñoso. Pero entendí que era su manera de agradecerme, ahora que la larga caminata llegaba a su destino, que le hubiera ayudado y pudiera descansar por fin en su cama caliente. Esa muestra de afecto inesperada fue un estupendo regalo para mí.

Era como un niño. Creo que desde muy pequeño había vivido en un orfanato, tal vez por eso se había atascado en una eterna niñez y luego, de institución en institución, había ido creciendo en volumen y en años, pero nada más. Hasta que acabó en la calle.

Yo viví muchas experiencias con él. También fue de los primeros que conocí y tengo que reconocer que tenía debilidad por él. Tal vez al sentirlo vulnerable o por esa sensación de ternura que en ocasiones tenía la facilidad de transmitir.

Algunas noches, cuando yo apagaba las luces y me disponía a salir de la Casa me llamaba desde su cama:

- ¡Dafaaaaa!
- ¿Quééé? –respondía yo desde la puerta con la luces ya apagadas.
- ¡Tápameeeeeeee! –voceaba desde el fondo de la estancia.

Me acercaba, le arropaba y siempre le bromeaba como se le pueda hacer a un niño pequeño que quiere jugar un rato. Le tapaba la cara con las mantas y decía:

-¿Dónde está José Miguel?¡ No lo veo! ¿Dónde se ha metido? ¿Quién se lo ha llevado?

Él se desternillaba de la risa y su enorme cabeza se ponía roja carmesí de tanto reír. Luego le tapaba bien con las mantas, le daba un beso en su enorme frente y se quedaba sonriendo y dispuesto a dormirse en unos instantes… Como un niño.

Podría contar muchas más historias que compartimos. Como cuando nos comíamos un cucurucho de helado sentados juntos en la acera del paseo Independencia en pleno verano y nos miraban curiosos los viandantes. O como aquella vez que se quedó dormido en el hospital encima del mando que controlaba la cama y amaneció con el colchón totalmente plegado y asomando por cada lado un brazo y una pierna: “Parecía un Sandwich” se reía la enfermera… También tuvimos nuestros enfados. Un invierno que hubo que expulsarlo de Casa Abierta y durmió en el mismo banco incluso los días más fríos. Pero tal vez lo más duro fue que también me dejó de hablar durante aquella temporada. Iba a verlo con frecuencia y siempre me rechazaba, ni siquiera quería que le llevara un café caliente. Pero por suerte al final recapacitó y volvió con nosotros.

Hace dos años, gracias a mis compañeras, conseguimos que ingresara en una residencia donde estuviera mejor atendido. Sus caídas empezaban a ser muy frecuentes y yo ya era incapaz de traerlo todas las tardes a dormir, por sus borracheras y su grave dificultad para andar, cada vez más patente. Las primeras veces que fui a verlo a ese centro, sinceramente lo pasaba mal. El no hacía más que repetir: “¡Llévame contigo Dafa, quiero volver a la Casa Abierta, no me dejes aquí!”. Él quería volver a su libertad, a hacer lo que quería, a beber hasta caer en la inconsciencia, a que lo cuidaran los voluntarios y seguir siendo como “el pequeño de la Casa”. Pero no era posible. Durante muchos meses me sentí incapaz de volver a ir a visitarlo, aunque también entendí que era mejor que se olvidara un poco de todos nosotros, sobre todo de mí.

Este verano, con la ayuda de Roberto y Patricia, de JUCAR, me sentí con fuerzas para volver a encontrarme con él. No tenía yo claro que quisiera recibirme, después de tanto tiempo. Incluso temía que siguiera en las mismas y pretendiera venirse con nosotros. Pero tenía ganas de verlo, me sentía enormemente culpable por no haberlo visitado.

Al final nos acogió muy cariñoso a los tres, fue un alivio. Nos dio un fuerte abrazo a cada uno. Yo estaba feliz de verlo tan bien. Nos comentaron que estaba mucho más tranquilo y que se había adaptado bastante bien al centro, caminaba mucho mejor y que en ocasiones incluso bailaba. Al abrazarlo le dije:

- ¿Pero sabes quien soy?
- ¡Pues claro! -respondió él.
- ¿Y te acuerdas de cómo me llamo? -investigué
- Mmmmmhh, ¡no!, pero es igual, ¡estoy muy contento de que hayas venido a verme!

Estuvimos un rato hablando de cosas que él aún recordaba, voluntarios y trabajadores sociales por los que me preguntaba. Bromeamos sobre fútbol, siempre estábamos picándonos por ser de equipos rivales y aún lo recordaba. Me estuvo incordiando un rato, haciendo unas risas a mi costa. Enseguida tuvimos que marcharnos puesto que él tenía impaciencia por ir al baño cada 15 minutos y nuestra visita ya casi pasaba a un segundo plano…

Al darle un abrazo antes de irnos comprobé como desprendía un agradable olor a limpio junto con el típico aroma a colonia infantil. Justamente como lo que era, como un niño…