domingo, 16 de mayo de 2010

LOS PETARDOS

Si hay algo en que coinciden casi el 99% de los inquilinos que pasan por Casa Abierta es su pasión por el tabaco. O mejor dicho, el vicio, pues otra cosa no, pero si les falta el cigarrillo mal vamos: pueden llegar a desesperarse, volverse irritables e incluso insoportables. Pero bueno, todos los que los conocemos sabemos que generalmente dramatizan, porque cuando andan escasos de provisiones su mejor recurso es camelarse a algún voluntario (también a cualquier visita o trabajador del Albergue que entre en la Casa), gorronearle un cigarrillo cuanto menos y salir así del apuro. Además rara es la ocasión en que alguno del grupo no va corto de suministros, incluso puede ser que todos a la vez, según el día del mes que estemos hablando.

Yo, como casi todos los que fumamos y pertenecemos a esta pequeña familia, también fui objetivo de sus sablazos, producto de su desesperación por un cigarrillo, sobre todo por las mañanas.

Muchos domingos, a la hora del desayuno, les llevaba chocolate a la taza ya preparado en tetra-brik que calentaba en el microondas, acompañado de unos cuantos churros. También dejaba sobre la mesa mi paquete de cigarrillos ya abierto para que, conforme iban levantándose de la cama, incorporándose a la mesa y tomando su chocolate, pudieran echar el primer y ansiado cigarrillo del día. Me resultaba más cómodo así, porque sino la primera media hora que pasaba con ellos era un continuo: “Rafaaaa, ¿llevas un cigarrooooo?”. Tenía asumido que de una manera u otra casi media cajetilla me agotarían esa misma mañana y así me evitaba que me marearan con la continua cantinela.

Un día observé sin querer que apenas dejaba abandonada la cajetilla a su suerte, al lado de los churros, bastaba que me diera la vuelta unos instantes para que 6 ó 7 cigarrillos desaparecieran rápidamente cuando apenas había dos personas tomando chocolate en ese momento. Nunca había reparado en eso. Yo daba por hecho que todos cogerían un pitillo para acompañar el chocolate, pero así descubrí que había alguien que aprovechaba esa situación para cubrir sus necesidades de, al menos, media mañana. Poco me costó averiguar que Ricardo era el responsable, como yo ya intuía. Tiene un carácter bromista y zalamero, siempre anda contando chistes y lanzando piropos a cualquier fémina que se ponga a tiro, pero también esconde otras cualidades como la picardía, la ironía y la agudeza disimulada como un aparente despiste.

Como las advertencias que le hice sobre sus abusos no surtieron demasiado efecto decidí gastarle una pequeña broma para que aprendiera la lección. Sabía que él no se enfadaría y, como también es muy bromista, sería una manera de pagarle con su misma moneda. Me hice con unos detonantes para cigarrillos en una tienda de artículos de broma. Preparaba un par de pitillos con uno de esos pequeños petardos dentro, de tal manera que se le pudieran dar varias caladas antes de hacer explosión. Luego, dejaba la cajetilla encima de la mesa, con dos de esos cigarros-trampa sobresaliendo para que su apariencia fuera más tentadora. A él, de manera despistada y con cierta sorna, le recordaba que no abusara con el tabaco. Siempre avisaba al grupo, que nos quedábamos apurando el chocolate y la mañana, de que aquellos dos cigarrillos eran especiales para Ricardo. Luego, intencionadamente, yo desaparecía un par de minutos con la excusa de hacer una cama o ir a por algo al despacho. Inmediatamente constataba que había picado, porque en mi ausencia ya había estirado la mano y cogido el cigarrillo “cargado”. Entonces, con disimulo, yo advertía a los demás, con algún gesto o diciéndoselo solapadamente al oído que "Ricardo había picado", que disimularan, que en un instante se produciría una pequeña detonación. Y así ocurría. A los dos o tres minutos de encenderlo, mientras sus otros compañeros y yo mismo nos hacíamos los despistados, para que no sospechase nada... ¡¡Pum!! Un pequeño estallido destrozaba el extremo del pitillo, Ricardo se quedaba con cara perpleja, totalmente sorprendido y el resto de personas que compartíamos la mesa estallábamos en una carcajada general.

Así le fui gastando esta pequeña broma a intervalos, una vez cada varias semanas. Conseguía de este modo que no bajase la guardia, no tuviera la mano excesivamente larga y no abusara de la generosidad de cualquier persona que fuese por la Casa y dejase de buena fe su cajetilla encima de la mesa. Si yo observaba que volvía a las andadas, al siguiente domingo le preparaba otra encerrona y siempre caía en la misma trampa.

Un día fue especialmente divertido. Ricardo, una vez se hubo agenciado el cigarrillo (in-)correcto, se fue al baño y se encerró. Yo advertí a todos de que otra vez había picado, que estuvieran atentos, incluso algunos nos acercamos a la puerta cerrada del baño tras la que él estaba sentado “haciendo sus cosas”. De repente se escuchó un ruido seco, debido a la acústica del pequeño baño cerrado: ¡¡Plofff!! ¡Jajajajajajaja! Carcajada general. Todos imaginábamos a Ricardo sentado en el inodoro, el cigarrillo semidestrozado entre sus dedos y con cara de susto. Además desde dentro del baño se pudo escuchar: “¡Rafaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, la madrequeteparioooooooooooooooooooooooo, ya verassssssssssss cuando te cojaaaaaaaaaaaaaaa!”.

Poco a poco fui olvidándome de los detonantes y de la bromas a Ricardo. Él también fue moderando su picaresca. Además llegué a la conclusión de que, por unos o por otros, siempre resultaba “realmente arriesgado” dejar un paquete de cigarrillos abierto encima de la mesa. Indefectiblemente desparecía su contenido, en cuestión de más o menos tiempo. Al final, lo más práctico (y lo más barato) era no ser demasiado despistado a la hora de olvidar el paquete de tabaco en cualquier lado y llevarlo siempre encima.

La venganza es un plato que los gourmets prefieren frío pero resultó que Ricardo era un exquisito sibarita. Un día, meses después del incidente del baño, Ricardo, extrañamente, me ofreció un cigarrillo, mostrándome una cajetilla que tenía unos 8 ó 9. Yo, ingenuamente, cogí uno, le di las gracias y lo encendí, continuando con la tarea de servirles el desayuno. De repente: ¡¡Pum!! El susto que me di fue mayúsculo. El cigarrillo quedó casi destrozado y varios agujeritos pequeños marcaron mi camiseta de deporte de nylon. Esta vez la carcajada general fue a mi costa. Ricardo se desternillaba, por fin lo había conseguido y yo ni siquiera había sospechado. ¿Cómo iba a pensar yo que después de varios meses todavía me la tuviera jurada? Además, según me confesó él mismo, cualquiera de los cigarrillos que yo hubiese escogido tenía “premio” porque él se había encargado pacientemente de camuflar en todos y cada uno de ellos un pequeño petardo, para que así su éxito estuviese asegurado. Y vaya si lo estuvo, ¡menudo susto me llevé!

Dicen que donde las dan las toman y me temo que en este caso fue cierto. Además, creo que trato con un grupo especialmente ladino y sutil, como para no andar con ojo: ahora no fumo y creo que de todas formas me chulean el tabaco igual. Qué triste es lo mío…

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